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Poder envilecido y amoral

Siempre he huido de los números y las estadísticas porque pienso que nada explica mejor la toma de decisiones de un presidente o de un político poderoso que su catadura personal y moral

MARCIAL VÁZQUEZALMERÍA

Con casi toda seguridad la mayoría de politólogos y estudiosos de la política se guían por esta fiebre empírica moderna donde la calidad del análisis solo se mide en la cantidad de datos que somos capaces de recopilar y explicar. Bien es cierto que desde que el gobierno de la dignidad ha convertido el CIS en el Asador Tezanos esto de las encuestas empieza a oler tan mal que se convierten en un instrumento peligroso y desestabilizador para nuestra salud democrática, que ya de por sí no era demasiado buena. Sin embargo, yo siempre he huido de los números y las estadísticas creadas con el fin de predecir o justificar el poder puramente político de los gobernantes, porque pienso que nada explica mejor la toma de decisiones de un presidente o de un político poderoso que su catadura personal y moral, a menudo banalizadas con la excusa de que todo ser humano que busque el poder y lo encuentre está condenado a convertirse en un Maquiavelo. En este sentido, hace algún tiempo escribí una idea que se ha visto reforzada con el paso de los meses: siendo interesante el estudio de lo que hacen los hombres cuando llegan al poder, más determinante aún es darnos cuenta de lo que hace el poder cuando llega a los hombres. Y cuando digo «hombres» me refiero a hombres y mujeres, con perdón de las talibanas de esa mamarrachada del lenguaje inclusivo.

No hace mucho leí un reportaje sobre un libro recién publicado donde se explicaba el perfil psicológico-psicopático de políticos clave en nuestra historia, como Hitler, Stalin o Churchill. De ahí que debamos preguntarnos si esta locura certificada de líderes totalitarios está en conexión con la ideología que representaban, máxime si tenemos en cuenta que el comunismo ha seguido vivo camuflándose en diversos formatos populistas y la extrema derecha en centro Europa y Europa del este empieza a coger fuerza y a mostrar cada vez menos complejos en retomar viejos ecos del discurso nazi. Mi hipótesis es la siguiente: todo totalitarismo necesita de una enajenación mental permanente o transitoria que se consolida en sus líderes y en las masas que los siguen. No es este diagnóstico una buena noticia justo en la época donde la razón del humanismo y de la democracia liberal está abandonado a toda prisa a cada vez mayores sectores de la sociedad para imponerse en su lugar el fanatismo, la histeria y la ideología del malestar que sustenta la tiranía moderna que en ocasiones se disfraza de esa democracia real que solo responde ante el pueblo.

La conocida razón de partido empieza a desplazar y a sustituir a la razón de estado y a la razón democrática para justificar cualquier acto, palabra u omisión que sirva para apuntalar a ese ente superior e intocable que es el partido como religión, cuyo líder ejerce no ya como vicario de dios sino directamente como el dios único y verdadero. ¿Cómo se traduce esto en la realidad? Mirando a pruebas de fuego, a test de estrés de decencia democrática como el sucedido hace una semana en Alsasua, donde algunos fueron a defender a la Guardia Civil y al sistema constitucional vigente, mientras otros se posicionaron al lado de Otegui, el carnicero de Mondragón y los matones proetarras que siguen persiguiendo los fines de ETA pero, afortunadamente, sin sucumbir ante su segura pulsión de desear nuevas bombas lapa y tiros en la nuca a patrullas de las Guardia Civil que aún quedan en sus cortijos abertzales. Fernando Savater se ha atrevido a decir, claramente, que «si en los 80 hubiésemos hecho caso a este PSOE, Otegui sería lehendakari y 'el carnicero' jefe de la Ertzaintza».

Si, además, hemos tenido la ocasión de leer el artículo durísimo de Joan Mesquida contra este PDROE tras su postura ante la manifestación de Alsasua, sabremos que existen algunos socialistas, muy pocos por desgracia, que se atreven a alzar la voz ante la infamia y la ignominia en la que se ha convertido el partido que mejor gobernó y transformó nuestro país pero que hoy calla sumiso y envilecido ante las pulsiones de la ambición irracional por el poder de ese actor que hace el papel de presidente de un gobierno de Podemos.

No hay más que ver a Marlaska, antaño un magistrado ejemplar, referente de muchos y valiente al contar su historia familiar respecto a su salida del armario, empuñando la cartera de Interior mientras riñe a los españoles que han ido a defender a la Guardia Civil al lugar donde, precisamente, le propinaron una paliza a 2 guardias y a sus parejas por el odio a España y a la Benemérita. Se equivoca Marlaska cuando explica que hay sitios donde ir es sinónimo de 'provocar'. La verdad es que hay gobiernos en donde estar es sinónimo de envilecerse y convertirse en un ser amoral. Pero, como es lógico, cada cual elige donde ir y donde estar. Donde está este gobierno ya lo sabemos; a dónde está dispuesto a ir, desde hace una semana, también.

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