Volver a ver una comedia políticamente incorrecta

Juan Echanove, Ana Belén, José Luis Cuerda y Víctor Manuel./Ballesteros / Efe
Juan Echanove, Ana Belén, José Luis Cuerda y Víctor Manuel. / Ballesteros / Efe

Ana Belén, Juan Echanove y José Luis García Sánchez se reencuentran 30 años después del estreno de 'El vuelo de la Paloma' para celebrar la restauración de la película

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

En la película 'El vuelo de la Paloma', Ana Belén se coloca una peluca que imita el peinado de Julia Otero y viste delantal plástico sobre vestido de flores, en una casa con vista a la plaza Conde de Barajas, para encarnar a un ama de casa con cuatro hijas, un marido alcohólico y un vecino celoso y dispuesto a fugarse con ella. Una vida casi rutinaria hasta que llega un galán de cine, vestido con uniforme franquista y pelo pegado en el pecho. En la primera escena, Luis Doncel cautiva a Paloma. «Era volver a mi barrio, cuando en la calle Embajadores, en el cine San Cayetano, llegaban a rodar y cómo lo vivíamos los chavalines», recuerda Ana Belén, tres décadas después del estreno. «Cuando leí el guion por primera vez, me vino a la cabeza un sainete, en un mundo aparentemente muy pequeño, de vidas domésticas, del 'quiero y no puedo'».

Con motivo de la proyección de una copia digital restaurada de esta comedia, se reunieron en la Academia de Cine de Madrid dos de los protagonistas, Ana Belén y Juan Echanove, con el director José Luis García Sánchez. Entre octubre y diciembre de 1987, el equipo llegó en metro hasta el set, comía a veces en Casa Paco -que sale en la película llevando chuletones-, rodaban los exteriores con el suelo siempre mojado para que no se notara la lluvia esporádica de la estación y, «subiendo un escalón», grababan en las escenas de interior. Buenos momentos, coinciden. También un éxito, al que la productora A Contracorriente Films quiere rendir homenaje con este reestreno. En su momento, la película reunió a 214.000 espectadores, recaudó casi medio millón de euros en taquilla y fue nominada a cinco premios Goya.

Ana Belén, en una escena de la película.
Ana Belén, en una escena de la película. / R. C.

Entre esos personajes está el hijo de la pescadera, una especie de amante torpe de Paloma, interpretado por un obeso Juan Echanove. «La hice a los 28 años, en mi última prórroga de la mili y me esperaban unos meses en el Estrecho», recuerda ahora. «Para librarme debía tener obesidad mórbida y empecé a engordar. Comía cocido para seis. Cuando fui al reconocimiento, me libré». A lo largo de hora y media, aparecen más estereotipos pincelados por Rafael Azcona, como el fascista homosexual que admira el nazismo, su hermano pederasta que persigue a la hija mayor de Paloma, el indolente historiador de Televisión Española, un grupo de africanos sin nombre que los productores pretenden hacer pasar por marroquíes en el film.

Un mundo de hombres entre los que se mueve Paloma con cierto éxito. «Las guapas-guapas tienen muchos admiradores», acota García Sánchez quien, tras sus grandes gafas y empuñando un bastón oscuro, rememora su trabajo con Azcona. «Nos veíamos por la mañana, de lunes a viernes. La primera hora la dedicábamos a hablar de misceláneas, que caían en el guion».

Con situaciones y humor que hoy se consideran políticamente incorrectas, como el 'gag' del policía que amenaza a los subsaharianos con el grito «¡qué pasa con los negros!»; el toqueteo del famoso de turno a la mujer ignorante, que le dice que 'no' mientras busca el ascenso social pasando de un hombre a otro; o el pederasta que, como dice una de las chiquillas, le regala un 'walkman' «para tocarle las tetas» a la prepúber mientras él canta 'I want your sex'... «La intención era sacar una 'Madame Bovary' de la simpleza de un ama de casa de barrio», mantiene ahora, como antes, García Sánchez, que pregunta al auditorio: «¿Hay algo rechazable en la película? Si hay alguna feminista o un transexual, que hable». Ana Belén cree que hoy no se haría una obra de este tipo: «Hemos llegado a extremos de la corrección política que coarta la libertad de creación». En la sala, hay más aplausos que risas.

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