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Contra la Iglesia y contra Dios

Es difícil justificar la legalidad de la reforma aprobada por Aznar de la ley hipotecaria franquista, y que estuvo vigente hasta el 2015, por la cual la Iglesia Católica pudo apropiarse de todos los inmuebles que cualquier obispo reclamase como propios

MARCIAL VÁZQUEZALMERÍA

Después de Franco y la república, el laicismo es la tercera mayor obsesión de esa izquierda populista que ha renacido en este siglo XXI con una fuerza absolutamente arrolladora. Una fuerza que, dicho sea de paso, nos arrastra, por un lado, hacia adelante -directos a un precipicio- y, por otro lado, hacia unos traumas sectarios de su pasado que no supieron gestionar ni combatir. No hace muchos días el gobierno trató de promocionar otra medida legislativa propagandística pero que ha pasado algo desapercibida debido a la avalancha de desastres y destrozos que le hace cada día el gobierno pedrista a la política y a la nación. Me refiero a una idea que, curiosamente, sí tiene un fondo de justicia y de necesidad pero que no cuenta con una forma legal demasiado fiable que nos evite de nuevo un gatillazo de intenciones o un fraude de ley: la publicación del listado de inmatriculaciones de la Iglesia y el propósito de anular unas 3000 inscripciones consideradas como «fraudulentas» por ser de dominio público como, por ejemplo, la Mezquita de Córdoba.

Es difícil justificar la legalidad de la reforma aprobada por Aznar de la ley hipotecaria franquista, y que estuvo vigente hasta el 2015, por la cual la Iglesia Católica pudo apropiarse de todos los inmuebles que cualquier obispo reclamase como propios. Una auténtica aberración jurídica y un ataque a la propiedad privada que ha pasado más o menos oculto hasta ahora. ¿Qué es lo que realmente sucede detrás de esta justa intención del gobierno populista de Pedro Sánchez? Que, como de costumbre, ignoran cómo hacerlo, y, por supuesto, utilizan esta pantalla para avanzar un paso más en su obsesión de borrar cualquier rastro religioso de la sociedad y cualquier creencia divina en los individuos. La actual izquierda actúa de la misma manera que los totalitarismos del siglo pasado, los cuales pretendían que la única religión que profesara el pueblo fuese la ideología nazi, fascista o comunista. No hay más que ver las reacciones en las redes sociales de todos los activistas más jóvenes al enterarse de este propósito «desamortizador» del ejecutivo socialista. No solamente piden que se le quite a la Iglesia todas las propiedades, sino que se impida cualquier contacto de la religión cristiana con las escuelas, aunque callen de manera vil y cobarde ante los nuevos planes de implementación de la religión islámica para los alumnos que deseen cursarla. No sé la razón pero cuanto más odian al Dios cristiano más simpatía y sumisión muestran ante el Dios islámico.

Pero si bien la religión cristiana ha permitido el desarrollo y consolidación de la democracia frente al Islam que es incompatible con todo sistema y valor democrático, no podemos obviar que la Iglesia como núcleo de poder siempre ha intentado por todos los medios- incluso mediante fraude manifiesto como la farsa de la donación de Constantino- quedarse con lo que era suyo y del César, obviando el mandato del Señor de a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Sin embargo, pretender construir una sociedad huérfana de Dios es un juego tan peligroso como inútil, porque toda la humanidad ha tendido siempre a creer en un Dios o en varios. La fe religiosa es algo intrínseco del ser humano como tal que constituye parte de su naturaleza más esencial al igual que su carácter socializador y su necesidad de socialización. Por esto mismo resulta un problema de convivencia cuando algunos políticos o ciertas ideologías rebautizadas como democráticas en este nuevo siglo pretenden, realmente, ir contra Dios con la excusa de ir contra la Iglesia.

Últimamente he dedicado tiempo a reflexionar sobre el porqué de la necesidad que tiene el hombre de creer en algo divino, en un ser omnipotente. Al igual que la conexión existente entre las creencias religiosas mayoritarias en una sociedad y su naturaleza política. Es posible que no encontremos una conexión única y clara, pero es innegable que el espíritu religioso de cada civilización determina su concepto de la política y de la libertad de cada persona.

Claro que la amenaza de nuestro presente ya lo adelantó Huntington en su choque de civilizaciones, con un matiz importante: su enfoque iba destinado en su parte principal al marco de las relaciones internacionales y apenas contemplaba la posibilidad de que en los estados democráticos se diesen conflictos internos de fractura. Sin embargo podemos observar que en una gran parte de los países europeos aparece ese crecimiento de la «extrema derecha» absolutamente ligada al problema de la inmigración que la izquierda buenista no quiere ver pero que es innegablemente real.

Son los valores comunes de los que creen en Dios y aquellos que no creen los que conforman una sociedad cohesionada y pluralista; el problema llega de aquellos que pretenden ir contra los que creen en Dios y los que creen en un Dios incompatible con los valores democráticos. La misericordia individual es la base del respeto común, de ahí que históricamente el hombre siempre haya estado más dispuesto a perdonar a Dios que Él a los hombres. Ahora, sin embargo, vivimos en un mundo obsesionado con castigar a los demás en esa caza de brujas perpetua que domina toda esfera pública y toda la razón política.

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