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Los fantasmas, mejor con Cola Cao

Una obra como La Valentía te restaña viejos ateísmos sobre el absurdo y su vigencia, sobre la eterna vida de los muertos y sobre la grandeza del teatro pequeño, que no dice nada posmoderno ni enjundioso, pero que te hace pasar casi dos horas de auténtico disfrute humano

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Me rindo. Creía que el nuevo teatro no me iba a hacer reír tanto, creía que Jardiel Poncela no tendría sucesores, creía que los fantasmas no se relacionaban con las latas de Cola Cao. Pero de tanto creer, hogaño me he convertido en un agnóstico de pacotilla. Y ahora tengo que rendirme. Porque una obra como La Valentía te restaña viejos ateísmos sobre el absurdo y su vigencia, sobre la eterna vida de los muertos y sobre la grandeza del teatro pequeño, que no dice nada posmoderno ni enjundioso, pero que te hace pasar casi dos horas de auténtico disfrute humano. Tras tanto hartazgo de mensajes, postureos y de sandeces envueltas en creaciones personales, uno saluda casi con euforia esta comedia con tintes de vodevil sobre las tres parejas de hermanos: unas difieren sobre si deshacerse de la casa al borde de la autopista, otros son unos cazafantasmas con calientacamas y sulfatadora como atizadas herramientas, y otros dos, con ojeras de siglos, vienen del más allá para hacernos reír, aun más, a los del más acá.

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