La trágica historia tras la muerte de Leticia Rosino: «Su asesino ha recibido un premio...»

La trágica historia tras la muerte de Leticia Rosino: «Su asesino ha recibido un premio...»

Leticia Rosino dejó un prometedor futuro en Londres para volver a su tierra zamorana. La mató un chico de 16 años, hijo del tópico aún vivo de la España profunda e inadaptada

ANTONIO CORBILLÓN

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo/ Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero/ ligero, siempre ligero». Será muy difícil para los vecinos de Tábara hacer caso a esta poesía de León Felipe, su hijo más ilustre y cuya estatua preside la coqueta plaza de este pueblo de la comarca del Aliste zamorano.

Sus 780 vecinos ni pueden ni quieren olvidar a Leticia Rosino Andrés, que a sus 32 años era probablemente la joven más brillante de su generación. Y estas tierras no están sobradas de savia emprendedora, dispuesta a bajarse de una prometedora carrera en Inglaterra para apostar por su tierra, su familia y su gente.

Hoy se cumplen diez días de su asesinato a golpes en Castrogonzalo, a 43 kilómetros de Tábara, donde trabajaba y vivía con su novio, David Alonso. Aquel jueves 3 de mayo tuvo la mala suerte de cruzarse en un paseo con Diego C., un adolescente de 16 años inadaptado y conflictivo. Y ese día ofuscado por la última bronca (al parecer también hubo palos) de su padre José Ángel Contero, un pastor conocido como 'el Fostrón'.

Santiago Fresno Tío de Leticia «Tenemos que apoyarnos unos en otros para que no triunfe el mal» Francisco García Cura y amigo «Muchas veces se cometen atrocidades por la violencia recibida» Gemma de Dios Amiga íntima «El autor discutió con su padre y lo acabó pagando con Leticia» José Ramos Alcalde de Tábara «Este chico ha recibido un premio. Internado vivirá mejor que en casa»

Dos arquetipos de la Zamora rural frente a frente. Leticia, la joven «decidida, resuelta e incansable» y que «salió del pueblo para volar alto», como recuerda el alcalde de Tábara, José Ramos San Primitivo. Y Diego, un chico que sólo conocía la rudeza de un padre colérico y agreste y cuya escuela fue más el monte y las ovejas que las aulas. De él dicen sus vecinos de Castrogonzalo que «era capaz de distinguir, una a una, las 200 ovejas del rebaño familiar».

Pero 16 años de vida embrutecida por un padre amante del alcohol y habitual de los prostíbulos no eran el mejor escenario para aprender a diferenciar entre la bondad y la maldad en las relaciones humanas. Lamentablemente, esta vez ganó ese trozo de sociedad que no acaba de desterrarse de los pueblos. «Tenemos que apoyarnos unos en otros para que no triunfe el mal», reflexiona Santiago Fresno, tío carnal de Leticia. Ha ejercido la labor de portavoz de una familia tan rota que toda Tábara la protege para evitar el circo mediático que tomó durante días las calles del tranquilo pueblo.

Francisco García, don Paco para todos, ejerce como párroco en Zamora pero es otro hijo de Tábara. El domingo pasado ofició el funeral. El pueblo reclama justicia «con la máxima dureza, la ley se queda corta para casos así», lamenta el alcalde, José Ramos. No hay medias tintas por mucho que el autor confeso sea un menor de edad penal, hijo de un entorno hostil. Sólo don Paco se atreve a elevarse sobre el dolor colectivo. «Sin educación, estas cosas seguirán ocurriendo. Se le hinchó la vena (al chaval) e hizo lo que hizo. En muchos casos, se cometen atrocidades por la violencia recibida».

En realidad, roto está todo el pueblo de Tábara. Gemma de Dios era el alma gemela de Leticia y todavía rompe a llorar y se bloquea cuando se le pide un primer recuerdo. «Este domingo (por hoy) habíamos quedado para inaugurar la casa que se habían arreglado poco a poco», acierta a arrancar. Ambas se llevaban apenas seis meses («Lety de enero, yo de junio»), pero no hay foto del colegio, de las fiestas, de salidas de la pandilla en la que no estén juntas.

Preparaban la boda

La casa era el primer pilar de un futuro en común. «La pareja ya pensaba y preparaba la boda», recuerda don Paco. Seguramente, también abría oficiado el enlace, ya que conoce a la joven desde los campamentos infantiles. «Nunca se le acababa la pila cuidando a los más pequeños».

Gemma ha vuelto al trabajo en el restaurante familiar de Tábara. «Pasaba todos los domingos en su casa... ¡cuántas veces estuve a punto de perder el bus!... ¡Cuántas conversaciones!... ¡Si hablara ese Ford Escort!». Las imágenes empiezan a fluirle poco a poco. Recuerda a la compañera de clase tan lúcida que «no era la típica alistana convencional», quizás apelando al conformismo heredado por bastantes hijos de esta tierra de futuro incierto. Con la confianza, los momentos salen a borbotones. «Siendo muy crías protagonizó la primera obra de teatro del pueblo. Hacía de señorona rica. Después hicimos 'Los siete enanitos'. ¡Claro, ella era Blancanieves!».

Leticia levantó pronto la vista para mirar más allá de los montes de la cercana Sierra de la Culebra. Con 12 años ya visitó Inglaterra gracias a una beca por sus calificaciones. Aquello le abrió los ojos. Porque después llegarían los estudios de ingeniería agrícola en el campus de la Universidad de Salamanca (USAL) en Zamora.

Y, por el camino, el regreso a Inglaterra, a Brighton, donde acudió dos años para cuidar a las dos hijas de una familia hindú. «Se marchó 'a pelo' -dice admirada Gemma-. Pero tenía claro que se iba para volver». Tras la licenciatura llegaron los másteres. De los de verdad. Uno en Seguridad Alimentaria y otro en Enoturismo. El alcalde, 23 años en el cargo, recuerda las reuniones del consejo escolar del colegio de Tábara, al que asisten este año 75 niños. «Cuando se hablaba de hacer un seguimiento a los chicos, yo siempre ponía el mismo ejemplo: Leticia era la única que completó estudios».

Pero nada le impedía regresar a Tábara a la mínima oportunidad. Santiago Fresno cree que la joven asesinada «heredó el gen cosmopolita de la familia». El suyo, un emigrante en Alemania que se jubiló como jefe de la división de carga de la línea aérea Lufthansa para España y Portugal. Es el que les llegó de su tío abuelo agustino, que fundó una misión en Iquitos (Perú) y fue beatificado en Roma.

«Que se vayan del pueblo»

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