PODEMOS, CIUDADANOS Y LA CORRUPCIÓN

Al final, Mariano Rajoy no ha tenido más remedio que reconocer públicamente el daño y el enorme desgaste electoral que la corrupción ha causado a su partido en estos años

PEPE FERNÁNDEZ

Al final, Mariano Rajoy no ha tenido más remedio que reconocer públicamente el daño y el enorme desgaste electoral que la corrupción ha causado a su partido en estos años. Más exactamente, añado, la nula o escasa combatividad desplegada por el PP contra esa lacra interna en la que, demasiadas veces, la sociedad les ha visto como cómplices intentando tapar las evidencias que manchaban a sus más altos dirigentes. Al PSOE, quizás por estar en la oposición, se les ha notado menos, pero allí donde han mantenido el poder -léase Andalucía- el socialismo también ha mostrado una gran tibieza en su combate interno contra quienes, dentro de sus filas, han sido autores o cómplices de casos graves de corrupción y/o latrocinio.

Ha resultado muy curioso comprobar cómo el bipartidismo ha coincidido en sus manuales orgánicos en dos argumentos básicos a la hora de responder al robo sistémico del dinero de los contribuyentes. Por un lado, siempre han destacado que la peor corrupción era la del adversario. Y por otro, han sido capaces de reinventarse la gravedad del Código Penal intentando minimizar la maldad entre delitos políticos y administrativos. O sea, clasificando a delincuentes buenos y malos, aunque delincuentes al fin y al cabo.

Una situación que, din duda, ha conducido a unos y otros a ser especialmente explosivos en sus discursos anticorrupción, mientras que su comportamiento real ha distado mucho de lo que predicaban en mítines, declaraciones o platós de TV.

Pero si algo sorprende al ciudadano, tras varias elecciones en las que emergen partidos como Podemos o Ciudadanos, es el comportamiento de estas nuevas formaciones que, en teoría, prometían que llegaban para regenerar y adecentar la vida política española.

Un repaso a las hemerotecas del último año nos puede dar una idea exacta sobre cómo los llamados partidos emergentes están afrontando este fenómeno, el de la corrupción, capaz de liquidar a este paso el sistema democrático y el Estado de Derecho.

Podemos, la izquierda más radical del arco parlamentario, no se ha prodigado en presentar denuncias -ya sea ante la Fiscalía o ante los medios de comunicación- sobre la infinidad de casos que aún permanecen en el anonimato público. Centenares de asuntos que, nadie sabe muy bien por qué, no han tenido ni tienen cabida en la agenda de prioridades de quienes se presentan como regeneradores del sistema. Quitando breves referencias a asuntos en vías de investigación judicial desde hace años como los ERE, la Formación y paren ustedes de contar, resulta muy difícil o imposible hallar una iniciativa de Podemos encaminada a destapar las cloacas del poder en demasiados rincones de la geografía andaluza. Están dando la sensación los podemistas, incluso en el Parlamento de Andalucía, de que han llegado para instalarse como meros ejecutores de la vieja política que tanto han criticado o, lo que es lo mismo, como una nueva casta a la que, por cierto, la veterana les cuela goles a diario. Esta filosofía aplicada a Almería resulta especialmente clamorosa, por no denominarla escandalosa, a la vista de la infinidad de asuntos de corrupción que se encuentran encima y debajo de la mesa y, Podemos, sin enterarse y mirando de reojo a los de Ahora en común.

Ciudadanos

Es lo mismo que sucede con Ciudadanos, el partido que finalmente se ha convertido en muleta de Susana Díaz y del PSOE en Andalucía en la Junta. No sólo apoyaron puntualmente su investidura sino que, con el paso de las semanas, se está comprobando que se han convertido en unos perfectos aliados que difícilmente pondrán a la minoría socialista mayoritaria en apuros marcándole los tiempos en esta materia. Y no será porque no están apareciendo temas que merezcan una urgente explicación, como la gestión llevada a cabo por el departamento de Minas de la Junta de Andalucía, por citar sólo el más reciente y llamativo.

La escasa contundencia empleada por Juan Marín y su grupo en el Parlamento de Andalucía se torna especialmente escandalosa en las provincias. El comportamiento político de muchos dirigentes provinciales de Cs está dando al traste con aquella imagen de esperanza regeneradora que Albert Rivera llegó a proyectar ilusionadamente al arranque de primavera.

Al comportamiento institucional de algunos, como el de Huelva, colocando a un cuñado en la Diputación como asesor, o lo de Almería, donde cuatro listos se han hecho con la marca y los puestos claves remunerados, hay que sumar lo que sucede en las interioridades del partido. La ausencia de democracia interna con primarias breves, oscuras y muy raras, el escaso respeto a la paridad, el personalismo de sus dirigentes, amén de supuestos intereses económicos de los que todos hablan pero que nadie demuestra, han convertido al partido de Rivera en Almería en el peor de los esperpentos políticos.

El jueves, en solo media hora, se produjeron ocho o diez bajas en Roquetas de militantes jóvenes que se habían batido el cobre por el proyecto y que, finalmente, se han dado cuenta de que han sido «utilizados como marionetas» en beneficio de quienes se han quedado hasta con las inevitables carpetas blancas de las siglas color naranja.

Cs en Almería no sólo no ha denunciado ningún caso de corrupción ni del PSOE ni del PP en estos meses, sino que ha prestado su apoyo a Amat y Comendador sabiendo que sobre su gestión pública pesan sumarios de calado como el Mesón Gitano, denunciado por UPyD -a ver qué hace ahora Cazorla como presidente de la Comisión de Urbanismo-, o la Trama Amat.

Pero la responsabilidad política de los de Cs en Almería no la tienen los aprovechados Cazorla, Baca, Clemente, amigos y parientes, la tiene el propio Rivera que, conociendo lo que le entraba por la ventanilla de afiliación, permitió que el imputado Cazorla liderase, a su imagen y semejanza, Cs en Almería. Claro que Rivera ya se justificó diciendo que Cazorla no estaba imputado por delitos políticos sino privados o administrativos. Esa parece que es la filosofía de los que llegan para renovar la vieja política: más de lo mismo con tal de conseguir el poder y tres mil euracos al mes.

Desolador.

 

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