Ana Julia Quezada cambia de versión en el juicio: «Quería que me cogieran»

La fiscal subraya las contradicciones de la acusada, que mantuvo que la muerte por asfixia de Gabriel fue un accidente

MIGUEL CÁRCELES y ALICIA AMATEAlmería

Con un monosílabo que no daba pie a conjeturas o lecturas contradictorias. Ana Julia Quezada reconoció ayer que dio muerte al pequeño Gabriel Cruz por asfixia, pero en su descargo mantuvo la versión del accidente.

-¿Reconoce que el día 27 de febrero de 2018 dio usted muerte al hijo de su pareja sentimental?- le cuestionó, nada más empezar el interrogatorio, la fiscal Elena Fernández.

-Sí- respondió Quezada.

Tras año y medio en prisión después de que la Guardia Civil la 'cazara' con el cadáver del pequeño de ocho años en el maletero, Ana Julia Quezada intentó ayer desvanecer el rol de mujer fría y malvada que acaba con la vida de un niño de apenas ocho años y suplirlo por otro radicalmente opuesto: el de víctima de una muerte fortuita y desprevenida. «Vi entrar a Gabriel con un hacha en la mano y le dije 'deja el hacha'. Me respondió 'tú no me mandas que no eres mi madre, que eres fea, que tienes una nariz fea, quiero que mi padre se case con mi madre, que te vayas a tu país», dijo la encausada. Entonces, posó sus manos sobre la boca y la nariz para que dejara de insultarle. «Yo solo le tapé la boca, solo quería que se callara, no quería matar al niño, no quería matar al niño».

Gabriel, de apenas ocho años, fue ayer descrito de forma constante por quienes prestaron declaración frente al tribunal como un niño dulce, noble, con valores. La propia Quezada aseguró no haber tenido antes ningún problema de relación. Sin embargo, no ofreció explicación alguna de por qué ese supuesto cambio radical de actitud en el pequeño. Como tampoco lo hizo con las razones por las que lo desnudó parcialmente tras detectar que estaba muerto. «Cuando le solté no respiraba y me quedé bloqueada», dijo.

Entonces fue cuando, después de «fumar como una loca» decide enterrar al niño. «Veo una pala y decido hacer un agujero. No me costó». Y tras quitarle la ropa -que posteriormente guardaría en el armario junto al que dormía con su padre- lo arrastró hasta el agujero y lo ocultó ayudándose incluso con un hacha.

Le entierra y pinta una lavadora

A partir de ese momento su narración comienza a dibujar algunos pasajes nublados y dudosos. Por ejemplo, no recuerda si el pequeño Gabriel recibió algún tipo de golpe en sus últimos momentos con vida -su cuerpo presentaba, según la investigación, síntomas de golpes violentos en la cabeza-. Y pareció dudar inicialmente cuando se le preguntó si después de enterrar al niño se puso a «pintar una lavadora», como acabó afirmando, hasta que Ángel, el padre del menor, la llamó y le dijo que volviera a Las Hortichuelas porque la abuela no encontraba al niño.

Sin embargo, lo más sorprendente de la declaración de Quezada fue cuando cambió la versión que ha venido manteniendo durante 18 meses de investigación -le recordó la fiscal- y afirmó que, afligida por el suceso, su pretensión durante los doce días en los que mantuvo oculto el cuerpo del niño fue siempre la de confesar o que le acabasen cogiendo. «Fui a Rodalquilar a ver si podía decírselo a alguien. Llegué y había muchos familiares de Ángel y no pude, no pude decirlo. No pude. Ni a mi hermana se lo pude decir que tengo máxima confianza. No pensé nada. Pensé que le había quitado la vida a un niño, el hijo de mi pareja. ¿Cómo le digo yo a Ángel?», dijo atropellándose con las palabras, en un tono más elevado que el resto de la declaración.

Llegó incluso a decir que fue este interés por ser descubierta -se dijo incapaz de confesar- el que le llevó a fingir el hallazgo de una camiseta del menor que ella misma había dispuesto en un punto cardinal diametralmente opuesto a donde se ocultaba el cadáver. «Usted ha mantenido que era para darle esperanzas al padre, es la primera vez que dice esto», dijo la fiscal Fernández subrayando ante el jurado la contradicción entre las distintas versiones ofrecidas por la acusada desde se descubriera la autoría del luctuoso suceso de Rodalquilar.

«Hasta arriba de Diazepam»

La falta de respuestas lógicas a algunas de las cuestiones a las que la sometió la Fiscalía las respondió Ana Julia Quezada asegurando que estuvo doce días «drogada». «Iba de Diazepam hasta arriba, porque me daban para que estuviera tranquila. Me tomaba 4 o 5 para poder lavar mi conciencia a diario», relató. Y por ello, dijo, perdió hasta en dos ocasiones su móvil, algo que la investigación cree que hizo para no estar permanentemente localizada.

Ana Julia Quezada, de 45 años de edad, se enfrenta a una pena de prisión permanente revisable por la muerte confesa de Gabriel Cruz, el hijo de ocho años de su entonces pareja sentimental, además de otras penas por daños psicológicos a sus familiares. Su estrategia procesal pasa por intentar convencer de que no fue un suceso premeditado y que no se ensañó. La acusación cree que las pruebas periciales acabarán desmintiendo esta versión de los hechos. Un tribunal de jurado formado por siete mujeres y dos hombres será el encargado de decidir, finalmente, si Ana Julia Quezada es o no culpable de asesinato.