Cien miradas distintas del Festival

Participantes del taller de fotografía en una de las actuaciones del FEX./RAMÓN L. PÉREZ
Participantes del taller de fotografía en una de las actuaciones del FEX. / RAMÓN L. PÉREZ

El Taller de Fotografía de los Cursos Manuel de Falla culmina una nueva edición con el arte y la ciudad como protagonistas

Pablo Rodríguez
PABLO RODRÍGUEZ

De negro, siempre atentos, los alumnos del taller de fotografía de los Cursos Manuel de Falla parecen una manada de panteras de caza. En su objetivo, los artistas que hoy bailan en el Campo del Príncipe como ayer fueron los que tocaban en la Huerta de San Vicente o anteayer los que pusieron en pie el CajaGranada. Su alimento es la belleza, que capturan jornada tras jornada con cámaras de fotografía, y esa hambre, mientras dure el Festival de Música y Danza, no hay quien la sacie.

Mientras los bailarines dibujan formas en el aire, ellos giran en silencio, en una danza tan sincronizada como la del escenario, a su alrededor. Hoy son quince, pero desde que empezaron los cursos, allá por 2005, un centenar de fotógrafos han formado parte de esta manada. Han sido cien miradas distintas de un festival que ha transformado la ciudad, cien maneras diferentes de percibir la belleza que estos días se cruza con los granadinos en una plaza, en una calle cualquiera de cualquier barrio.

«Son como una familia», cuenta Francisco Sánchez Montalbán. Profesor de la Facultad de Bellas Artes y una de las figuras más conocidas de la escena artística de la ciudad, es él la persona que coordina un taller que concita la colaboración de gigantes como la Universidad de Granada –a través de la propia facultad de Bellas Artes y el Vicerrectorado de Extensión Universitaria–, la Fundación Caja Rural o el propio Festival de Música y Danza de Granada. Junto a él trabajan Francisco Fernández y Rafael Peralvo, profesores que guían a una promoción tras otra que, aunque tengan una mirada distinta, «trabajan con una gran cohesión». «Más que unas clases, es un encuentro de personas interesadas por la fotografía dentro de un festival de música», explica Sánchez Montalbán.

Los perfiles, año tras año, varían. Cabe cualquiera, no hay que ser especialista. «Tenemos médicos, estudiantes de Bellas Artes, periodistas retirados», recuerda el coordinador. Se necesita, eso sí, amar el lenguaje fotográfico y tener una motivación: «captar cómo la ciudad cambia y los escenarios y la gente se transforman durante los días que dura el festival», cuenta Sánchez Montalbán.

Es justo lo que intentan hacer mientras rodean, en silencio, a los artistas. Mientras unos apuntan a los bailarines, otros repasan a los técnicos y vigilan a los espectadores. Son invisibles, sombras oscuras, y su presencia solo se advierte cuando débiles chasquidos –tss, tss, tss– confirman que la imagen ha quedado guardada en la cámara. Esa labor, la de decidir dónde poner el objetivo, depende de cada uno de los participantes del taller y responde a unos intereses específicos.

«Me interesan las miradas dramáticas, los gestos cargados de significado que comparten un lenguaje con el cine», explica Lola Vallejo. Ella es una de las veteranas de un taller en el que repetir no es un fracaso, sino motivo de orgullo. «Es una experiencia buenísima, hasta he pedido días en el trabajo porque esto te absorbe al 100%», cuenta.

Había tenido experiencia previa con la fotografía y sabía del 'hambre' de la belleza, pero no en el grado en el que el taller lo ha despertado. «Fue una sorpresa», confiesa. «El primer año llegué con más miedo que el 'caracucas'; estaba ahí en el teatro, escondida, preocupada en una esquinilla y ahora, ahora me muevo con soltura, he perdido la timidez», explica con una sonrisa felina. Vallejo busca ahora un reto con nombre y apellidos: «Trabajar con luces difíciles y mucho movimiento». Es ese el ecosistema del FEX, donde compañías y orquestas operan en espacios cotidianos en el que los proyectores cambian con la luz natural y los artistas trabajan en muchos casos sin límites.

Profesores y participantes del taller, el pasado jueves.
Profesores y participantes del taller, el pasado jueves. / RAMÓN L. PÉREZ

Estilo propio

Ese ambiente en libertad, alejado de las estrecheces de teatros y salas tradicionales, atrae también a otros compañeros. Es el caso de Rosa Gómez. Su entrada en el grupo, que la ha acogido con los brazos abiertos, la ha cambiado por completo. «Te transforma la perspectiva porque percibes el festival de una manera distinta y porque te obliga a estar atenta a todo: la luz, el movimiento de los artistas, las reacciones del público...», cuenta.

Como sus compañeros, se mueve ya con soltura y no deja de observar con la cámara. «Es emocionante», confiesa. «En cada espectáculo, incluso en el que a veces parece más plano o en el que ofrece peores condiciones, surge la magia y encuentras la fotografía».

Ninguno da cifras, pero tiran muchas, muchas imágenes. Después, cada uno de los alumnos debe hacer una selección que es revisada por los profesores y por el grupo al completo con la intención de encontrar las fortalezas y las debilidades. Eso sí, se busca que las indicaciones no coarte el estilo de cada uno de los participantes. «Al final se trata de que cada uno tenga su propio estilo, su propia mirada», recuerda Sánchez Montalbán.

Pilar Soler, una de las veteranas del grupo –ha participado en el taller cinco veces–, tiene querencia por la abstracción. «Vaya al espectáculo que vaya me fijo en las sombras, en el movimiento; me fascina cuando congelo una parte en nítido y otra tiene el movimiento», explica. Esa forma de mirar, de seguir la acción, le permitió capturar el año pasado la fotografía que ocupa la portada del catálogo de imágenes de la última edición. « Tenía un objetivo que no me permitía acercarme y traía el diafragma súper cerrado, el tiempo de exposición generó que el grado de abstracción fuera espectacular y tiene un ritmo que es una metáfora de la música».

La pasión con la que describe Soler la foto es lo que hace que el grupo, año tras año, consiga los resultados que consigue. Puede comprobarse en la sala Zaida, donde se expone una selección de trabajos del curso anterior. «Exponer está bien y es un compromiso que gusta, pero el momento más bueno es ver a ocho o diez personas flipando con los espectáculos; me gusta mucho hacerles fotografías en acción, creo que tengo una obsesión con eso», asegura el coordinador del taller entre risas. Y es normal, hay algo misterioso y bello en el movimiento coreográfico de estas sombras con objetivo, esta manada de panteras, siempre con la cámara preparada, que ansían la belleza.

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