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Populismo mágico

MARCIAL VÁZQUEZ

Fue Giovanni Sartori en su obra maestra '¿Qué es la democracia?' el que descifró de manera simple y directa toda la estafa ideológica del comunismo frente al liberalismo en la antigua guerra fría: si la comparación se situaba entre la democracia ideal -pero nunca realizada- del comunismo, y la democracia real como imperfecta de las poliarquías occidentales, siempre ganaría la propaganda idealista que estaría pendiente de ser plenamente realizada en el futuro próximo y que aún no se habría podido implementar por esos enemigos tan malvados y poderosos como el capitalismo y los Estados Unidos.

Cuando el muro de Berlín se vino abajo muchos pensaron que era el fin de las ideologías y que la democracia liberal pluralista no iba a tener ya rival en el terreno político. Treinta años más tarde nos hemos dado cuenta cómo el espíritu manipulador y totalitario comunista no había sido vencido, sino solamente enterrado, sin que nadie se percatase que poco a poco iría conquistando todo el marco de la izquierda -incluida la socialdemocracia decadente- la cual a falta de respuestas sólidas y eficaces ante los problemas de gobernabilidad de las nuevas sociedades se ha dedicado, nuevamente, al negocio de las minorías, al simbolismo y a la guerra ideológica de la manera más trasnochada y liberticida que uno pueda imaginarse.

De ahí que en la actualidad solamente encontremos en el liberalismo la corriente más preocupada por resolver los desafíos del presente y del futuro, algo que el mismísimo presidente del gobierno debe creer también, porque esta semana Pedro Sánchez ha declarado que desea ser el referente de los liberales huérfanos de nuestro país. En esto, y sin que sirva de precedente, Pedro se acerca sorprendentemente a una verdad: si él tuviese algún tipo de ideología más allá de su arribismo sin escrúpulos y su farsa sin rubor, esta sería la liberal, porque socialista nunca ha sido y por esto mismo los socialdemócratas clásicos tenemos como primer objetivo combatir con todas nuestras fuerzas a este usurpador de las siglas y de los logros pasados del socialismo, del que ya solo queda la memoria de quien ose tenerla y no sentir rubor.

En este sentido, si en algo se parece el comunismo resucitado y expandido y los nuevos populismos es en su espíritu mágico de creer posible la ingeniería social y que no es posible ni soportable otro mundo que no sea el que ellos quieren imponer al resto de los mortales. No se trata ya de una oposición irresponsable -que también- sino su realización cuando llegan al poder: nunca podrán hacer ni la mitad de lo que prometieron y, por supuesto, el motivo de estas expectativas frustradas y falsas se encuentra en el rival externo, imaginario o provocado. Por eso los populismos enfrentados se combaten maximizando cada vez más sus exigencias y aumentando la histeria social para que el ruido y el humo ciegue y deje sordos a todos los votantes, de tal manera que al llegar a las urnas solo puedan echar mano de sus instintos primarios. El populismo se alimenta de los instintos, sin duda, pero no todos tienen un buen olfato. Podemos y Vox fomentan los instintos primarios de su potencial electorado, pero el partido de Abascal ha demostrado -hasta el momento- tener mucho más olfato que Pablo Iglesias.

Las reacciones absolutamente exageradas, desproporcionadas y propias de mentes muy atormentadas, ante el pacto del PP con Vox y Ciudadanos para gobernar Andalucía, responden a algo muy sencillo: en los susanistas la pataleta de perder el poder; y en Podemos la rabia de ver como el populismo de enfrente ha sido mucho más listo que ellos hace años.

Recordemos cómo actuó Podemos cuando se presentó con unas exigencias inasumibles en rueda de prensa para apoyar la investidura del primer Pedro Sánchez, el del pacto con Ciudadanos; y veamos ahora cómo ha escenificado Vox el teatro para sus votantes sin que al final se llegase a la tragedia: un documento bastante ambiguo firmado con el PP y el olvido del disparate de derogar las leyes de violencia de género, LGTB y las de igualdad. Cuando Moreno Bonilla empiece a gobernar, pasen los meses y no llegue el apocalipsis democrático que andan proclamando los sanchistas y los podemitas, se demostrará una vez más la inutilidad de la política del malestar.

Por esto mismo causa estupor observar a las profesionales del feminismo radical y a los vividores de la causa LGTB llamando a las barricadas porque el pacto de gobierno en Andalucía pone en peligro los derechos de las mujeres y los homosexuales. ¿A qué se refieren realmente? Solo con ver a Irene Montero intentando llorar mientras alerta de que siente miedo porque vienen a por las mujeres, podemos imaginarnos de qué va la actuación: mientras un populismo intenta tener instinto y olfato, al otro ya solo le quedan las lágrimas de cocodrilo; el liberalismo está amenazado ahora por Pedro Sánchez y el socialismo hace tiempo que desapareció.

 

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