La esencia desnuda de Rafaela Carrasco inaugura Andalucía-Flamenco
Jorge Fernández Bustos
Sábado, 8 de noviembre 2025, 13:04
La noche del viernes, 7 de noviembre, en el Teatro Alhambra, se inauguró el ciclo anual Andalucía-Flamenco, impulsado por la Junta de Andalucía, con ... la presentación de 'Creaviva', la última obra de la bailaora y coreógrafa Rafaela Carrasco. Más que un simple espectáculo, la función fue un manifiesto artístico, una declaración de intenciones sobre el flamenco contemporáneo que descansa sobre los pilares de la personalidad arrolladora, la originalidad, un minimalismo revelador y capacidad de transmisión emocional fuera de dudas.
Desde un primer momento, Rafaela, definida por la crítica como una «bailadora-bailaora» en el sentido más intelectual y creativo del término, deja claro que 'Creaviva' es un territorio personalísimo. Es más, la falta de un programa de mano, hace que el espectador no comprenda las intrincadas claves de la obra y se quede en la belleza sin más. Porque la personalidad de la artista, forjada a fuego lento durante años de investigación y una sólida formación tanto en danza española como en flamenco, impregna cada gesto, cada silencio, cada desplazamiento y su apuesta por la vanguardia. Carrasco se define así como una creadora que no sigue tendencias, sino que las marca, y en esta obra se confirma como una de las voces coreográficas más distintivas y respetadas del flamenco actual. Su baile es una conversación íntima y profunda con la música, consigo misma y con el espectador, logrando que formemos parte de su mundo onírico.
En 'Creaviva' se alza un universo escénico —con telones grises de fondo, simulando un laberinto clásico— donde los elementos se reducen a lo esencial para potenciar su significado, rayando en el minimalismo, que también define a la artista. Las propuestas coreografías deconstruyen los patrones tradicionales para volver a rearmarlos con un lenguaje nuevo y coherente. Es interesante el juego continuo de los tiempos, las dinámicas y las texturas; y el diálogo permanente con los músicos. No hay adornos superfluos; cada movimiento, por pequeño que sea, está cargado de intención.
Rafaela Carrasco propone una inmersión en el mundo clásico a través de las nueve musas (nueve escenas), enfrentándose a ellas como una faceta de su propio interior artístico. Las musas en sí, no son nombradas en ningún momento, lo que añade cierta negrura al conjunto. Cada musa, en definitiva, representa un estado de ánimo, una herramienta técnica y una emoción que Rafaela intenta trasmitir.
Desde la primera escena, que parte del silencio, hasta el final, por fiesta, se van sucediendo las escenas y las musas, cada una con su tratamiento y su intención. Cabe destacar los textos grecolatinos adaptados al cante, dichos con esmero por los granadinos Antonio Campos y Gema Caballero y la incursión sorprendente de la misma bailaora en la voz (una canción exquisita, a palo seco). La música que acompaña no se queda atrás, a pesar de alguna puntual disonancia, y el enigmático acierto del pandero cuadrado de Peñaparda. Destacan igualmente ciertos momentos, como el zapateado sobre la silla, el empleo del looper o los cambios de vestuario en ese tablao tan mínimo como grandiosa es la obra que lo envuelve.
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