La hija de Quezada admite que se sintió «usada» por su madre, a quien se negó a ver

Los periodistas siguen la declaración de una de las testigos por pantalla/EFE
Los periodistas siguen la declaración de una de las testigos por pantalla / EFE

Desde Burgos, la joven de 25 años reconoció que le pidió que hablara del «carácter» de su expareja con el psicólogo de Patricia Ramírez con el fin de inculparle

ALICIA AMATE y MIGUEL CÁRCELESAlmería

A distancia y con la petición expresa de «no ver a la acusada», la hija de Ana Julia Quezada declaró ayer por videoconferencia en la segunda sesión de la vista oral contra su madre, autora confesa de la muerte del niño Gabriel Cruz, con quien, dijo, no tiene «ningún trato» desde que ocurrieron los hechos por los que desde ayer se sienta ante un tribunal popular. «Me llamó desde la cárcel. Fue una conversación que no duró ni un minuto», explicó acerca una relación maternofilial que, a su juicio, no le «sienta bien». Tampoco tenía un vínculo estrecho con ella antes de aquel 27 de febrero de 2018: «Se fue a vivir a Almería y hablábamos esporádicamente por 'Whatsapp'».

No obstante, cuando a medianoche del primer día de la desaparición del pequeño recibió una llamada telefónica de su «distante e independiente» madre, acudió a Níjar «de corazón» para cooperar en la búsqueda, pernoctando en la vivienda de Las Hotichuelas Bajas de la abuela paterna del fallecido. «Ella (su madre) sabe cómo soy yo y que, por mucho que no tenga relación con ella, iba a ayudar», respondió a una de las preguntas de la fiscal durante el interrogatorio de ayer, en el que admitió que «nunca podía haber sospechado que había sido ella», añadiendo que «es mi madre y eso no cabe en ninguna cabeza».

Fue esta mujer de 25 años, única hija viva de Ana Julia Quezada tras la muerte de su hermana en 1996 en Burgos -un tema sobre el que la magistrada Alejandra Dodero aseguró que no se va a hablar durante la vista-, una de las personas que acompañaron en plena búsqueda del menor a la procesada a la finca de Rodalquilar en la que le había dado muerte y enterrado su cuerpo. Era un intento de «separar» a su madre de su entonces pareja, Ángel Cruz, tal y como le habían pedido desde la familia, narró.

«Le pregunté qué quería hacer» a lo que contestó que quería visitar la casa de Rodalquilar porque le daba «paz». Allí vio «un montón de sillas apiladas» -a saber, sobre el lugar en el que se encontraban los restos del fallecido- y, al confirmar que no se había buscado por aquella zona, rastreó los alrededores sin hallar nada.

Durante esta visita a Quezada le dio, de acuerdo a su testimonio, «ansiedad» por «arreglar» unos tablones que había en la piscina, que fueron, según la investigación, colocados sobre el lugar en el que se encontraba el cadáver. Finalmente, cuando no llevaba «ni 20 minutos» allí, su madre le dijo «vámonos y dejadme en casa». Y así lo hizo. Argumentó, al respecto, que le resultó «extraño» que esta visita fuera tan «breve y rápida».

También se abordó durante este interrogatorio la llamada realizada por Quezada al psicólogo de Patricia Ramírez -testigo de este juicio oral que se sentó también ayer en la Sala del Jurado- en la que su madre le pidió que le hablara del «carácter de su expareja», vecino del entorno en el que colocó la camiseta que ella misma fingió encontrar. Al respecto, confesó que se sintió «usada» para tratar de inculpar a este hombre al que apenas conocía. Refirió, además, que en un momento dado su madre le dijo que había tenido «un rifirrafe» en la Comandancia de la Guardia Civil con Patricia Ramírez, sobre la que dijo que no tenía por qué «decirle a ella cómo hacer las cosas».

Negó, no obstante, que su progenitora le hubiera insinuado la posibilidad de quedarse con las propiedades de la familia de Ángel Cruz aunque sí que le dijo en alguna ocasión que podría buscar trabajo en Almería.