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ALMERÍA - JAÉN - GRANADA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Cultura

Hans Meinke, empresario cultural

El editor, que dio un gran impulso a Círculo de Lectores, cree que la atención que se presta a ciertos fenómenos seudoculturales es fruto del papanatismo

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«No podemos quedarnos recluidos en el campo de la vulgaridad»
Hans Meinke, con un libro de Julio Caro Baroja, con quien tuvo una entrañable amistad, en la sede del Círculo del Arte. / V. GIMÉNEZ
Hans Meinke (Palma de Mallorca, 1937) ha sido durante cuatro décadas una figura imprescindible en la cultura española o, por ser más exactos, en la industria cultural. Impulsor de Círculo de Lectores, creador de Círculo del Arte y Galaxia Gutenberg, patrono de fundaciones artísticas y de museos, Meinke se siente sobre todo editor, faceta en la que ha conseguido un respeto tan unánime que cuando se jubiló en Círculo de Lectores asistieron al acto de homenaje varios centenares de personalidades de todos los ámbitos. Desde su extraordinario conocimiento de lo que se hace en España y en el ámbito germánico (con el que mantiene estrechas relaciones por motivos profesionales y personales, dado su origen alemán), el hoy director del Círculo del Arte hace en esta entrevista un balance del momento cultural y se muestra muy crítico con algunas de sus manifestaciones.
-Desde su experiencia, ¿la mejor política cultural es la que no existe?
-Creo que ni eso ni lo contrario. En Alemania no hay Ministerio de Cultura; aquí sí, y no está exento de polémica por la ordenación política del país y la indisimulada rivalidad entre el Gobierno central y algunos gobiernos autonómicos. No podemos prescindir de la política cultural, el problema es el grado.
-¿Y cuál debe ser?
-Debe crear el campo de juego, las condiciones de su desarrollo. No soy partidario de subvenciones sin cuento, sobre todo si su concesión no se rige por criterios estrictamente culturales. El problema es que la política cultural no siempre sigue esos criterios. Por ejemplo, nadie ha explicado con claridad las razones del cese de César Antonio Molina, que al parecer ha sido víctima de su colisión con Exteriores por el Instituto Cervantes. Eso de cesar a gente valiosa es una falta de respeto al trabajo realizado. Deberíamos sosegarnos y no trasladar el conflicto político a campos que tendrían que estar más distantes.
-¿Qué juicio le merece la nueva ministra?
-He coincidido con ella en el jurado del Príncipe de Asturias... Volví a verla el día de la entrega del Cervantes y su intervención me gustó mucho. Demostró ser una buena lectora de Marsé y en sus palabras se reflejó amor al libro. Pero su nombramiento me sorprendió.
-¿Por qué?
-Por su procedencia de un campo tan concreto como el cine. Pero bueno, también me sorprendió el de César Antonio Molina, a quien conozco mucho más y desde mucho antes. Y Molina desarrolló una gran actividad, sobre todo en cuanto a la presencia exterior de la cultura española. Aunque también hubo cosas que no entendí bien, como su desencuentro con Rosa Regàs.
Un patrimonio enorme
-España, lo dice el presidente del Gobierno, se enorgullece de sus deportistas. ¿Debe enorgullecerse también de sus creadores?
-España tiene muchos motivos para ello. Su aportación a la cultura mundial es importantísima, sobre todo en dos líneas: la pintura y la literatura, en especial la poesía. Quizá en el campo literario haya que hablar más bien de la creación en español, pero nos referimos a un patrimonio enorme y continuamente renovado.
-¿Se puede dejar que sean sólo las empresas privadas el motor cultural de un país?
-No, porque hay espacios que no se cubrirían adecuadamente. Mientras el sector privado persiga el éxito, la moda, habrá que dar presencia a la parte más permanente de la cultura, y eso deberá hacerlo el sector público.
-Pero esa actuación a veces deriva en clientelismo...
-Sí, es un fenómeno que creo que antes no se daba en tan gran medida. Se produce una acomodación en determinados ámbitos y aparecen artistas que buscan sólo su supervivencia económica. Eso es criticable, pero yo veo más la actuación del Estado en la creación de condiciones para que el creador pueda llevar a cabo su obra que en la concesión masiva de subvenciones. El clientelismo es una manifestación del nacionalismo local que requeriría de autocrítica por parte de esos poderes.
-En el otro extremo está la pura comercialidad. 'Fuga de cerebros' encabeza la lista de filmes más vistos y en la de libros tampoco abundan las exquisiteces. ¿Cómo cuadrar todo eso?
-El fenómeno de la comercialidad viene de muy lejos. En el campo literario, el 'best seller' estalla en los sesenta-setenta, pero no con la dimensión de hoy. Por lo general, dominan los libros que no dejan huella, sin relevancia cultural. Para combatir esos excesos está la política educativa, que debe enseñar a distinguir el grano de la paja. Porque de forma paralela a todo ese fenómeno de libros o productos culturales sin trascendencia se está dando un renacimiento de las grandes manifestaciones. El teatro se está recuperando, en las librerías vuelven a estar presentes los clásicos y el ensayo muestra mucha vitalidad. Ahora tenemos que dirigir a la gente hacia eso.
-¿Cómo?
-Eso se dilucida en la familia, la escuela y los medios de comunicación. Tenemos que dedicarnos más a formar el gusto por leer lo bueno (o escuchar o ver) y desdeñar lo malo. Pero si en la TV o la prensa nos guiamos sólo por lo que da mayor audiencia, cerraremos la evolución hacia lo necesario. Debemos dotar a los jóvenes de la información suficiente, de los cánones de calidad, y ahí los medios pueden hacer muchísimo.
-Eso no es fácil.
-No, pero se puede hacer. Recordemos los programas en TV de Pivot y Reich-Ranicki, que han hecho favores inmensos a la literatura. Han conseguido atención para autores de gran calidad no mayoritarios. Pero hacerlo requiere perseverancia y no quitar esos programas a las pocas semanas si tienen una audiencia baja. Se trata de procurar que la gente halle los libros de su vida.
El nivel cultural
-¿Qué debemos entender por los 'libros de nuestra vida'?
-Son los que ayudan a comprender lo que somos. Desde luego, entre ellos no estarán los que sólo buscan el éxito económico. Como editor, siempre me propuse no publicar nada de lo que pudiera avergonzarme. Hay que defender la dignidad de la letra impresa. El previsible éxito multitudinario de un libro no es razón suficiente para su publicación.
-¿La democratización de la cultura obliga a rebajar el nivel de calidad?
-Es inevitable. El nivel medio baja porque cuanto mayor es la participación más acceso damos a gente que no ha tenido un proceso de maduración. Eso explica el éxito de algunas propuestas. Pero hay que crear esa posibilidad de ascenso: facilitar que los recién llegados no se queden en ese nivel bajo. No soy contrario al entretenimiento, pero es sólo eso, entretenimiento. No podemos quedarnos recluidos en el campo de la vulgaridad.
-El de la vulgaridad y el de la provocación. ¿No da la impresión de que la provocación es un valor comercial más, de tanto como se ha abusado?
-Se ha abusado de la provocación, del escándalo, del vociferío... La provocación es legítima cuando nos conciencia sobre algo que debemos cambiar porque no es bueno. Pero hay una provocación que es gratuita porque sólo quiere llamar la atención, sin otro valor. Cuando las cosas llegan a extremos como esa subasta de obras de Damien Hirst, alimentada por su propio círculo, se convierten en algo delictivo.
-¿Por qué sucede eso?
-Porque hemos perdido la vergüenza. Todos: las instituciones que lo favorecen, los medios que le dan pábulo, el público que se deja arrastrar. Hemos perdido los criterios de valoración, por eso suceden esas cosas. Contra lo que algunos dicen, no hay que buscar nuevos valores. Bastaría con recuperar los que teníamos.
-¿Por qué antes no pasaba eso, o no pasaba tanto?
-Porque la gente estaba más agobiada por los problemas de la existencia cotidiana como para dar pábulo a ese papanatismo. Ahora estamos faltos de modelos válidos. Tenemos un exceso de modelos repudiables y un defecto de modelos verdaderos. La voracidad ha invadido nuestra sociedad: lo vemos también en la cultura. No hemos atendido a quien hace día a día su trabajo sin estridencias y eso es ejemplar. ¿Por qué no hablamos más de eso?
-Para los gestores culturales, ¿es más fácil trabajar en este tiempo de globalización o lo era antes, cuando había menos propuestas pero estaban más contrastadas?
-Depende del tipo de gestor. Quien busca contenidos interesantes, aunque no garanticen resultados millonarios, no lo tiene difícil. Sí lo es buscar cosas que se conviertan en dinero inmediatamente. Eso da lugar a pujas absurdas y declaraciones escandalosas. En el ámbito editorial, el que mejor conozco, hay pequeños sellos que nunca competirán con los grandes en ventas pero que descubren cosas muy interesantes. Porque talentos sigue habiendo muchos en el mundo. Quizá la crisis cambie algunas cosas.
-¿En qué sentido?
-En el de volver a viejos valores, como decía antes. La cultura y la educación tienen mucho que ver con eso. Desde luego, no saldremos de esta crisis fomentando la compra de coches. Deberíamos acabar con el exceso también en la cultura: de espectáculos, de edición, de todo. Y aprender a valorar lo necesario. El bien más escaso del mundo no es el dinero, es el tiempo.
-¿Qué opinión le merecen los agentes literarios?
-Es injusto que sean los malos de la película. Su figura surgió tras la Segunda Guerra Mundial, en unos años en los que los editores no siempre eran leales con los autores. Entre nosotros, su figura adquirió un gran auge con mi admirada Carmen Balcells, con quien a veces he tenido grandes disputas, pero nunca he dejado de reconocer los servicios que ha prestado. La figura del agente es legítima y necesaria, es un mediador que debe ser fiable. Ahora bien, algunos se han pasado de rosca.
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