Más que un cuento musical

Un momento de la representación de anoche. /A. A.
Un momento de la representación de anoche. / A. A.

Impecable versión para niños de 'El pájaro de fuego' a cargo de la compañía italiana Gioco Vita

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Es ya tradicional que el Festival dedique una de las páginas de su programa grande a los niños. Se trata de la mejor inversión de futuro que puede hacer y, por eso extraña que de un tiempo a esta parte la mencionada sección sólo cuente con un espectáculo cada año.

En esta ocasión se ha buscado una compañía de acrisolado prestigio, como es el Teatro Gioco Vita, de Piacenza, comprometido tanto con la calidad como con la innovación. Y si lo primero ya es mérito, lo segundo se erige en vidriosa dificultad a la hora de decir algo nuevo, y decirlo bien, en el teatro de sombras. Valeria Barreca, Gloria Dorliguzzo y Tiziano Ferrari logran ambas cosas. Bajo la dirección de Fabrizio Montecchi escenifican una versión preciosa de El pájaro de fuego, el ballet al que le puso música Igor Stravinski, sobre un libreto de Michel Fokine, curiosamente visto también en el Generalife anteanoche por el ballet Flanders y asimismo con un zarévich vestido con gabardina. También curiosamente este ballet fue estrenado un 25 de junio y ha sido visto varias veces más en el Festival de Granada.

Pero la versión para niños es impresionante. Ahí están casi todos los personajes del cuento: el malvado mago Kosschéi, el príncipe Iván que persigue un pájaro misterioso, híbrido de bella mujer y fantástica ave de plumaje dorado y el baile de los demonios que yacen capturados y encerrados en el castillo.

Como quiera que el vuelo es indispensable para que el argumento tenga sentido, a veces el ballet clásico falla en lo que esta versión rutila: ya que desde los andamios, demasiado desnudos de tubería, para las personas y la luz para los muñecos, todos pueden moverse en este derroche de danza y fantasía. La propuesta tiene hallazgos interesantes como esa proyección doble del pájaro de fuego dentro de la cabeza del zarévich, para indicar la evocación del ave por el pensamiento del hombre. O ese trasiego del personaje de un actor o danzante, que lo encarna, a un muñeco manipulado por él mismo. O ese imaginativo y dinámico recurso de que la pantalla sea la que va al muñeco y no al revés, como suele ser usual. En este viaje se consiguen muy acertados cambios de tamaño en las sombras, sugiriendo cercanía o proximidad, muy acorde con un argumento tan móvil y caballeresco.

Bien ensamblado

El baile de los tres jóvenes y el movimiento de los diferentes recortables, unos traslúcidos y otros opacos, están muy bien ensamblados con la grabación de la música de Stravinski que se escucha por megafonía. Otros años la música ha sido en directo y eso siempre es bueno para un Festival con tanto prestigio y solera como el granadino. Pero dicen que con este presupuesto no se puede tener todo. Dejémoslo ahí. En este caso sería ignominioso no destacar la entrega de los tres actores, a la vez bailarines y manipuladores, junto con la concepción vital del espectáculo, pero respetuosa con el argumento tradicional ruso y la música que por esos días cumple 110 años.

Pocas son las pegas que se le pueden poner a un espectáculo tan completo. Si acaso su comienzo con un largo oscuro, que puede no ser adecuado para niños muy pequeños; una mínima bajada de ritmo cuando los actores danzantes ceden protagonismo y escenario a los títeres bailarines a máquina; y alguna luz poco controlada que, al salir de atrás hacia adelante, deslumbra y molesta a parte del público. Porque esa pantalla que es una sábana de tendedero, con sus arrugas y todo, la aprecio más por su sencillez popular que por su aspecto pedestre. Recuerda aquellas cortinas tras las cuales se escondían los titiriteros que iban por los pueblos contando sus historias, aquí y en la eterna Rusia.

Y para contrastar la calidad de este montaje no es necesario repetir lo ya dicho, ni apuntar ese pequeño guiño al cómic en algunas escenas, lo que conecta inmediatamente con el público más talludo, ni alabar lo bien resuelta que está la escena de amor entre los dos títeres en el proscenio, ni descubrir la carga de mitología que yace en el monstruo transparente, con sus ojos de sangre y sus cabellos de serpientes. Basta con atender al silencio con que la chiquillería sigue los cincuenta y cinco minutos de cuento y los aplausos que luego dedica a sus responsables.

Eso sin contar valores tan explícitos en esta historia como el amor, la entrega de objetos valiosos, como la pluma del pájaro de fuego, que todo lo puede contra el mal, o la disponibilidad para acudir a ayudar a los amigos cuando más lo necesitan.

Si tiene oportunidad de acompañar a sus hijos al teatro Isabel la Católica, no deje pasar esta ocasión. El Pájaro de Fuego se repite hoy miércoles y maña jueves. Lástima que el presupuesto y las intenciones no den para más que un espectáculo anual en este Festival de los Pequeños. Porque, a la vista está, no escasean ni la calidad ni las ingeniosas formas de acercar la música clásica a los niños. Sólo se necesita la voluntad de buscar lo mejor e invitarlo a venir a Granada. El futuro lo agradecerá.

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