Todos los días he admirado a Patricia

Durante dos semanas de desasosiego y dolor, en cada aparición pública, la madre del pequeño Gabriel ha demostrado que es un ser humano extraordinario

Patricia y Ángel, los padres de Gabriel, en el funeral de su hijo en Almería. /SERGIO GONZÁLEZ HUESO
Patricia y Ángel, los padres de Gabriel, en el funeral de su hijo en Almería. / SERGIO GONZÁLEZ HUESO
CARLOS BALBOA

Nadie puede comprender el dolor ajeno salvo que esté experimentando exactamente lo mismo. Se escapa a nuestra comprensión. No lo sentimos nuestro, cuesta calcular su dimensión y, en muchas de las veces, aparece como un silbido en el viento que rápido dejamos de sentir. La voz de Patricia, en cambio, va a retumbar por siempre, nos va a pellizcar el alma cada vez que nos acordemos de ella. Su susurro, su lloro, su angustia y su grito. Quien la haya escuchado estos días habrá comprobado que es un ser humano extraordinario.

"Perder a un hijo es la cosa más dolorosa que le puede pasar a un padre". Lo hemos escuchado todos en el pasado. Perderlo, además, de la forma en la que le arrebataron a Gabriel multiplica ese calvario hasta límites que ni siquiera podemos intuir. Sin embargo, en medio del sufrimiento, Patricia ha mostrado una admirable serenidad, traducida en declaraciones impropias de una situación como la que está sufriendo. "Que no haya rabia", nos recordaba apenas unas horas después de conocer el fallecimiento de su hijo. Hoy, tras el funeral, nos ha vuelto a enseñar que el mundo, incluso en su expresión más trágica, puede ser un lugar maravilloso. "La bruja ya no está, mi hijo ha ganado", ha recordado.

¿Qué podemos añadir nosotros? Poco. Más bien nada. Se atragantan las palabras, sabiendo, como sabemos, que lo único que nos queda es hacer caso a Patricia y que nuestra imaginación es mucho más contundente (y salvaje) que las frases que ella nos dice mirándonos a la cara. Ella, la madre que ha perdido a su hijo asesinado.

Les confieso que el caso del pequeño Gabriel ha despertado en mi sensaciones diversas. La proximidad y el oficio han contribuido en buena parte a aumentar la preocupación que la gran mayoría ha albergado. De la incertidumbre inicial al derrumbe final he atravesado varias fases con las que seguro alguno de ustedes se identificarán. Me he enfadado, me he preguntado millones de cosas, he discutido y he llorado. Y todos los días he admirado a Patricia.

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