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El Aprendiz de Mago

Cuando aparecía por casa todo se llenaba de color y alegría. Se sentaba a mi lado. Me explicaba alguno de sus trucos con dulzura y paciencia. Y lo repetíamos juntos una y otra vez, hasta que yo era capaz de hacerlo solo

JUAN DONCEL MILLÁN

Era una simple caja cerrada, no mayor que una de zapatos, con mi nombre escrito en la dirección. Toda mi herencia estaba allí, envuelta entre cuatro paredes de cartón. La cogí. Apenas pesaba. La moví un poco. No sonaba nada en su interior. Dudé antes de abrirla. De mi padre podía esperarse cualquier cosa.

Hacía tres años que no le veía. Era algo habitual. Mi padre era mago. Sí, especialista en desaparecer de casa durante meses. Cuando era pequeño creía que estaba de gira. Después fui comprendiendo que las galas no eran tan prolongadas, y que simplemente él no estaba porque no le apetecía.

Cuando aparecía por casa todo se llenaba de color y alegría. Se sentaba a mi lado. Me explicaba alguno de sus trucos con dulzura y paciencia. Y lo repetíamos juntos una y otra vez, hasta que yo era capaz de hacerlo solo. Con sus enseñanzas aprovechaba para realizar actuaciones ante mis amigos, que incluso llegué a protagonizar en las fiestas del colegio. Me dieron el premio a la mejor actuación en la función de fin de curso del 86. Fue memorable. Todo salió a pedir de boca, pero mi padre no estuvo allí para verme. Siempre eché en falta que él me viera actuar. Aunque nunca estaba, yo le recordaba todo el tiempo. No sé si era mayor mi orgullo por lo que yo era capaz de hacer o por demostrar lo asombrosa que era la magia de mi padre.

En casa, a medida que pasaban los años, las visitas de mi padre se espaciaban cada vez más en el tiempo. Yo seguía alegrándome de volver a verle. Mi madre también, pero tendía a ponerse cada vez más nerviosa. Quizás porque sabía que el tiempo de su marcha se acercaba, y el momento exacto en el que eso sucedería tan solo lo sabía mi padre.

Asimismo, yo fui volviéndome más arisco con él. En realidad, seguía adorándole, pero no me parecía justo manifestarlo ante mi madre, porque cada vez era más consciente de su sufrimiento. Pasé una etapa rebelde. Me dejé el pelo largo, que era algo que mi padre no soportaba. Y hasta que él vino de nuevo pasaron varios meses más, de modo que mi cabello era largo hasta rozar el esperpento. Supongo que todo ello contribuyó a un ambiente crecientemente hostil hacia mi padre, y sus nuevas visitas ya no eran tan alegres como antaño.

Ahora tengo 52 años. Ayer recibí la noticia de la muerte de mi padre. Cerré los ojos. Le recordé barajando las cartas. Moviendo las manos con agilidad y precisión. Con la manga de la chaqueta exageradamente remangada, para evitar suspicacias, dejando ver el forro rojo, debajo del cual se ocultaban cartas, lazos, globos… Desearía que aquella manga hubiese hecho aparecer algo más de tiempo para mi madre y para mí, pero ya es demasiado tarde para esto.

Volví a mi caja de cartón. Al abrirla sentí una ligera decepción por el olor a naftalina que protegía el disfraz de mago de mi padre. No había nada más. La revisé a fondo, intentando encontrar una carta suya. Aquel traje negro era lo único que me había quedado de él. Lo extendí y me lo puse. Recordé a mi padre diciéndome que un mago no debía compartir con nadie su vestimenta. Era aproximadamente de mi talla, ligero y de tacto suave. Con el forro rojo, del mismo color que los botones. Me imaginé actuando de nuevo. No lo hacía desde los 16 años. Extendí los brazos y, con los dedos en movimiento, mostré las manos: las palmas, los dorsos. Entonces noté algo. Seguí moviendo las manos con rapidez, e hice aparecer entre los dedos un sobre, que salió de la manga con la misma habilidad que habría tenido mi maestro. No había público al que sorprender, así que sonreí al pensar que por primera vez un mago se sorprendía a sí mismo.

Sin más sortilegios, abrí el sobre. Una fotografía algo descolorida mostraba un plano medio de mi padre sonriendo, a la izquierda del encuadre. Por su aspecto más joven debió de ser tomada cuando él no superaba los 40. Junto al rostro, mostraba su puño cerrado con el dedo pulgar apuntando hacia detrás. Y al fondo, sobre un escenario, un chico al que recuerdo muy bien levantaba un trofeo dorado.

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