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Pensamiento simple para la regeneración

Lejos de poner el foco en las actuales elites, es necesario analizar el comportamiento actual del votante y las motivaciones que mueven a las masas sociales-electorales

MARCIAL VÁZQUEZALMERÍA

Después de observar diversos discursos de los candidatos a la Junta de Andalucía, empecé a pensar en la imposibilidad democrática de establecer un filtro para que ciertos iletrados sin capacidad alguna de oratoria y raciocinio se aprovechasen de las artes demagógicas para engañar a la gente y conseguir su voto. Ciertamente, este alejamiento de las elites políticas del sentido de la aristocracia clásica para ampararse en el derecho de todos a participar en la elección a cargos públicos causa un problema al mismo sistema democrático que no solamente amenaza en muchas ocasiones su supervivencia sino que supone una condición- el acceso universal al cargo- sin el cual la democracia sería inexistente.

Nadie reflexiona sobre esta terrible paradoja porque sabe que no tiene solución sencilla- no sé si posible- y porque la gran mayoría que se dedica a política lo hace, precisamente, gracias a esa universalización sin exigencias éticas, intelectuales y morales para conseguir vivir durante 20 años o más del cargo pagado por todos.

Lejos de poner el foco en las actuales elites, es necesario analizar el comportamiento actual del votante y las motivaciones que mueven a las masas sociales-electorales, asumiendo que el proceso racional y reflexivo no supone un rasgo de peso en ese ciudadano de hoy que se mueve más o bien por lo emocional, o bien por su sesgo ideológico polarizado, o bien por su necesidad de desahogarse ante todas las ataduras doctrinarias que impone la actual izquierda-populista que domina casi toda oferta mediática y las redes sociales.

Hay dos supuestos posibles: un votante que exponga la siguiente hipótesis: «los buenos políticos hacen buena política y los malos políticos hacen mala política»; luego, enfrente, tenemos al votante pedante que piensa: «la democracia actual es heredera del franquismo, los pueblos tienen derecho a la autodeterminación y todas las personas tenemos derechos humanos, a la vivienda, a las pensiones y al trabajo digno».

Visto así, ¿cuál sería el prototipo más favorable para una regeneración de nuestra democracia? Sin duda yo apostaría por el primero. Su razonamiento es una base imprescindible para ejercer una elección justa y para no permitir que los políticos sigan en sus cargos sin asumir responsabilidades. Solo quedaría, en este sentido, el siguiente paso, que sería el plantearnos qué es una buena política y qué es una mala política.

Pero el paso de estar convencidos de que las políticas y sus resultados están inseparablemente ligadas a la calidad de los políticos que ocupan los puestos ejecutivos y legislativos, es de vital importancia para empezar a devolver a la política su sentido ético y -repito nuevamente- de la responsabilidad. Porque la democracia empieza a resentirse y a caer en picado cuando desaparece esta palabra de su raíz y su vocabulario imprescindible: Responsabilidad.

En este sentido, pagamos las consecuencias de utilizar palabras graves sin conexión con la realidad y palabras nobles con el fin de envilecerlas y convertirlas o bien en armas arrojadizas, o bien en la excusa perfecta de los nichos de negocios minoritarios que busca todo mediocre vividor de lo público. Por ejemplo, el concepto de «extrema derecha» o del «fascismo». Se ha utilizado y manipulado tanto en los últimos años que ya nadie sabe qué es realmente cada cosa.

Para los de un extremo es todo aquello que no piense como ellos; para los del otro extremo es rebelarse contra lo políticamente correcto. Es curioso que en tiempos pasados se utilizaba lo «políticamente correcto» para atacar las costumbres y convenciones conservadoras que los partidarios de la derecha usaban para evitar el progreso de las libertades y el pluralismo. En nuestros días, por desgracia, representa justamente lo contrario, ahora lo políticamente correcto es aquella doctrina que quiere imponernos la izquierda demagógica y sectaria.

Tenemos que aceptar como algo normal que después de unas elecciones plenamente democráticas y con garantías indudables, por el hecho de que un partido como VOX hubiera sacado 12 parlamentarios, saliesen a la calle cientos de estudiantes analfabetos y decenas de abuelos nostálgicos de la Pasionaria, a manifestarse en contra del «fascismo» y gritar idioteces como el «no pasarán» y «no sé qué de la tumba del fascismo»- cuando, precisamente, estas consignas guerracivilistas fueron de los que perdieron la guerra.

Contra aquellos que se amparan en el caudal de información, de opinión y alfabetización que tenemos los ciudadanos como garantía de algo positivo para el sistema democrático, apuesto a que el ciudadano democrático necesitará volver a sus orígenes para reconstruirse a sí mismo.

La confusión y la manipulación hace un siglo venía de la ignorancia de las personas de entonces; en pleno siglo XXI, la manipulación es gracias al otro extremo: el votante se cree ya tan superior y perfecto que jamás piensa en que puede ser engañado. De hecho, en que está siendo engañado.

 

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