El párroco de Madrid que pone paz entre dos fuegos cruzados

El sacerdote Andrey Kordochkin, en el interior de la parroquia Santa María Magdalena, en el barrio madrileño de Hortaleza. /ALBERTO FERRERAS
El sacerdote Andrey Kordochkin, en el interior de la parroquia Santa María Magdalena, en el barrio madrileño de Hortaleza. / ALBERTO FERRERAS

Kordochkin sosiega a rusos y ucranianos. Es el párroco de Santa María Magdalena, una vistosa iglesia ortodoxa de Madrid. «Empecé dando misa en un taller»

ANTONIO PANIAGUA

El sacerdote Andrey Kordochkin va a su ritmo. Empezará a celebrar la Navidad el día 7 de enero, dos semanas después que la mayoría de la gente. Lleva una sotana algo desgastada, sin alzacuellos, por cuyos bajos asoman unos pantalones vaqueros deshilachados. El clérigo celebra la Navidad con retraso no porque sea un excéntrico o un descreído. Kordochkin, de 40 años, pertenece a la Iglesia ortodoxa rusa, que se rige por el calendario juliano, en vez del gregoriano, usado por los católicos y el común de los mortales. Casado y con una hija, este arcipreste dirige la iglesia de Santa María Magdalena, en el madrileño barrio de Hortaleza, coronada por cinco cúpulas bruñidas por el sol gracias al pan de oro que las recubre. Antes de que se levantara el templo, dependiente del Patriarcado de Moscú, el sacerdote ofició en sitios más modestos. «Cuando vine a España, hace 14 años, estábamos en el bajo de una casa de viviendas donde antes hubo un locutorio y una frutería. Después de unos años alquilamos una parte de un pequeño edificio donde funcionó en su día un taller de reparación de muebles».

La parroquia, de estilo bizantino, emerge por sorpresa en medio de anodinas urbanizaciones. Junto a la de Altea (Alicante), fabricada en madera, es la única basílica ortodoxa rusa que hay en España. De muros blancos, el templo es una muestra evocadora de la arquitectura cristiana de la antigua Rusia y guarda cierto parecido con la iglesia de Santa Sofía de Nóvgorod. Su construcción, que se remató en 2013, fue financiada por varias compañías de la antigua Unión Soviética, entre ellas la empresa de Ferrocarriles Rusos, que a su vez embarcó a la española Talgo para que contribuyera económicamente a los tres millones de euros presupuestados. Por algo los trenes de Talgo transitan por los raíles del inmenso país que preside Putin.

A la parroquia de Santa María Magdalena van a rezar ucranianos, rusos, moldavos, georgianos y ciudadanos de las extintas repúblicas soviéticas. «Casi siempre son trabajadores inmigrantes. Durante el 'boom' inmobiliario los hombres estaban empleados en el sector de la construcción. Y las mujeres mayoritariamente están ocupadas en la limpieza. También tenemos una señora de Colombia, un chico de Nicaragua, una pareja de Brasil y una familia de Estados Unidos».

En España viven unos 60.000 rusos, pero en Madrid apenas residen 5.000, lo que supone menos del 10% de la colonia. Entre la mitad y tres cuartas partes de los feligreses proceden de Ucrania, lo que obliga a Kordochkin a templar los ánimos para que no se reproduzca el enfrentamiento que, entre otras cosas, comportó la anexión de Crimea por el Kremlin. «Nuestro objetivo ha sido que la vida de nuestra comunidad no sufra la división que se observa cuando uno ve la televisión. Yo tengo mis opiniones y soy bastante crítico con ambos bandos. Ahora la presión ideológica es tan fuerte que es difícil que una persona tenga una visión ecuánime. Algunos ucranianos se marcharon de la parroquia, porque, para los nacionalistas acérrimos, quienes frecuentan una iglesia adscrita al Patriarcado de Moscú son unos traidores».

En el interior del templo el aire está embalsamado de incienso. Numerosos iconos tapizan las paredes. Llama la atención la ausencia de confesionarios y bancos para descansar, algo que no debería extrañar a un europeo. «En la Edad Media los cristianos también asistían de pie a la eucaristía». Durante la mayor parte del tiempo el sacerdote oficia de espaldas a los fieles, salvo en la lectura de los textos sagrados. «Igual sucedía en el catolicismo antes del Concilio Vaticano II», dice Andrey, quien está casado y tiene una hija, Serafima, de 14 años. «Normalmente los diáconos y sacerdotes parroquiales están casados, mientras que los obispos son célibes».

A Andrey le ayuda en el magisterio otro sacerdote, Medina Borisyuk, un ucraniano nieto de un 'niño de la guerra', de esos que se refugiaron en la URSS al estallar la contienda de 1936. Borisyuk tiene cinco hijos y trabaja de enfermero en centros públicos de salud.

«En la tradición oriental, para el sacramento de la comunión siempre utilizamos un pan de levadura muy denso, redondo y que porta el sello de la cruz, así como el nombre de Jesús. El sacerdote corta el pan en trozos, los pone en el cáliz y luego los reparte a los fieles con una cuchara». Para que todo el mundo le entienda, Andrey dice misa en eslavo eclesiástico, una variante del ruso. Sin embargo, también se expresa en castellano los domingos y festivos durante una cuarta parte de la ceremonia con el fin de que le comprendan los niños, muchos de ellos sólo hispanohablantes.

Al lado de la iglesia se encuentra la Casa Rusia, una fundación que enseña ruso a españoles y a niños nacidos en países del Este y que luego han sido adoptados en España. «Es buenos que sepan quiénes son y de dónde vienen».

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