Invierno, por fin

Instalaciones del camping Las Menas, en Serón./R. I.
Instalaciones del camping Las Menas, en Serón. / R. I.

«Un regalo tardío llegado en la segunda quincena de abril, primavera, por más señas, después de un no invierno en el que apenas ha llovido, ni nevado»

ELENA SEVILLANO

Escribo este artículo desde el camping de Las Menas, en Serón. Fuera, la lluvia golpea con fuerza las cabañas de madera, que amplifican el ruido de las gotas al estrellarse, y las nubes bajas pintan un cuadro romántico lleno de brumas y paisaje desdibujado. Antes de ayer nos nevó en la sierra y nos vimos dentro del coche, en plena cumbre, conduciendo por un paisaje como de navidad nórdica, con el cielo escupiendo copos barridos por un viento racheado y la carretera en un fundido a blanco surcado por las rodadas gris sucio dejadas por las ruedas del coche de delante. Cuando se nos quitó el miedo disfrutamos de una experiencia impresionante, un regalo tardío llegado en la segunda quincena de abril, primavera, por más señas, después de un no invierno en el que apenas ha llovido, ni nevado.

Esta mañana, los niños han estado tirándose en trineo por las laderas nevadas de la sierra de Los Filabres, lanzándose bolas y haciendo muñecos de nieve. Algo que este año no habían podido vivir. Coloretes en las mejillas y risotadas como para espantar fauna autóctona en varios kilómetros a la redonda. De vez en cuando, alguno se acercaba a la furgoneta en busca de un poco de calor. Cambio de calcetines, ajuste de gorros y bragas, y de vuelta al terreno de juego. El hijo de unos amigos iba sin botas de agua, porque las que tenía se le habían quedado pequeñas sin haber podido ni siquiera estrenarlas.

-¿Tenéis frío? ¿Queréis que nos vayamos ya?

-Nooooooo

Si los coletazos del supuesto invierno han estado llenos de calor, el esplendor de la primavera se cubre de frío. ¿Consecuencia del cambio climático? Estoy segura de ello, aunque ni soy experta ni tengo base científica ninguna para decirlo. Solo sé que ahora, disfrutando, por fin, de este invierno inesperado, y como en tiempo de descuento, me doy cuenta de que lo mucho que lo he echado de menos. Las tardes de chimenea mientras fuera sopla el viento frío, la lluvia, el olor a tierra mojada, mi hijo saltando en los charcos, 'Mira, mamá', 'Mira, mamá'.

Valoramos las cosas cuando las perdemos, y yo, que siempre me he considerado más de verano, de sol y playa, que soporto mejor el calor, me sorprendo deseando que después de los meses tórridos que, mucho me temo, nos esperan, el aire vuelva a templarse, y a continuación se enfríe, que las hojas caigan, amarillas, de los árboles, y que llueva, que llueva mucho, y manso, y el campo se ponga verde, y se harte de agua. Al ritmo de calentamiento global en el que nos hemos metido, corremos el riesgo de saltarnos una estación. Si el temor en Poniente es que se acerca el invierno, en la Tierra nos acercamos cada vez más peligrosamente a un verano seco y asfixiante que, si no le ponemos remedio, pero de verdad, lo va a agostar todo.