Tras la pista de los balleneros españoles

Arturo Martínez, coordinador de la ruta, carga con un hueso de ballena en la capital islandesa, Reykjavik. /IDEAL
Arturo Martínez, coordinador de la ruta, carga con un hueso de ballena en la capital islandesa, Reykjavik. / IDEAL

Cinco almerienses se unen a una gesta cicloturista por la costa noroeste de Islandia

Miguel Cárceles
MIGUEL CÁRCELESALMERÍA

En el siglo XVI, los españoles desarrollaron la primera industria ballenera a gran escala de todo el planeta. Hasta una treintena de naves y más de 2.000 hombres surcaban desde la costa cantábrica todo el Atlántico y conseguían cobrarse hasta 400 piezas anuales. Desde el Golfo de Vizcaya, los marineros españoles alcanzaban costas tan sumamente distantes como las de la península de Labrador, Groenlandia o Islandia generando lazos económicos y culturales de miles de kilómetros de distancia. Hasta el punto de llegar a aparecer lenguas criollas mezcladas entre el euskera y los idiomas locales de los pueblos nórdicos. Sin embargo, esta 'entente cordiale' entre civilizaciones se rompió en Islandia en 1615, en la conocida en el territorio del Mar del Norte como 'la matanza de los españoles'.

Tras el naufragio de tres navíos guipuzcoanos, los tripulantes se vieron obligados a permanecer en una isla pobre y que arrastraba una hambruna generalizada. El rey de Dinamarca permitió a los líderes locales dotarse de una norma que permitía defenderse de los extranjeros que aparecieran por la zona para evitar la piratería. Y éstos, los gerifaltes islandeses, la aplicaron de forma deliberada sobre los españoles. Un total de 32 guipuzcoanos perecieron a manos de la población local en la que es la mayor masacre que se recuerda en el país y que ha sido recientemente enmendada, en 2015, cuando se abolió una legislación que había permanecido intacta desde la Edad Moderna.

La historia, además de cruenta -y, vista desde la lejanía temporal, muy curiosa- la conocía Arturo Martínez, vitoriano, estudiante de historia y, sobre todo, amante de los viajes con mayúsculas a horcajadas sobre su bici. La afición le ha llevado a conocer gente por todo el mundo, entre ellos a un buen grupo de almerienses a los que inoculó el virus de la curiosidad. Y pensó que, por qué no, estaría bien recorrer los puntos cruciales de estos hechos históricos en una de sus largas aventuras viajeras.

No le costó mucho convencer a Gabriel Galdeano. Tiene 54 años y lleva más de 25 recorriéndose el mundo a pedales. «Cuando me lo propuso, lo comenté con otros conocidos de Almería y no pudimos negarnos». Islandia era de esos pocos puntos del globo -valga la exageración- en los que aún no ha puesto la rueda el almeriense. Vietnam, Chile, Australia, México, Laponia, Nueva Zelanda, Namibia, Etiopía, Mali, Senegal, Zimbabue, Botsuana, Marruecos... La lista es interminable. «Te gusta viajar, te gusta la bici, haces el primer viaje, repites y al final acabas con la sensación de que no es un viaje si no lo haces así», narra con un entusiasmo contagioso.

En cierto modo, Gabri es quien animó a Ramón, Francisco y Jorge Ortega, hermanos, roqueteros y agricultores. Tienen 46, 40 y 36 años y también son de esas personas que disfrutan dando pedales. Tras un primer viaje a Marruecos con Galdeano, ya no hay año en el que no diseñen una escapada cicloturista. «Es una experiencia única, pedalear con gente», dice Francisco, el mediano.

Así que, sin darle demasiadas vueltas, hicieron la mochila, desmontaron sus bicis y encarrilaron su furgoneta rumbo a Madrid, desde donde en avión se trasladaron al aeropuerto internacional de Keflavik, a unos 40 kilómetros de la capital islandesa. Allí mismo montaron sus bicis y comenzaron a rodar. «Los paisajes son muy bestias, lo que se ve en las fotos no representa para nada lo que ves in situ: la inmensidad y la belleza de los paisajes naturales», recuerda Jorge, el pequeño de los hermanos roqueteros.

A los cuatro acabó sumándose Francisco Romero. También roquetero, es el único que no vive en Almería. Tiene 27 años y vive en la comarca Goierri, en Guipúzcoa. Y también es Galdeano el que acaba enganchándole a la aventura. «Yo estaba saliendo de un trance y sin trabajo y no lo dudé». En total, cinco almerienses en una expedición de diez personas para rodar por unos paisajes espectaculares y recorrer los sitios de una historia poco conocida de España.

Mil kilómetros bajo la lluvia

La ruta de los balleneros vascos en Islandia recorre los fiordos del noroeste islandés. Es de las zonas con más población de un país prácticamente deshabitado. Más grande que Andalucía en territorio, apenas tiene la población de la ciudad de Alicante: 336.460. Para que se hagan una idea, menos de la mitad de habitantes que la provincia de Almería. Y eso conlleva enfrentarse a un país natural, sin apenas modelar por la acción humana. «Para uno que viene del sur, los paisajes nevados y los glaciales son imponentes», relata Ramón Ortega, el mayor de los hermanos que se sumaron a la ruta. En total, cerca de mil kilómetros de viaje por valles, prados, montañas nevadas, glaciares y una costa dura y violenta. «El clima es como de un invierno severo que no conocemos», abunda el mayor de los Ortega. El viaje, de 22 días, se inició el 8 de julio y les mantuvo a temperaturas gélidas para los almerienses -menos de diez grados de forma habitual- y bajo una constante lluvia de la que apenas se libraron en un par de días. «Lo más difícil de la ruta ha sido la sensación constante, todos los días y a todas horas, de tener los pies mojados», recuerda Romero.

Entre Keflavik y la vuelta, las majestuosas Cataratas de Godafoss, los volcanes de Grabokargigar, el monumento a la 'matanza de los españoles' en la ciudad de Holmavik, en los fiordos noroccidentales, la observación de ballenas en la mar, la visita a una colonia de focas, conocer a una descendiente de Ari Magnusson (1571-1652), el dirigente local que ordeno la matanza de lo 32 balleneros vascos; o tener a escasos centímetros de distancia el primer vestigio de la conexión cultural entre los pueblos ibéricos y los de la isla ártica: el pidgin vasco-islandés, el primer diccionario que traducía la lengua propia de esas latitudes a otro idioma que no fuera el latín.

«Es un hecho trascendente en la historia. Y gracias al viaje hemos visto lo avanzados que eran los pescadores vascos, cómo recorrían los mares hasta Terranova, hasta Groenlandia», rememora Jorge Ortega.

La aventura no será probablemente la última. Ya dan vueltas. Probablemente, el que más sea Arturo. Tiene un blog en el que cuenta sus aventuras: Subealabici.wordpress.com. Y ya antes, por 2012, se embarcó en una aventura similar. Hizo una ruta Almería-Vitoria serpenteando por Andalucía, Extremadura, Castilla, La Rioja y el País Vasco. «A mí me gustaría Perú o Bolivia», dice Ramón Ortega. «Alaska o Canadá» propone Romero. «¿Irán?», cuestiona Jorge. Destinos -y ganas de pedalear buscando historia, patrimonio y conocer gente en el camino- no les falta a este grupo de aventureros.