El último viaje del poeta nómada

El último viaje del poeta nómada

Julio Alfredo Egea fallece a los 92 años de edad y deja para la posteridad una respetada y prolija obra poética. Nacido en Chirivel, forma parte de la nómina de literatos de la Generación del 50 y pasará a la historia como el que ofreció el primer homenaje en España al universal Lorca

Miguel Cárceles
MIGUEL CÁRCELES

Al poeta nómada, siempre de viaje entre su Chirivel natal y vital -su Ítaca-, la Almería de su corazón y la Granada a la que le llevó la ventura y en la que se dejó el alma; al comprometido literato de la Generación del 50, al hombre de la dulce y honda mirada instrospectiva, «el mejor poeta que jamás haya dado Almería» según Gil Cravioto, se le apagó ayer el eterno brillo de sus ojos. Julio Alfredo Egea (Chirivel, Almería, 4 de agosto de 1926) fallecía en torno a las nueve de la mañana en el Hospital de Traumatología de Granada, su ciudad de adopción, a los 92 años.

Respetado por los literatos y por la crítica, alabado -y admirado- por el mundo de las letras, el fallecimiento de Egea dejó tras de sí amistades desoladas que hasta entonces vivían esperanzadas en que la inmortalidad de su obra contagiase de vida al cuerpo de su reverenciado líder espiritual.

Su prolija y diversa trayectoria poética es un canto a la introspección humana, a la espiritualidad. Una necesidad de gritar a los cuatro vientos el gozo y el dolor que lleva aparejados la vida y de los que fue testigo desde su más tierna juventud. Tanto en los gratificantes paseos al raso por el campo del norte almeriense, como en los tristes y duros comentarios que, de soslayo, captaba -cuando apenas sumaba nueve años- sobre las atrocidades de la Guerra Civil.

Una loa a la vida, un viaje a la naturaleza desde lo más sutil. «Mi vida ha sido una lucha por vivir en libertad de pensamientos y movimientos. Mis planes eran disponer de tiempo para escribir, leer y viajar, buscando actividades que no me ataran mucho y me dieran lo indispensable, económicamente, para vivir con dignidad y llevar a mi familia adelante», reconocía el propio autor en una nota autobiográfica alojada en su web.

La libertad de movimiento, de acción y pensamiento queda reflejada en una dilatada obra que sitúa a Egea en la cúspide de la creación poética de España en la segunda mitad del siglo XX. Pero también en su propia acción vital. Estudió Derecho para aparcarlo cuando descubrió las cadenas que llevaba aparejadas el ejercicio de la abogacía. Y sin embargo se ató a la responsabilidad de ejercer de alcalde de Chirivel durante los duros años de la dictadura, cuando a su pueblo no llegaban ni el agua ni la luz.

Sin ser ni antitético ni paradójico -Egea tenía una nula vocación política- pasa a la historia por ser el poeta que homenajeó, por vez primera, al insigne Federico García Lorca en España. Apenas habían pasado dos décadas de su asesinato en la fatídica y fratricida contienda civil de los 30 cuando organizó la publicación en la revista 'Sendas' de un número monográfico en el que él daba pie a un reconocimiento lorquiano que es ya un legado para la memoria y que se convirtió en uno de los primeros regalos de creatividad literaria del almeriense. Una puerta abierta a seis décadas de actividad frenética y sin fronteras conectando las letras al alma, haciendo de la literatura un arma de desgarro y belleza.

Repentina y sorpresiva

«Es un gran amigo, este mismo fin de semana hemos estado hablando de él, de su obra, en presente», refería la escritora almeriense Pilar Quirosa-Cheyrouze, con una estrecha relación de amistad a lo largo del tiempo con Egea, nada más conocer la triste noticia. Les pillaba de sorpresa. Pese a la edad del que ejercía -con honores- la cátedra de los literatos almerienses, nadie imaginaba una muerte tan repentina y sorpresiva, tan sin avisar.

«Estamos desolados», admitía, por su parte, Juan José Ceba. El Círculo Julio Alfredo Egea, del que este poeta almeriense -también estrecho amigo del desaparecido- es impulsor, se ponía desde ayer al servicio de la difusión de la poesía del chirivelense. «Todo el dolor y la inmensa desolación que sentimos, en el vuelo del poeta Julio Alfredo Egea ha de volverse acción fascinante para la difusión de su poesía, entre quienes valoran la palabra noble, con luz propia».

El escultor arboleano Pedro Gilabert fue el padrino de otra de las amistades ya eternas de Julio Alfredo Egea, la que trenzó durante casi treinta años con el artista de la imagen Rodrigo Valero. «Hoy sin duda es un día muy triste para mi, pues Julio no sólo era un gran poeta de mirada sincera y humanista, era también mi amigo», narraba ayer con desgarro. «Me quedo con su maestría de la vida, su bondad repleta de humildad y sobre todo ese camino recorrido junto a él». Junto con cuarenta autores de la primera línea literaria, ilustró con fotografías un libro homenaje publicado por el Instituto de Estudios Almerienses. Y hace pocos meses le rindió sincera alabanza en una muestra de fotografías de gran formato con un Egea hasta entonces desconocido: personal, desnudo ante el foco de Valero. «Su mirada emocionada, ese cálido abrazo repleto de agradecimiento...», rememoraba emocionado. Una de sus instantáneas es la que acompaña a esta información.

Miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada, Escudo de Oro de la Ciudad de Almería y Medalla de Oro de la Provincia -entre decenas de homenajes y honores- Egea es, sin embargo, un poeta de escaso prodigamento oficial que contrastaba con un peso moral sin parangón entre los literatos españoles y, por supuesto, andaluces. Francisco Gil Craviotto le rendía honores recientemente -la obra se presentó en septiembre del año pasado- en el libro 'Semblanza de Julio Alfredo Egea'. Unas 80 páginas en las que se resume toda una trayectoria de acción vital y poética.

Sus amigos y compañeros, además, le rindieron honores en torno al Centro Andaluz de las Letras (2009) y el Instituto de Estudios Almerienses (2010). Poemas suyos han sido traducidos a lenguas tan diversas como el francés, el alemán, el inglés, el italiano, el portugués, pero también al árabe, el búlgaro o el polaco. Y los más grandes de la poesía lloraban ayer con pesadumbre su pérdida. «Se me ha muerto, se nos ha muerto un poeta grande», resumía Rafael Guillén, Premio Nacional de Poesía.

La obra de Egea ya tiene -tristemente- contraportada. El cierre, pese al amargor de los finales, es sin embargo una invitación a la relectura de la obra del lírico. Sesenta años de canto a la aflicción y a la alegría.

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