Las 6 familias que controlan África a su antojo

Las 6 familias que controlan África a su antojo

Media docena de clanes familiares gobiernan en África como si sus países fueran un gran negocio. Dedican sus esfuerzos a enriquecerse y perpetuarse en el poder. Les va muy bien

JAVIER GUILLENEA

Robert Mugabe ha dejado de ser el presidente más anciano del mundo, aunque si por él hubiera sido habría seguido aferrado al cargo. A sus 93 años, ha pasado al retiro forzoso después de 37 al frente de Zimbabue, un país que ha sufrido los actos de un hombre que entró en la historia como libertador y sale de ella como un sátrapa. Mugabe ha sido depuesto por su Ejército sin haber podido conseguir lo que intenta hacer en África todo tirano que se precie: perpetuarse en el poder a través de su familia.

No ha podido colocar a su esposa Grace como sucesora, pese a los afanes de ambos por lograrlo. El suyo es un caso atípico en un continente en el que las dinastías, desde las monarquías árabes hasta las intrincadas redes tejidas por oscuros militares golpistas o rebeldes mesiánicos, se suceden sin que nadie pueda o quiera evitarlo. Es posible que a estas alturas, con su jubilación recién estrenada, Mugabe se pregunte qué es lo que ha hecho mal en casi 40 años para que ninguno de los suyos le releve.

Mbuyi Kabunda, presidente de la Asociación Española de Africanistas, califica de «monarquías republicanas» a unos regímenes en los que los patriarcas han modificado las leyes para «quedar eternamente en el poder». Cuando alguien da este paso es muy difícil detenerse, ya no hay marcha atrás. Es aquí donde, según Mbuyi Kabunda, se oculta uno de los motivos por los que los gobernantes africanos son tan dados a apoyarse en los suyos. «Ni siquiera confían en sus colaboradores, solo se fían de sus familiares. Saben que cuando abandonen el poder pueden ser perseguidos por los crímenes que han cometido, por eso se aseguran de que su sucesor sea un pariente que no les va a juzgar».

Omar Bongo murió el 8 de junio de 2009 en Barcelona rodeado de su familia. La preocupación de estos parientes por la salud del enfermo debía de ser extrema, a juzgar por las grandes y carísimas cantidades de caviar y cava que consumieron en el hotel donde se alojaban a la espera de un desenlace. Nada mejor que darse unos pequeños caprichos para superar un mal trago.

El presidente de Gabón, de 73 años, había acudido a España a someterse a un tratamiento intensivo contra el cáncer intestinal. En realidad su intención no era esa; hubiera preferido ir a Francia, pero en esos momentos varios tribunales galos tenían abiertos procesos de investigación sobre el origen de su fortuna y no se descartaba la posibilidad de que fuera detenido. Y todo por unas cuantas inversiones. Se calculaba por aquel entonces que Omar Bongo poseía 33 propiedades de lujo en Francia y una flota de limusinas. Una de las mansiones, situada junto al Palacio del Elíseo, le había costado 17 millones de euros.

La carrera de Omar Bongo fue fulgurante. Después de terminar sus estudios secundarios trabajó unos meses en una oficina de correos y luego se incorporó a las Fuerzas Armadas, donde alcanzó el grado de teniente. Seis años después, en 1967, ya era presidente y mantuvo su cargo sin tener que sortear ningún golpe de Estado. El problema es que Omar Bongo tenía una gran familia que alimentar. Se le calculan unos treinta hijos, y eso cuesta mucho dinero. Por ejemplo, una de sus hijas, Pascaline, utilizó un cheque del Tesoro gabonés de 35.000 euros para pagar la entrada de un Mercedes.

El testigo del difunto Omar lo recogió su hijo Ali Bongo Ondimba, que en septiembre de 2009 ganó las elecciones presidenciales con un 41,73% de los votos. De momento no le va mal, pese al incordio de los procesos judiciales abiertos contra su familia en Francia. Acuciado por las investigaciones, Ali anunció en 2015 que invertiría toda su herencia en proyectos de desarrollo. Le queda más. Un país entero y tres hijos.

Alguien a quien todos llaman Teodorín no puede ser mala persona. Por lo menos, nadie le ha dicho lo contrario a la cara. Teodoro Obiang, digno hijo de su padre, Teodoro Obiang Nguema, hace gala de una desmesurada afición al lujo. Posee en París palacetes con grifos bañados en oro, tiene yates, aviones privados y unos cuantos Rolls-Royce, además de un gusto enfermizo por la ropa de diseño.

Su vida no ha sido fácil. En 2014 se vio obligado a entregar a las autoridades de Estados Unidos una mansión en Malibú, un Ferrari y una colección de objetos de Michael Jackson. Por si fuera poco, la Justicia francesa le ha condenado por corrupción a tres años de cárcel -que no tendrá que cumplir-, a una multa de 30 millones de euros -que deberá pagar si reincide- y a la confiscación de todos los bienes comprados en Francia con unos cien millones de euros de dinero blanqueado. Nadie dijo que la existencia del hijo de un dictador fuera sencilla.

Si su padre quiere y los demás aceptan, Teodorín, actual vicepresidente de Guinea Ecuatorial, será a la muerte de su progenitor el próximo presidente del país, una antigua colonia española con abundantes reservas de petróleo y gas que han convertido a su líder en uno de los políticos más ricos del mundo y a su pueblo, en uno de los más pobres. Teodoro Obiang padre tomó el poder en 1979 tras derrocar a su tío, Francisco Macías, que fue ejecutado. Desde entonces, ha dirigido su país con mano férrea. Teodoro lo ha dejado todo bien atado para que le suceda Teodorín, que parece buena gente. Cuando en Francia le preguntaron por su yate de 76 metros de eslora, él contestó que no le pertenecía a él, sino a su país. Fue todo un gesto de generosidad.

En términos económicos, a Uganda no le va mal. Desde los años 90 ha crecido a un ritmo del 7% anual y el número de pobres ha disminuido en un 30%. El VIH se ha reducido del 18 al 7% en los últimos 25 años, un logro que ha sido reconocido internacionalmente. El país cuenta con uno de los parques eólicos más grandes de África y abundantes reservas de petróleo. Además, es uno de los principales aliados de Estados Unidos en la región. Lo tiene casi todo.

El exguerrillero Yoweri Museveni, de 73 años, llegó al poder en 1986, después del derrocamiento de Milton Obote. Se ha presentado a cinco campañas electorales, la última en 2016, y en todas ha ganado por mayoría absoluta. Pese a que la Constitución establece un tope de 75 años de edad para presidir el país, Museveni ha comenzado a maniobrar para que el Parlamento elimine esa barrera, lo que le permitiría presentarse a lo comicios en 2021. Por si no lo consigue, siempre le quedan su esposa Janet, actual ministra de Educación y Deporte, y, sobre todo, su hijo mayor, Muhoozi Kainerugaba, nombrado recientemente asesor especial del presidente.

A la familia no se le conocen escándalos ni extravagancias de nuevos ricos. Las dudas recaen sobre el patriarca, a quien sus opositores le acusan de ser demasiado autoritario y de reprimir con extrema dureza protestas y manifestaciones. En su defensa ante estas críticas, Yoweri Museveni afirma que el crecimiento económico está por encima de los derechos humanos.

Donde flaquea Museveni es en su fundamentalismo cristiano. En 2013 aprobó una ley que condenaba a los homosexuales a cadena perpetua e incluso a la pena de muerte en caso de reincidencia. La ley no salió adelante ante las críticas internacionales y el Gobierno tuvo que suavizarla. Aprobó otra en la que se imponen condenas de hasta 14 años a los homosexuales.

La dinastía más antigua es la familia Eyadéma, que ha gobernado en Togo durante los últimos 50 años, aunque en los últimos tiempos parece dar muestras de fatiga. La suya es una historia shakesperiana. El primero en llegar fue Gnassingbé Eyadéma, que en 1967 se hizo con el poder gracias a dos golpes de Estado. El primero lo organizó en 1963 y fue tan exitoso que incluso le dio tiempo, como él mismo contó, a matar a tiros al entonces presidente, Sylvanus Olympio. Gnassingbé as umió el cargo de jefe del Ejército, pero en 1967 se aupó con un nuevo golpe a la presidencia. Ya no soltó su presa hasta su muerte, en 2005, a los 68 años.

Con el respaldo de las fuerzas armadas, alcanzó el poder su hijo Fauré Gnassingbé, que por entonces trabajaba como ministro de Trabajos Públicos, Minas y Telecomunicaciones. Hubo que reformar la Constitución y salvar algunas acusaciones de golpe de Estado, pero al final la familia prevaleció. Aunque no permaneció unida. Poco después de ser investido, Fauré nombró ministro de Defensa a su hermanastro Kpatcha, pero algo se torció en el camino y las relaciones entre ellos desembocaron en un odio profundo. No faltaron intentos de asesinato, asaltos militares ni conatos de golpes de Estado. Ni siquiera la intervención del coronel Roc Gnassingbé, otro hermanastro, pudo reconciliar a los dos fraternos enemigos. La guerra la ganó Fauré. Kpatcha fue detenido y condenado a veinte años de prisión.

Por algún motivo, en Togo se sospecha que Fauré Gnassingbé, que ha ganado tres elecciones, trata de mantenerse en el poder. Ante la duda, en septiembre cientos de miles de personas salieron a las calles para que se limiten los mandatos presidenciales. El Gobierno niega cualquier intento de perpetuarse, pero con la familia Eyadéma nunca se sabe y Fauré, de 51 años, tiene una larga lista de hijos de madres diferentes.

El líder guerrillero Lauren Kabila derrocó en 1997 al dictador Mobutu Sese Seko y se convirtió en presidente de la República Democrática del Congo. Aparte de mantenerse de milagro en el poder durante la guerra que asoló el país, no le dio mucho tiempo a más. En 2001 fue asesinado por un miembro de su escolta, un antiguo 'niño soldado' en quien confiaba plenamente el presidente. El agresor no duró mucho con vida. Murió a los pocos minutos a manos del coronel Eddy Kapend, también un hombre de confianza, quien poco después fue condenado varias veces a muerte como cerebro del magnicidio. Sea como fuere, quien sucedió al fallecido dirigente fue su hijo Joseph.

A éste sí le ha dado tiempo a hacer mucho, y en un tiempo récord además. Joseph ha logrado en un puñado de años lo que a otras dinastías les ha costado décadas de esfuerzos constantes. No hay duda de que, al margen de sus capacidades políticas, como gestor económico no tiene precio. Él y su familia son propietarios, de forma parcial o total, de más de 80 empresas en el país y en el extranjero.

Joseph Kabila, de 46 años, vive en Kinshasa, en un palacio donde atesora una colección de relojes caros, motos, millones de dólares y un chimpancé. La red de negocios tejida por la familia incluye bancos, minas, líneas aéreas, granjas, una constructora de carreteras y una distribuidora farmacéutica. Sus empresas están involucradas en casi todos los sectores de la economía congoleña y han ganado cientos de millones de dólares desde 2003.

El presidente terminó su segundo mandato en 2016 y no puede presentarse a la reelección porque lo impide la Constitución congoleña. Sin embargo, sigue en el poder. La comisión electoral ha aplazado indefinidamente la celebración de nuevas elecciones. Su argumento es de peso: no hay dinero para organizarlas.

A Jacob Zuma, el actual presidente de Sudáfrica, la familia le ha dado unos cuantos quebraderos de cabeza. Sin ir más lejos, una de sus tres esposas le fue infiel con su guardaespaldas. Sin duda, un disgusto para un histórico luchador contra el apartheid que, a sus 75 años, defiende la poligamia, tiene veinte hijos reconocidos y trata de fundar una dinastía con la que perpetuar su legado. Serían así dos las que manejan los hilos de Sudáfrica. La otra es la de los Gupta, una familia de empresarios de origen indio que tienen inversiones en medios de comunicación, minería, ingenierías o telecomunicaciones. Las relaciones entre ambos clanes son excelentes. Tanto, que al hijo predilecto de Jacob, Duduzane Zuma, se le acusa de beneficiarse de la posición de su padre para obtener de los Gupta contratos para sí mismo y sus socios.

Las acusaciones de corrupción han amargado la vida de Jacob, que va a ser juzgado por los cargos de blanqueo de capitales, soborno y asociación de malhechores, entre otros delitos. Además, está recibiendo presiones para que dimita antes de que venza su mandato, en 2019. Por lo que pueda ocurrir, el viejo activista antiapartheid ha comenzado a maniobrar para que su exmujer Mkosazana Dlamini-Zuma sea designada su sucesora al frente del Congreso Nacional Africano, lo que le abriría las puertas para ser elegida presidenta. Sus detractores sostienen que no ha tomado esta decisión por amor, sino porque está convencido de que Mkosazana nunca encarcelará al padre de sus hijos. Ante todo, piensa Jacob Zuma, está la familia.

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