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Currículos

«Ya quisiera yo saber cuántos licenciados universitarios están a la espera de que los escojan para ser cajeros o empleados de limpieza»

JUAN TERUELALMERÍA

Lo primero que se podría decir es que esta palabra, de aspecto castellano claro, debería emplearse en vez de la tan manida 'curriculum', que está muy bien en las lenguas que no proceden del latín. Nosotros -y a mucha honra, que dirían algunos- somos latinos; es decir, nuestra lengua tiene sus orígenes y razón de ser en ese idioma. Cada vez más muerto, gracias a los planes educativos que lo eluden. Ocurre, además, que el empeñarse en utilizar el término latino nos obliga a hacer -en estricto cumplimiento de la norma- un plural verdaderamente horroroso: 'curricula'.

Todo este rollo me sirve para introducir un asunto del que nos hablaba Sergio G. Hueso en este diario: muchos aspirantes a trabajadores y pocos puestos disponibles. Pues resulta que el nuevo proyecto de centro comercial para la zona de Torrecárdenas va a dar lugar a que se instalen allí tres empresas extranjeras muy conocidas en nuestro país. Y eso ha movido a muchos jóvenes a enviar currículos a toda mecha. Ávidos como están de encontrar algo con lo que quitarse de encima el sambenito de 'parado' que sobrellevan vaya usted a saber desde hace cuánto. Es tal la desproporción entre los aspirantes y los escasos puestos de trabajo, que da mucho que pensar, algo a lo que también nos estamos desacostumbrando. Se habla de más de doce mil quinientos aspirantes para trescientos cincuenta empleos. Y pienso en largos historiales llenos de alusiones a especializaciones, idiomas y destrezas. Todos, un alarde de eficiente manejo de procesadores de texto, programas informáticos, tal vez gráficas en colores, etc. Quizás, también, disponibilidad de vehículo propio, por si hiciera falta. Y, ya puestos, me atrevo a imaginar esas fotos adheridas o insertas en los documentos. Caras sonrientes, por supuesto.

Como es natural, estos puestos de trabajo que se anuncian tienen características diferenciadas, de modo que se requieren perfiles distintos para cada cometido a desempeñar. Es lo lógico. Así que los currículos amontonados encima de las mesas de selección deberían repartirse en diferentes secciones. No es lo mismo lo que se requiere para ser carretillero -por ejemplo- que para ser jefe de sección. Y aquí es precisamente donde empieza el lío.

Porque ya quisiera yo saber cuántos licenciados universitarios están a la espera de que los escojan para ser cajeros o empleados de limpieza. Usted lo sabe igual que yo, si no mejor. Son sacrificados estudiantes que han seguido al pie de la letra los itinerarios de estudios que se les han propuesto para ser veterinarios o contables. Han podido hacer incluso un máster específico. Y ahora esperan pacientes una llamada. Y se darían con una piedra -no un canto, que no se estila por aquí ese término- en los dientes si fueran llamados para un empleo que requiriera solamente una cultura de Primaria.

Por no hablar de jornadas parciales, de contratos de corta duración y de pagas que tal vez -en el mejor de los casos- sobrepasen los mil euros mensuales.

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