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Acordes de una vieja bandurria

Acordes de una vieja bandurria
JOSÉ ANTONIO GARCÍA LÓPEZ

Como llevaba repitiendo desde hacía muchos años, el viejo profesor abandonó la facultad, a media tarde, después de impartir su clase. Con un andar lento pero garboso, con una mirada penetrante pero dulce y siempre elegante, avanzaba por la calle que le conducía a la casa donde aguardaba su fiel y devota mujer. Al girar la primera esquina pasó, una vez más, por el club de jubilados del barrio, de donde salían los sones de una agrupación musical que habían creado los socios. Afinó lo que pudo su maltrecho oído y comprobó que estaban ejecutando una divertida melodía que había triunfado en sus tiempos mozos. Un sudor frío recorrió el espigado cuerpo del profesor, en aquella tarde templada, que le trajo a la memoria el lejano verano en el que fue detenido, sin saber por qué, e ingresado en la prisión de la carretera de Jaén, inaugurada pocos años antes.

Cuando joven, como intelectual que era, simpatizaba con las ideas progresistas pero sin manifestar una defensa pública y notoria de las mismas, pues su vida estaba consagrada a la investigación y a la docencia, campos en los que empezaba a significarse como dejó constancia la prensa local. De espíritu alegre y festivo se relacionaba con gente de toda clase y condición, y esta relación lo hizo sospechoso y peligroso. Desde que ingresó en la cárcel consiguió la simpatía y el afecto de cuantos le rodeaban. Siempre dispuesto a transmitir ánimo y dar cariño a cualquier preso apenado por su incierto futuro, o a compartir la más elemental necesidad. Mitigaba penas y sufrimientos con el bálsamo confortador de sus palabras de consuelo. Pero cuando conseguía el entusiasmo y el aplauso de sus camaradas era cuando trasteaba una vieja bandurria y empezaba a interpretar pasodobles y fragmentos de zarzuelas que hacían las delicias de todos. Había logrado recuperar el olvidado instrumento para, con sus acordes, reparar el injustamente alterado espíritu de sus colegas. Los mismos acordes que cuarenta años después le trajeron a la memoria aquel repugnante verano.

En la prisión coincidió con diputados, concejales y significados personajes de izquierdas que también habían sido detenidos. Alternó con humildes obreros y con reconocidos profesionales de la ciudad. En un espacio estrechísimo, en pésimas condiciones higiénicas, acosados por la enfermedad, durmiendo mal y comiendo peor, cada noche oían la lista de presos que habían sido sentenciados a muerte sin juicio previo. Antes del amanecer serían trasladados en camiones al cementerio y fusilados contra las tapias. Otras veces eran puestos en fila y al azar elegidos, uno cada tres o cada cuatro, los presos que correrían la misma suerte.

En medio de aquella situación de terror, con la moral de los presos por los suelos, con el temor continuo de la ejecución, el joven profesor estaba dispuesto a escuchar a cualquiera y ofrecía siempre una palabra de aliento a quien la necesitaba.

Allí conoció a un farmacéutico del Valle de Lecrín, soltero y bien acomodado. Era tan religioso que había costeado el arreglo de las campanas de la iglesia de su pueblo y tecleaba el órgano durante la celebración de la misa dominical. Individuo solitario, tenía el generoso hábito de dar donativos a todo el que se los pedía; hasta se los dio al Socorro Rojo, y aquel día firmó su pena de muerte. Fue acusado de colaboracionista, detenido y ejecutado. Su hermana enloqueció y loca falleció muchos años después.

Angustiados por la trágica espera de no saber si les tocaría la próxima noche, compartió horas de tertulia con un anciano labriego de la Vega. Años atrás había perdido un hijo, defendiendo la patria, cuando el desastre de Annual. Sus arrugas en la frente tostada, hondas y perfectamente alineadas como los surcos de la tierra labrada, delataban su pasado. El humilde trabajador del campo, republicano convencido, de nerviosa figura pero noble actitud, no había cometido más delito que el de haber criado a siete hijos y haberse pasado la vida labrando como colono las tierras de un conde propietario del pueblo.

Con el corazón metido en un puño recibió una noche el abrazo de despedida de un joven llorando tras serle entregada la tarjeta identificativa con la que habría de subir, poco después, al camión de la muerte. La tarjeta le confería el privilegio de estar identificado y poder ser inscrito en el registro del cementerio. El joven, de carácter bullicioso, aprendiz en una taberna, acostumbraba a acudir a todas las fiestas populares y fue delatado por un amigo que trataba de salvar el pellejo.

Gran emoción sentía cada vez que hablaba con el maestro de aldea que con su mísero sueldo compraba el material escolar de los niños, y los sacaba al campo a darles lecciones de medio ambiente. La geografía de España la aprendían jugando a la rayuela sobre un mapa dibujado en el suelo y cuando necesitaba apaciguarlos les leía Platero y yo.

Continuaba caminando el profesor y recordaba aquella mole cuadrada de ciento setenta metros de lado con aspecto de hospital renacentista, con cada vez más presos y con unos funcionarios amenazados si sentían compasión.

Al llegar a la plaza, el ruido de la chiquillería que jugaba a la pelota le distrajo de su pensamiento y notó una emoción placentera al comprobar que aún después de tantos años no había olvidado tan terribles acontecimientos. Aquellos niños, pensó, deberían conocer la historia, para aprender de ella y no repetirla. Dudaba de la historia que se les estaría enseñando en las escuelas. La memoria colectiva era, para el viejo profesor, un bien que heredamos sin pertenecernos y no debemos malgastar sino, más bien, aclarar y transmitir para no condenarlo al olvido.

El son de una bandurria había dilatado aquella tarde el regreso al domicilio y su impaciente mujer llevaba más tiempo de lo habitual asomada a la ventana. Cuando lo vio aparecer por la última esquina, un suspiro de alivio le sobrevino y una sensación relajante cuando comprobó que mantenía su sonrisa permanente.

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