Los pilotos que 'cazan' huracanes como Irma: «Es como una noria, pero diez veces más rápida»

Los 'Hurricane Hunters' atraviesan lluvia, viento y rayos para descubrir los secretos de 'Irma'. En España también hay científicos que vuelan al corazón de las tormentas

INÉS GALLASTEGUI

Es como conducir a través de un túnel de lavado con una manada de gorilas saltando encima del coche», describe Jim Hitterman, teniente coronel de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, su paso por las entrañas del huracán ‘Irma’. El pasado fin de semana, cuando la monstruosa tormenta se acercaba a Cuba, el veterano piloto guió el ‘Hércules’ propulsado por turbohélices y equipado con instrumentación meteorológica a través de una violenta tromba de agua y sacudido por vientos feroces. Las turbulencias hicieron saltar los paracaídas de emergencia. Y de repente fue como si el coche llegara a la zona de secado y los gorilas dejaran de saltar. Era el ojo del huracán: un anillo de unos 70 kilómetros de diámetro donde luce el sol y el aire está quieto. Se llama ‘efecto estadio’. «Al atravesar el ‘muro’, pasas de una visibilidad cero, todo gris oscuro, a un gran espacio. Es como una revelación», confesaba el mayor Steve Pituch.

Hitterman, Pituch y el resto de la tripulación recuerdan a aquellos locos que perseguían tornados en la película ‘Twister’ (1996). Se zambullen una y otra vez en un torbellino del tamaño de la Península Ibérica, frente a vientos de hasta 340 kilómetros por hora, con rayos por encima y olas gigantes por debajo, pero no son unos suicidas. Son el 53 escuadrón de Reconocimiento del Tiempo, formado por reservistas de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, y todo el mundo los conoce como ‘Hurricane Hunters’ o Cazadores de Huracanes. Con base en Biloxi, Misisipi, vuelan para conocer al enemigo desde dentro: la aeronave va equipada con instrumental para ‘tomar las medidas’ a la tempestad. Pese a la fuerza de las tormentas en las que se adentran, la última vez que uno de sus aviones cayó abatido fue en 1974. «Dicen que ‘Katrina’ era más grande pero tranquilo para navegar; ‘Irma’ es más violento», explicaba Pituch al periodista de la BBC‘empotrado’ en el avión.

Sensores y predicción

En cada misión sueltan una treintena de sondas cuyos sensores envían información precisa e instantánea del entorno, en su caída hacia el Atlántico. Miden la presión atmosférica, la humedad relativa del aire, la velocidad del viento o la temperatura para determinar en qué dirección y con qué fuerza se moverá el diluvio. Su misión es salvar vidas. A partir de sus datos y los de otras aeronaves, como las de la agencia estatal de meteorología, NOAA, el Centro Nacional de Huracanes ordenó la evacuación de 5 millones de personas. Eso sí, las predicciones tienen un margen de error: ‘Irma’ se desvió al tocar tierra cubana y entró en la península de Florida más al sur de lo previsto, inundando los cayos y devastando varias ciudades al oeste de Miami.

El meteorólogo Mario Picazo, que trabaja para ElTiempo.es entre Estados Unidos y España, se encuentra estos días en plena vorágine, aunque se ha tenido que contentar con seguir a ‘Irma’ desde California: nunca ha volado al ojo del huracán. «Me encantaría –confiesa–. El momento de atravesar la pared de nubes y llegar al centro tiene que ser brutal». Lo trágico, advierte el físico, es que algunos interpretan esa «calma chicha» como una señal de que el peligro ha pasado y salen de sus refugios a pecho descubierto; en realidad, están en el núcleo mismo del torbellino. «Los huracanes son como grandes aspiradores: el viento se lleva el agua hacia el centro y luego la suelta. De ahí las inundaciones», explica.

Sin embargo, el trabajo de esas misiones aéreas no difiere mucho de la tarea que los meteorólogos realizan en tierra, que consiste básicamente en recoger información mediante el lanzamieno de globos sonda y en mirar. «La parte visual ayuda a descubrir la estructura del huracán. Es la parte más artesanal de esta profesión», explica.

De hecho, estos días se ha hecho viral el vídeo de un individuo que sale de un coche en Florida para enfrentarse armado con un pequeño aparatito a un auténtico vendaval. «Es una estación meteorológica de mano y hay que aguantarla frente al viento para medir una racha», aclara Picazo, que también lo utilizó en las conexiones en directo sobre ‘Harvey’ desde Texas. El ‘hombre del tiempo’ –ahora online– está pendiente de la llegada de ‘José’, un huracán «indeciso» que tocará el sábado la costa este de Estados Unidos.

En Europa no hay huracanes, pero sí tormentas devastadoras, erupciones volcánicas, cambio climático y contaminación medioambiental, fenómenos todos ellos susceptibles de ser estudiados desde el aire por estos aviones especiales equipados con instrumental científico y modificados ‘ad hoc’, que técnicamente se denominan ‘plataformas aéreas de investigación’. En España tenemos tres –apoyadas en tierra por una red de laboratorios–, que el Instituto de Tecnología Aeroespacial (INTA) pone a disposición de los investigadores que las demandan, explica Ana Corrales, investigadora de esta institución dependiente del Ministerio de Defensa.

Los cien vuelos de Sánchez

Uno de los usuarios de esta flota es José Luis Sánchez, catedrático de Física Aplicada de la Universidad de León al que le vendría al pelo, si existiera, el título de ‘nubólogo’: acumula más de un centenar de vuelos científicos al corazón de esas nubes que desde el suelo pueden parecernos juguetonas o evocadoras, pero resultan amenazantes vistas desde dentro. Sánchez y su grupo han utilizado uno de los Aviocar C212 del INTA en varios experimentos sobre la formación de granizo, de especial interés para el sector agrícola. Y desde hace seis años investigan el fenómeno del ‘engelamiento’, sospechoso de estar detrás de muchos accidentes aéreos. «En las nubes puede haber agua subfundida, líquida a 10 o 15 grados bajo cero, que cristaliza al chocar contra un avión y altera sus condiciones aerodinámicas», explica. Para estudiarlo tienen que entrar de lleno en nubes de las que los pilotos comerciales huyen como de la peste.

La cabina del Aviocar –propulsado por turbohélices para evitar el peligro del hielo– no está presurizada y, como alcanza una aceleración mayor que la de la gravedad, los tripulantes notan sobre el cuerpo una presión casi insoportable. La aeronave, sometida a las corrientes internas de las tormentas, experimenta ascensos y descensos bruscos de más de mil metros en apenas 20 segundos. «Es como si pesaras el doble. Se parece a subirse a una noria, pero a diez veces más velocidad», compara.

El avión no tiene grandes comodidades. «Ahí no hay azafatas ni catering», ironiza Sánchez. Aparte de sus complejos equipos e instrumental de última tecnología, llevan bolsas para vomitar y para orinar. Por si acaso. «Si tienes la vejiga llena, puede ser un problema», aclara sin dar detalles. El catedrático y sus colaboradores no quieren convertirse en los héroes de las nubes: vuelan siempre orientados desde tierra y con una «vía de escape» en el horizonte.

Porque después de la tormenta llega la calma. ‘Irma’ –ya reducida a categoría 1– ha producido una destrucción incalculable, cerca de 40 muertos y millones de desplazados, pero los miembros del 53 escuadrón retornan a su vida civil. La meteoróloga Nicole Mitchell, por ejemplo, es ‘mujer del tiempo’ en una tele de Minnesota y tiene un bebé de 8 meses. Mientras llega el día en que drones no tripulados hagan el trabajo, ella y sus colegas se arriesgarán a adentrarse en el ojo del huracán durante unos días al año; cuanto más ajustados sean los pronósticos, más gente podrá escapar de su avance destructor. «Nuestros datos son decisivos», afirma.

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