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Boceto de una banshee a orillas del río lavando

«La bruma se enroscaba a su cintura como un estrecho sayo, abrazándola contra su etéreo cuerpo como la sombra clara de un amante»

Boceto de una banshee a orillas del río lavando
CRISTINA LEÓN LOPA

Lágrimas de rocío adornando el verde color de las hojas como perlas incrustadas con esmeraldas alrededor. La luz invernal resplandeciendo lánguidamente desde el cielo blanco que contrastaba más allá de las copas de la densa arboleda. La fría brisa danzaba cantarina por el aire, creando la ilusión de torbellinos de intensa fragancia que arremolinaban el sedoso vestido níveo a su alrededor. A su paso, el frescor de la hierba al abrirse. Bajo sus etéreas huellas, el crujir indemne de la maleza muerta.

Caminaba despacio por silvestres sendas de flores y hojarasca, sintiendo la frialdad del bosque bajo sus pies desnudos, el tenue palpitar que desfallecía a su paso; sus manos acariciando las hojas y matorrales, los fuertes troncos de los antiguos árboles que colmaban de sabiduría el follaje, las yemas de sus dedos resbalando con ternura por el tacto aterciopelado de los suaves pétalos de cada flor.

La bruma se enroscaba a su cintura como un estrecho sayo, abrazándola contra su etéreo cuerpo como la sombra clara de un amante que la embriagase con el aroma de un ramo forjado por la fragancia de las mil rosas que llenaban aquel espacio.

La tristeza teñía el aire, que melancólico susurraba palabras veladas desde las atrapadas ramas que se mecían y lamentaban empujadas por el caprichoso viento, donde aquel arrojaba su sonido leve... su líquido murmullo... aún lejano.

Con un ramillete de violetas prendido a su oscuro pelo, ella se deslizaba por entre la niebla vespertina mientras el día avanzaba y en el remoto horizonte se despertaba perezosamente el alba. Rocas desnudas sutilmente modeladas por los besos del noble viento y por las caricias de la milenaria agua, que sólo dejó recuerdos de su existencia mientras lentamente a lo largo de los años expiraba.

Se reclinó sobre la dura piedra, su frialdad calándole la falda mientras ella reposaba unos instantes con su esbelta figura recortada contra la bruma clara. Entre sus manos, una rosa roja que acababa de ser cortada, con sus dulces espinas cruelmente armadas sobre un tallo sesgado asemejándose espadas. Respiró su aroma. Aspiró su fragancia. Y repentinamente sus pétalos cayeron muertos mientras sus marchitas espinas le mordían la palma. Pequeños ríos carmesíes enroscaron a su capricho las finas muñecas de porcelana, mientras pequeñas gotas de rubí se desgranaron manchándole su blanca falda, dejando así la impronta de los besos escarlata que a su manera le enviaba aquella rosa encarnada.

Por senderos de inmaculada belleza se abrían nuevos caminos invisibles que ella apenas recordaba, pero aun así seguía los pequeños pasos que por su memoria sus pies caminaban. La palidez del día continuó recorriendo las sombras y su espectral claridad la rodeó con su aura mientras ella se internaba en su peregrinaje por aquel bosque hasta... Silencio. Su arrullo...

Ya se acercaba.

La fragancia del incienso enredaba sus cabellos, meciéndose en la suave brisa que tras de sí ondeaba como el hálito de un ánima que frente a su tumba lamentara y ante su desgastada sepultura, un rosario de cuentas negras rezara.

Atravesando la perdida senda, sus pasos firmes caminan; el crujir de sus ropajes como acordes de una única melodía, tan temida como olvidada.

El sol enmascarado tras un somnoliento día, pues aún la escarcha estremece los árboles y permanece lánguida sobre sus ramas. Se acerca, ya puede sentirla. Las plantas desnudas de sus pies sobre ella caminaban; su presencia, como un escalofrío y el suspiro de tierra se convirtió en barro para pasar luego a ser el lodo de sus orillas quien moldease sus efímeras huellas con la frescura de sus lágrimas.

Se agachó a su lecho mientras el cielo aún continuaba blanco y el bosque era un fresco aliento de verde manto. La luz del sol clarecía desde algún lugar lejano, arrancándole a sus aguas destellos que eran como si miles de diamantes danzaran. Desató de su cintura la tela, el fajín que tristemente la ceñía con el apretado abrazo de quien se sabe ya moribundo y carente de esperanzas.

La brisa movía las hojas, balanceando el rocío que terminó desprendiéndose de ellas como las lágrimas de un rosario; y así, entre la luz y la bruma, el incienso y el aroma de las rosas y las violetas de aquel silvestre escenario, ella lavó aquel harapo entre las aguas del cantarín arroyo, entre sus diamantes y su barro, mientras de su fino y cincelado rostro, sus propias gotas de rocío por las mejillas se le abrieron paso, y un gemido escapó de sus labios para impregnar el aire de desencanto.

Sus cabellos de azabache se mecieron desordenados y las serpentinas de sus rizos como fiesta de difuntos se agitaron, pues aquella de pelo negro, negros ojos y vestido blanco, cuyos labios tenían el color de las cerezas maduras y caminaba descalza, herida de pies y manos, no era otra que la sacerdotisa de la apacible y dulce muerte de aquel cuya ropa estaba lavando.

De solitaria existencia, la presencia de aquella aciaga mensajera causaba siempre espanto y nadie se atrevía a pronunciar su nombre con sus propios labios, ya que era augurio inequívoco de futuros llantos, pues la dama del arroyo sólo aparecía en contadas ocasiones, y únicamente para avisar que pronto sonaría el repique de las campanas tañendo el aire para anunciar un funeral.

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