Tres mujeres almerienses relatan su infierno: «Si no puedes pagar te tienes que ir de puta»
Mía, Hadiya y Amara cayeron en la desalmadas redes de la explotación sexual tras ser engañadas por falsos amigos que les prometían una vida mejor
Están ocultas. A veces, incluso viven encerradas a merced de la voluntad de sus proxenetas. Un número incalculable (pero, seguro, elevado) de mujeres, principalmente extranjeras, ... son obligadas a prostituirse a diario en la provincia deAlmería, donde hay decenas de locales clandestinos dedicados a ofrecerlas por precios irrisorios a hombres de todas las edades. Salir de estos entornos resulta complejísimo y son varias las organizaciones que trabajan para lograrlo.
Una de ellas es CruzRoja, que en Almería acompaña a mujeres y familias monomarentales que se encuentran en situación de trata, de forma específica e integral. Un servicio que trata de propiciar y fortalecer espacios facilitadores de vínculos en contextos de explotación sexual y prostitución, y colaborando con otras entidades y administraciones.
Algunas de las mujeres acompañadas por la oenegé en la provincia han querido ofrecer su testimonio (no su imagen) para sensibilizar por el día contra la explotación sexual y la trata, que se conmemora este lunes. Un gesto, este, con el que quieren dirigirse y recordar a todas las víctimas de esta lacra que parece no tener fin.
Mía, Colombia Vendida por no tener dinero
Su casa en Almería es una nave abandonada entre invernaderos, en un pequeño asentamiento habitado por hombres y unas pocas mujeres, que viven bajo la 'protección' de una pareja «que oscila entre la figura de protector, dueño y agresor, que te puede encerrar con llave». Mía recoge chatarra o trabaja en invernaderos para ganarse el pan mientras piensa en unos hijos que se quedaron atrás, en Colombia, bajo la tutela de otras personas. Desde que llegó ha perdido mucho peso y apenas consigue conciliar el sueño.
Decidió venir a España porque su pareja la maltrataba. Una mal llamada amiga le prestó dinero para el coste de una oferta de trabajo. Pero el interés era demasiado alto. Llegó poco antes de la pandemia y, nada más tocar tierra en el nuevo país, la compatriota que la recibió le dijo: «Si no puedes pagar te tienes que ir de puta». Dice que la «vendieron»a unas personas de origen rumano «que la vigilaban constantemente y solo le daban de comer por prostituirse».
En esta vorágine de prostitución forzosa, conoció a Cruz Roja a través del dispositivo móvil que realiza visitas a contextos de explotación sexual. Fueron sus 'salvadores'. En cuanto pudo, les suplicó que la sacaran de allí. Y Mía, además, se ha atrevido a dar más pasos adelante contra estas mafias proxenetas y hoy es testigo protegido en un caso de trata.
Consiguió salir de la explotación y trató de rehacer su vida bajo la 'protección' de otro hombre. Sin embargo, no logra escapar «de su pasado, ni de la pobreza, ni de la pérdida de tres hijos, ni de la depresión, por mucho que corra», apuntan sobre ella desde Cruz Roja. Mía se siente «invisible para el mundo en un mar de plástico».
Hadiya, MarruecosCinco euros por su cuerpo
Su realidad es la de muchas mujeres de Marruecos que necesitan ganar dinero para vivir. Llegó para trabajar en la reccogida de la fresa en Huelva y se quedó. Atrás dejó a sus hijos, a un hermano enfermo y una madre ciega en una chabola de una ciudad cualquiera del interior del país. «En Marruecos no te operan si no tienes dinero», relata. Hadiya, que perdió a su hermana el mismo día en que llegó a España, no es la primera de su familia que trata de lograr el 'sueño europeo': un hermano desapareció cruzando el mar en una patera. Desgracias que la convertían en el sostén de su familia.
Le dijeron que en Almería podía «buscarse la vida». Encontró trabajo limpiando casas, cuidando niños, siempre sin 'papeles', lo que suponía llevar una vida precaria, insegura y triste. Su vulnerabilidad era tal, que se percibía a simple vista. Y así fue como la captaron: una mujer la observó en una cafetería y se acercó para ofrecerle «una vida mejor, con dinero fácil».
Palabras «amables y amigas» la acabaron llevando a un cortijo donde varias mujeres eran explotadas sexualmente. «Primero le ofreció 10 euros por cada encuentro sexual, y luego bajó a 5. La madame negociaba con los hombres, si usaban condón o no», explican desde Cruz Roja.
Mientras era explotada, un hombre le ofreció sacarla de allí, casarse con ella, ser su protector y proveedor, lo que derivó en problemas con la 'madame', peleas, amenazas de muerte, detenciones y juicios. Afortunadamente, ha logrado salir de la explotación sexual y sueña con conseguir regular su situación y comenzar una nueva vida, quizás, con su nueva pareja.
Amara, Nigeria20.000 euros de deuda
Su padre murió cuando tenía siete años y, con 16, fue drogada y violada por su jefe. Su tía fue quien le recomendó viajar a Europa para «ganar dinero» y ayudar, así, a su madre. Pero llegar desde Nigeria la viejo continente no es sencillo. Cruzó el desierto en coche, caminando, durmiendo a la intemperie con cuatro pares de pantalones y crema de dientes roja en la vagina para evitar ser violada. «Sólo un hombre te puede proteger, una pareja, pero también te puede herir y matar», reconoce.
Recorrió Marruecos a pie, hasta llegar un bosque en una montaña cerca de Nador, donde esperó un año viviendo de las limosnas de mujeres marroquíes «de corazón bueno» que se apiadaban de ella. Tras varios desalojos de la zona por parte de la Policía, finalmente, consiguió cruzar el Mediterráneo. Su primer 'hogar' en España fue una casa de acogida en Andalucía.
Su tío, el mismo que le dijo que viajar a Europa, había contactado con una nigeriana en Almería para que la sacara del centro, le diera trabajo y le ayudara a conseguir papeles. «Sin papeles no hay trabajo», dice Amara. Pero esta mujer no era lo que esperaba. Le pedía 20.000 euros y, para pagarlos, la tenía explotada 24 horas al día, siete días a la semana. En ese tiempo, recuerda que fue víctima de todo tipo agresiones físicas y sexuales, lo que le ha dejado problemas de salud.
Amara no culpa a su tío: asegura que no sabía que iba a acabar en la prostitución. Sin embarg, él le pide que se lo oculte a su madre. Cuando esaba casi derrotada, encontró un hombre que decía querer ser su pareja. Tuvo un hijo con él y, nada más nacer, se marchó con otra mujer. En estas circunstancias, entre palizas, agresiones sexuales y un hijo al que criar, Amara logró pagar su deuda y ahora trata de ganarse la vida cuidando a personas y limpiando. Eso sí, todavía no consigue tener sus papeles en regla en España. Hablar de su experiencia le hace recordar que hay muchas otras mujeres africanas tienen niños y siguen siendo explotadas sexualmente, sufriendo todo tipo de violencias.
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