Carmen: la perdición viste de rojo

Bailarinas de la Compañía Nacional de Danza, durante la representación anoche del 'Carmen' de Bizet según Johan Innger, en el Teatro Generalife. /ALFREDO AGUILAR
Bailarinas de la Compañía Nacional de Danza, durante la representación anoche del 'Carmen' de Bizet según Johan Innger, en el Teatro Generalife. / ALFREDO AGUILAR

La Compañía Nacional de Danza vuelve al Generalife con el clásico más popular de Bizet

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

La Compañía Nacional de Danza es una de las cartas fijas y uno de los platos fuertes del Festival. Los granadinos que no tienen oportunidad de viajar a la capital del reino, tal y como están de vergonzosos ferrocarriles, y no ven allí a esta compañía de nuestro Ministerio de Cultura, tienen en el Festival una oportunidad de oro, porque en pocos escenarios brillan sus creaciones como en el teatro del Generalife. Además, en Granada se ven creaciones no por antiguas, menos interesantes de rescatar. Es el caso de esta Carmen, que se entrenó en el teatro de la Zarzuela de Madrid, en marzo de 2015, pero varios aficionados se quedaron sin verla. El Festival de Granada, ya que es tan parco en estrenos absolutos, bueno es que sea el de las segundas oportunidades.

Desde que, en septiembre de 2011, se hizo cargo de su dirección el bailarín José Carlos Martínez, esta compañía ha mirado con ojos de complacencia al clasicismo revestido de modernidad, aunque sin las estridencias, y en cierto modo extravagancias, a que nos tienen acostumbrados otros directores. Tal vez por su formación y su trabajo en la Ópera de París, esta Compañía del INAEM tenía que montar una Carmen: el tópico hispano, visto por los franceses hasta rozar el delirio. Y no es la única incursión de José Carlos en el ballet de estirpe francesa, los modos, las formas estéticas y la elección de sus colaboradores denotan esta querencia del español hacia lo galo.

Pocos pero buenos

Anoche pudo comprobarse el buen estado de forma de esta Compañía Nacional. El elenco traído a Granada se quedó corto de bailarines para la grandeza del Generalife, no obstante el brío en la danza, el paladeo de las poses y los vaivenes con la escenografía mostraron ganas de parecer más. Ligeramente mejores las chicas que los hombres, y siempre mucho más atractivos los pasajes en grupo que los solos, que en algunos momentos de la segunda parte otearon la insipidez.

La coreografía del sueco Johan Inger es novedosa y casi rompedora, aunque respetuosa, hasta cierto punto, con el argumento de Merimée. Tras hojear los diarios y leer cuántos niños son testigos de las violencias que empapan este mundo nuestro, desde las pateras hasta los desmanes del desamor, ha decidido introducir uno de ellos en su ballet, aunque da la impresión de que lo hace con calzador. Los niños, que aparecen someramente en la ópera, aquí se reducen a la chica de la pelota y de la trenza, blanca al principio y negra cuando la muerte. A través de sus ojos y de su grito el autor pretendió que viésemos la tragedia de la cigarrera de Sevilla y su militar enamorado, junto a escenas de cuartel, callejón y ruedo resueltas con mucho más donaire que los solos o los dúos.

Impresionante Carmen, vestida de faralaes cortos para enamorar con las piernas, curvándose hacia atrás hasta el espasmo, vaporosa en su ir y venir de un hombre a otro. Seductora y sexual, con su pubis contoneante, su compás invitando, su ademán libérrimo. Rodeada de sus fieles, parcas de efectivas, coro tal vez demasiado parco para un festival como el de Granada, pero ansioso por agradar. Descalzas, también con falda de faralaes cortos y sólo el sostén, cárneo, para la bellísima pelea de las cigarreras, con su humo y su calor intuido. Mientras la coreografía masculina recuerda la lucha grecorromana, el molinete de brazos uno frente a otro, el uso del suelo como yacija de conclusiones. Si en algunos momentos la expresividad no está del todo conseguida y hay frases de relleno o de vaguada, la técnica y la preparación son impecables. La adición de músicas de Rodion Shchedrin y Marc Álvarez a la conocida partitura de Bizet ni desvirtúa ni suplanta. Unas veces Carmen suena a orquesta y otras se camufla sin desagrado.

Argumento bailado

Carmen es un argumento de perdición y de muerte, allí la pasión se confunde con el amor y éste compite con la libertad femenina. Por eso el rojo de ella le sienta tan pintiparado, la dramaturgia de Gregor Acuña es tan expresiva y la escenografía de Curt Allen Wilmer tan concisa pero efectiva. A pesar de las correndillas de todos ellos, recurso coreográfico tan manoseado en la danza contemporánea que ya no dice nada y que más parece una concesión a la modernidad más simplona y atildada.

Frente a esos momentos bajos en nicotina, la cigarrera eleva el nivel con su presencia, con su baile ágil y templado, repetido por espejos que lo dicen todo. Espejos que este año estamos viendo mucho en el Generalife. Cómo evitar un recuerdo a Rita Hayworth y Orson Welles, atrapados entre aquellos espejos de La Dama de Shanghai. Aquí los nombres son Elisabet Biosca como Carmen y DaanVervoort como Don José. Y otro guiño cinematográfico con las sombras que se llevan a los muertos.

Militar sin charreteras sobre el que caen pétalos de amor o de premonición y a su rostro llega el líquido ácido goteando desde la mano de Carmen: un hombre tirado en el linóleo, sin argumento y sin más razón que la violencia. Un hombre sorprendido por una mujer que echa vaho sobre su cara, orientado por la peor brújula y el más aciago destino.

Mientras los prismas del decorado también bailan a su modo, torpe, pero bailan, las sombras juegan a revolcarse una y otra vez, algo atolondradas, entre lo real y lo onírico, entre la vida y la muerte, entre la codicia amorosa y el viento propio de mujer, el viento de su falda. Y Carmen sigue descalza, que no se trata de taconeo, tan manoseado, ni de zapato de aguja para ningún vidrioso desfile de modas.

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