El cuaderno de viajes de Joaquín López Cruces

MIGUEL ÁNGEL BLANCO

LOS secretos de la espontaneidad del dibujante almeriense Joaquín López Cruces (1957) han sido desvelados por el propio autor en su libro 'Por el camino yo me entretengo'. Su presentación en las Jornadas del Cómic ha sido uno de los momentos destacados, una oportunidad para el reencuentro con el autor, entre otras obras, de 'Sol Poniente' (1990, con guión de María Isabel Santisteban), una obra por la que fue declarado 'dibujante revelación' en la feria del Cómic de Barcelona. 'Por el camino yo me entretengo' es el reflejo de los cuadernos de apuntes del dibujante, su particular guía de campo. Como el naturalista que observa el paisaje y sus entrañas, el dibujante va incrustando los resultados de sus miradas en sus periplos viajeros por el mundo. Y lo que observa y transcribe es su proximidad: es decir, sus amigos y amigas, compañeros y compañeras de viajes, lugares y formas de ver el paisaje, su horizonte y monumentos desde el prisma de lo más cotidiano. Es como si el autor hubiera roto la virtual virginidad secreta de su mirada para mostrar al lector-espectador, también viajero, sus observaciones, intuiciones, en dibujos tal cual, a veces con propuestas de collages. El resultado es muy próximo y lo importante es la configuración de un paisaje desde el concepto viajero más personal. Los dibujos son de distintas dimensiones, en distintas posiciones, horizontal, vertical, en círculo, obligando al espectador a seguir un itinerario de encuentros. La imaginación es invitada también para que el lector pueda reconstruir su personal periplo, asumiendo un singular diálogo con Quino López Cruces. Se puede interpretar así que la realidad mostrada se apoya en la ingenuidad de los personajes para sobrevivir, casi siempre con un componente nostálgico. Y en todo ese pequeño mundo hay un humor entrañable. Hay recorridos por ciudades, citas, comidas, lugares, encuentros , multitud de detalles sobre los que el autor llama la atención. La guía se inicia con apuntes viajeros en 1988 y concluye en 2008. Multitud de escapadas del dibujante. Increíble en el tiempo conquistado: cornisa cantábrica, Alpujarra, Madrid, Edimburgo, Granada, Almería, Rodalquilar, París, País Vasco, Alcalá de Henares, Gran Canarias, Navarra, Alemania, Polonia, Túnez, Uganda, Turquía, Marruecos, Egipto, Chipre, Cerdeña, Londres. Así no enteramos de la colocación de los personajes en las Fiestas de Pitres, por ejemplo; en el Madrid más esquemático, en el regreso a los detalles minimalistas de la realidad callejera. El intimismo está presente en muchos momentos. López Cruces no paró de anotar imágenes en los medios de transporte utilizados, en el interior de los autocares, en los viajeros. En los viajes lo importante es el sentimiento de la pandilla, porque estamos hablando de una pandilla que viaja. «Llegamos a Rodalquilar después de una parada en casa de José Carlos (¿quién será el dichoso José Carlos?) para dejarle el armarito para el baño ». Como si nunca pasara nada, el autor observa el horizonte, 'El pozo de Mari Loli, desde nuestro jardín'. En algunos momentos, el dibujante actúa como un 'voyeur' y así vemos que Izaskun está leyendo 'Women in love' o que la pandilla se lo pasó muy bien en el carnaval de Alcalá de Henares. Pasan los años, los apuntes y las hojas del eterno acompañante cuaderno de viajes de López Cruces, donde se comprueba la evolución del dibujo, de las anotaciones y siempre desde la visión cotidiana. Aparentemente informal, con el rigor de lo espontáneo. El orden del espacio en la página, la colocación de los personajes y las situaciones deja vía libre a la interpretación de los hechos que fueron o pudieron haber sido. Y en cierto modo como si no hubiera punto final, como si no hubiera nunca un lugar de llegada final. Los viajes de López Cruces son infinitos. Interminables.

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