Aventuras de un supercerdo

La actriz Seo-Hyun Ahn, en 'Okja'.

Estrenada directamente en Netflix, 'Okja' es una fábula ingenua, casi infantil, excesivamente amable y tan bien rodada como poco original

Borja Crespo
BORJA CRESPO

'Okja', estrenada directamente en streaming a nivel mundial hace apenas una semana, fue uno de los títulos presentes en la Sección Oficial de Cannes que sembraron la polémica al anunciarse de antemano que, ganase o no algún preciado galardón durante el festival, jamás se estrenaría en salas, dando la espalda sin miramientos al circuito de exhibición convencional.

A Netflix, productora y distribuidora del contenido en el ojo del huracán, le llovieron las críticas por no seguir la tradición, máxime en un país como Francia, pero la empresa americana supo darle la vuelta a la tortilla, aprovechando de rebote una excelente campaña de marketing. Quizás todo estaba planificado de antemano pero, tras las discusiones en medios, se cambiaron las bases del concurso para que en próximas ediciones no vuelva a ocurrir lo mismo.

Sin entrar en detalles sobre los claros cambios en el consumo audiovisual actual, lo que hay que preguntarse de entrada es porqué la última película de Bong Joon-ho entró en el apreciado apartado del certamen galo cuando se trata de una fábula ingenua, casi infantil, excesivamente amable, tan bien rodada como poco original. La propuesta es una obra menor en la filmografía del responsable de títulos de recibo como el thriller 'Memories of Murder', una obra maestra, o 'The Host', hábil muestra de cómo cruzar géneros sin complejos.

El manejo a su antojo del tono cinematográfico es una de las principales características del cine del coreano Bong Joon-ho. En 'Okja', la historia de una niña y su mascota, un cerdo gigante fruto de una mutación creada en un laboratorio, el alimento del futuro, también da muestras de ello, pero se decanta por un relato sin sorpresas, a ratos empalagoso, una suerte de 'E.T.' del siglo XXI sin la maestría de Steven Spielberg. Curiosamente la trama flojea cuando los protagonistas pisan suelo americano y la acción se traslada de Oriente a Occidente, detalle no explotado por el artífice de la recomendable 'Mother', centrado en narrar un cuento poco o nada perturbador, a diferencia de su trayectoria habitual.

El singular animal, generado enteramente por ordenador, es criado por la joven y su abuelo en las montañas de Corea del Sur, hasta que la multinacional dueña del experimento viviente se lo lleva a Nueva York para terminar de ser testado. La excusa es un concurso de crianza de varios supergorrinos en diferentes hábitats, planificado al detalle durante una década. Fabricar salchichas con su carne, metáfora trillada -'Fast Food Nation', de Richard Linklater, hace una denuncia más directa del problema, por poner otro ejemplo-, es el último peldaño en la vida de un ser creado por el hombre para fomentar el consumismo, uno de los cánceres de nuestro tiempo.

Tilda Swinton y Seo-Hyun Ahn, en 'Okja'.
Tilda Swinton y Seo-Hyun Ahn, en 'Okja'.

Si pensamos en 'Okja' como una película familiar con mensaje ecologista funciona a las mil maravillas. Concienciado con la naturaleza, Bong Joon-ho parece haber hecho un alto en el camino, tras las escenas sanguinolentas en los vagones de 'Snowpiercer', su anterior proyecto, donde los personajes principales se abrían paso a hachazos, para dar un toque de atención a la humanidad de la mano de una esperada producción cuya mayor baza son los actores. Tilda Swinton es la villana de la historia, con su extravagante imagen, mientras Jake Gyllenhaal parece imitar a Johnny Deep defendiendo el rol de un explorador estrella de la televisión que es contratado para conducir el salto al estrellato de la simpática bestezuela antes de pasar por el matadero, el único fragmento turbio del filme junto al destello de violencia irracional de Paul Dano, líder de un grupo animalista capaz de todo con tal de ponérselo difícil al sistema, hasta el punto de tratar mucho mejor a los mamíferos desvalidos que pretende defender que a sus compañeros de militancia. Otro cliché que añadir a una aventura, de imágenes bellas, narrada con buena letra, que invita a la reflexión inmediata sin excesos y alerta sobre la posible domesticación de una cineasta que pierde su sello de autor adentrándose en el terreno de la comercialidad.