Los pueblos 'chollo' en los que puedes vivir a precio de saldo

Los pueblos 'chollo' en los que puedes vivir a precio de saldo

Municipios de Italia, Suiza, Irlanda y España moribundos por la despoblación y el desierto demográfico imploran sangre nueva. Unos ofrecen casas a 1 euro y otros, suelo gratis y asesoramiento empresarial

ICÍAR OHOA DE OLANO

El entorno de las grandes y medianas ciudades de Europa está salpicado de poblaciones y aldeas más o menos pintorescas que atesoran, entre los muros de piedra de sus edificaciones, la historia de regiones y países enteros. Hace décadas bullían en vida. Hoy languidecen a la sombra de los devastadores efectos de la despoblación, la hemorragia de alcance planetario que desangra el mundo rural. Si en 1950 apenas el 30% de la población se arremolinaba en las zonas urbanas, ese porcentaje supera en la actualidad el 55% y Naciones Unidas calcula que para 2050 habrá escalado, por lo menos, otros diez puntos. El campo se muere.

Una de las naciones del Viejo Continente que sufre con mayor intensidad los estragos del éxodo es Italia. Nada menos que un tercio de sus pueblos roza la extinción. En los últimos veinticinco años, un habitante de cada siete ha dejado el terruño para asentarse en ciudades, o bien, mudarse al extranjero. Con dos millones de hogares abandonados, 2.500 núcleos rurales parecen irremediablemente abocados a convertirse en comunidades fantasma. Así lo alerta un reciente informe elaborado por la agrupación nacional naturalista Legambiente y la asociación de consejos italianos.

El fenómeno afecta a toda la ‘bota’. Desde enclaves de montaña en los Alpes y los Apeninos, hasta coquetas aldeas con techo de terracota en los valles soleados de Sicilia y Cerdeña. Como Ollolai. Este municipio de la región montañosa de Barbagia, en la isla sarda, afamado por su sabroso queso y las finas canastas que tejen sus artesanos, ha visto cómo sus plazas amuralladas perdían vigor y decibelios por culpa de un censo menguante. De los 2.300 vecinos que registraba el padrón en los sesenta, apenas 1.300 continúan allí. Alarmados, los últimos de Ollolai han decidido poner un torniquete a la sangría con una propuesta de impacto. Si alguien alguna vez soñó con tener una casita en un bonito pueblo italiano, puede ser el momento. Hay 200 para elegir. Todas cuestan lo mismo, 1 euro, como un paquete de chicles.

La descabellada oferta inmobiliaria no parece fruto de una ingesta masiva de grappa. De hecho, tiene truco. Las casas, levantadas con la típica roca de granito gris de Cerdeña, están en malas condiciones y los compradores deben comprometerse a afrontar su reforma en los tres primeros años, lo que puede acarrear un desembolso de al menos 20.000 euros. «Nuestros orígenes se enraizan en la Prehistoria. Mi cruzada es rescatar nuestras tradiciones, que son únicas. El orgullo por nuestro pasado es nuestra fuerza. Somos personas duras y no permitiremos que nuestra localidad muera», sostiene enérgico Efisio Arbau, alcalde del pueblo, quien ha liderado la operación para lograr que los antiguos propietarios de los edificios, a menudo pastores, granjeros y artesanos, las cedieran a la autoridad municipal. Pese a su delicado estado de conservación, ya se han vendido tres y esperan que pronto sean más. Arbau dice haber recibido más de un centenar de solicitudes de compra de todo el mundo, incluido de Australia y de Rusia.

En Gangi, Sicilia, ya probaron a ponerse de saldo. El pueblo más bello de Italia en 2015, situado a una hora en coche al sur de la pintoresca localidad vacacional de Cefalu, sacó a la venta una veintena de casas en las faldas del volcán Etna a 1 euro para cualquier  ciudadano de la Unión Europea que se comprometiera a rehabilitarlas. El contrato exigía aportar 5.000 euros en concepto de compromiso para restaurar la vivienda. Hace unos meses, Bormida, situado a 420 metros del nivel del mar en el noreste de la región de Liguria –entre Francia y Piamonte– hacía pública su intención de lanzar un campaña para espabilar su padrón de solo 394 vecinos con el ofrecimiento de alquileres irrisorios de 50 euros al mes y el regalo de 2.000 euros por instalarse allí. El anuncio, difundido en Facebook, despertó el interés de decenas de personas del Reino Unido, Estados Unidos, Brasil y Uganda.

La desesperación de algunas localidades ante el goteo incesante de mudanzas o de fallecimiento sin recambio en forma de bebés ha llevado a algunos regidores a adoptar iniciativas hilarantes. En la aldea sureña de Sellia, el primer edil ha firmado una orden que prohíbe a sus vecinos enfermar. Con solo 500 residentes y el 60% de ellos pensionistas, no se puede permitir perder muchos más. Por ello, el bando promulga una serie de hábitos saludables y avisa de que multará con 30 euros a los lugareños que no acudan al médico de forma regular

21.300 euros de bienvenida

Al norte de Italia, en Suiza, tampoco van sobrados de moradores. Enterrados entre montañas escarpadas e inviernos severos, muchos enclaves lucen mortecinos. Pero ni por esas están dispuestos a tirar la casa por la ventana. En Albinen, uno de los últimos pueblos europeos en lanzar su S.O.S., están fritos por engordar su colonia de 240 residentes. Pero no a cualquier precio. Su listado de requisitos para poder instalarse allí –está a menos de dos horas de tren de Berna– es largo y exigente. Para empezar, hay que superar los 45 años, contar con una inversión inmobiliaria de unos 178.000 euros y comprometerse a una estancia mínima de diez años. Ellos, a cambio, están dispuestos a incentivar el traslado con una ayuda de 21.300 euros a cada adulto que acredite, eso sí, estar en posesión del permiso de establecimiento tipo C, que se concede tras una residencia ininterrumpida de cinco o diez años en el país de los relojes, los quesos y las cuentas bancarias secretas.

Bastante más sencillo resultará instalarse en la encantadora comuna suiza de Corippo, en el cantón de Tesino, una vez que conviertan el pueblo en un complejo hotelero. El plan de choque liderado por su alcalde, el único de sus trece vecinos con trabajo remunerado, consiste en habilitar la recepción en el único bar del enclave y diseminar las habitaciones entre las casas abandonadas del pueblo. Tienen de su lado a un arquitecto enamorado del bucólico lugar y de la calidad de su oxígeno.

Entretanto, en el extremo occidental del continente, en Kiltyclogher una pequeña localidad norirlandesa que hace unos meses veía peligrar la continuidad de su escuela, saluda esperanzada a sus nuevas ‘adquisiciones’ humanas. Cinco semanas después de que acudieran a los medios de comunicación y a las redes sociales con un simple reclamo de «se buscan familias» y un vídeo destinado a cortejar a aquellos «cansados del ajetreo y de los gastos de la vida urbana», ya han dado la bienvenida a cinco familias enteras.

En el caso de Acebo, una localidad de montaña de Cáceres, han hecho hueco a tres desde el pasado verano. Llegaron de Madrid, Cádiz y Jerez de la Frontera con proyectos para instalar colmenas, abrir queserías artesanas y una plantación de hierbas aromáticas atraídos por su oferta: cesión de suelo y asesoramiento empresarial para alumbrar un proyecto y echarlo a andar. «Hay interés por vivir en el campo porque aquí hay más calidad de vida. Hemos recibido 2.144 correos electrónicos», asegura el alcalde del pueblo, Javier Albiz.

Desde Galicia lo suscribe Mark Adkinson, un inglés afincado en la tierra de las meigas hace 43 años que localiza y vende casas y hasta pueblos enteros a compatriotas, escandinavos y alemanes que quieren cambiar de rumbo. «Es posible repoblar los pueblos. Hay mucha gente que desea volver a la naturaleza, a la vida sencilla en la que los vecinos se ayudan. En este sentido, esta tierra es ideal, como era Inglaterra hace cincuenta años», dice el fundador de Galician Country Homes.

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