«En dos horas lo pierdes todo»

Una mujer junto a varios vehículos siniestrados en la localidad almeriense de Vera, tras las fuertes lluvias registradas hace dos años./
Una mujer junto a varios vehículos siniestrados en la localidad almeriense de Vera, tras las fuertes lluvias registradas hace dos años.

Dos años después, algunas de las víctimas de las riadas del Levante cuentan su experiencia con el miedo de que algo así vuelva a suceder

MIGUEL CÁRCELES

Luis Antonio Petit es donostiarra. Recuerda con pavor lo que vio tres días después de las riadas, a su llegada a Pueblo Laguna, en Vera, donde tiene una vivienda de veraneo. «La planta baja de mi dúplex quedó arrasada, en Playas del Sur, la zona más afectada, pegada al río. Me entró agua por la laguna y por la zona del portal». Volver a repasar por su mente las imágenes, grabadas a fuego en el recuerdo, le causa nuevamente «rabia e impotencia». «Te tiras toda la vida ahorrando para tener un sitio en el que ser feliz y en dos horas lo pierdes todo», asevera. Es la dura y rotunda realidad a la que tuvieron que hacer frente centenares de familias que el 28 de septiembre de 2012 vieron como la violencia con la que el cielo descargó sobre el Levante almeriense segaba de raíz sus sueños, sus historias, sus pertenencias. Cuatro personas se dejaban en el temporal lo más preciado, la vida.

«Lo perdí todo, todo lo que estaba por debajo de metro y medio de altura. Se salvaron las lámparas y los cuadros». Isidoro Patier, madrileño, veraneaba en Vera Playa. «Lo viví todo con mucha angustia, porque además yo no estaba allí. Cuando a los tres días iba hacia Vera me llamaron para decirme que en el camino me parara a comprar unas botas de agua para poder entrar. Ya entonces me iba imaginando lo complicado del panorama», advierte. Lo corroboró al poner el pie en su vivienda, anegada, destrozada por la riada. «Aquello sí me pareció realmente la zona cero. Un desastre».

A José María Bascuñana, cuevano, vecino de Palomares, la riada le pilló en su jornada laboral. «Tuve que dejar mi trabajo para ayudar a dirigir el tráfico», recuerda con estupor. Lo primero, fue avisar a los vecinos de que venía, cauce abajo, una riada. Los ayuntamientos de la parte alta del Río Antas habían dado aviso: venía mucha agua, había que alertar a la población. «La primera lengua de agua desbordada del río la crucé para cortar el paso desde la rotonda de Puerto Rey. Mi gran sorpresa fue cuando llegó el agua hasta allí y nos vimos obligados a desalojar también esa zona», rememora. Gracias a su actuación altruista, un turista pudo salir ileso de la catástrofe. «Rescaté a un señor que estaba de vacaciones. Había casi un metro de agua y el coche no le arrancaba. Le tuve que llevar al hotel Reina».

Mariana Crespo había vuelto a Madrid pocos días antes tras haber pasado el verano en Puerto Rey, como todos los años desde 1990. «Ese día tenía una cena. Y justo cuando iba a salir, me llegó un mensaje de una amiga de Vera. Era una foto: Puerto Rey estaba anegado». La decisión fue inmediata, había que ir a Vera. «Con botas de agua, pala en mano, cargados de paciencia y con el corazón en un puño, vimos al llegar a Puerto Rey cómo nuestro paraíso particular se había convertido en un barrizal. Nuestras casas se habían inundado y el lodo llegaba por la cintura. Camas, cojines, sillas, baúles, marcos, lámparas, ropa... Todo estaba embarrado», rememora con dolor.

El miedo sigue permaneciendo intacto en la memoria de quienes vivieron la tragedia, entre quienes fueron víctimas directas de la violencia climática. «Esta semana estuvieron unos primos míos allí [en Vera] y me llamaron el jueves para contarme que estaba lloviendo con fuerza, que había salido el río», recuerda Patier. «Les dije que subieran todo lo de valor a la planta de arriba y que estuvieran atentos pero tranquilos. Sin embargo, decidieron adelantar su vuelta a Madrid. Es normal, te acuerdas de lo ocurrido».

Soluciones

Sin embargo y a toro pasado, lo que más preocupa a las víctimas de las riadas del 28 de septiembre, hace hoy justo dos años, es la falta de soluciones definitivas que impidan que lo experimentado con dureza entonces no vuelva a ocurrir jamás. «Lo que más me fastidia es que el río Antas está igual o peor que antes. Da la sensación de que la Administración no ha hecho nada para evitar que vuelva a ocurrir lo que ya sucedió. El agua era mucha, es cierto, pero las consecuencias fueron mayores por no tener el cauce limpio. [...] Las administraciones no están cuidando a toda esa gente que viene o que reside durante todo el año aquí. Han tenido dos años para limpiar y actuar y no lo han hecho», reclama Patier.

Los vecinos de la localidad de Los Lobos, en Cuevas del Almanzora, deben de pensar algo bien parecido. Dos años después de que las riadas se llevaran de un plumazo el histórico puente que enlazaba el núcleo urbano con las viviendas situadas al otro lado del río aún esperan una solución que les permita unir lo que siempre estuvo en conexión y que la riada borró de golpe y porrazo.

«Cuando llegué a Vera Playa», recuerda Petit, «vi un panorama desolador que nunca más querría volver a ver. Y sin embargo, ahí sigue la amenaza. Los políticos llevaron su poderío a Puerto Rey, pero ninguno estuvo este mes de agosto cuando pedíamos que se hicieran actuaciones para evitar los riesgos. Hoy por hoy podemos respirar, pero ¿y mañana? Primero por construir donde no se debe y ahora por no haber hecho nada en dos años después de la tragedia». Por suerte, el buen funcionamiento del Consorcio de Seguros ha permitido que dos años después los rastros de la tragedia solo estén en forma de recuerdo.

El Levante almeriense amanece hoy como todos los otoños, con un ojo mirando al cielo. El otro, mientras tanto, espera soluciones definitivas a males endémicos. Como en toda la costa mediterránea, cuando llueve lo hace con virulencia. No se puede evitar. «La naturaleza no la puedes frenar con apaños del ser humano», advierte Petit, no sin pedir soluciones definitivas, como la que persiguen para el puente entre Puerto Rey y Pueblo Laguna. «Cuando se rehacen las cosas, se vuelven a hacer mal. Hace tiempo que hablamos de que el puente entre Puerto Rey y Pueblo Laguna necesitaba una ampliación. Y cuando la riada se lo llevó, lo reconstruyeron y no lo hicieron mejor», afirma. Mariana va más allá y advierte: «Hay ciertas cosas que la riada se puede llevar y que el dinero no puede comprar».