La pesadilla eterna: ser enterrado vivo

Aviso de ultratumba. Sistema de alarma instalado en una sepultura./
Aviso de ultratumba. Sistema de alarma instalado en una sepultura.

El preso asturiano Gonzalo Montoya estaba frío, pálido y sin pulso. Pero no muerto. Una maquinita que cuesta 70 euros vale para disipar cualquier confusión

Inés Gallastegui
INÉS GALLASTEGUI

Gonzalo Montoya Jiménez, 'El Chino', no resucitó al tercer día. Le bastaron cinco horas. El hombre, en la cárcel por robar chatarra, fue encontrado inconsciente en su celda de la prisión asturiana de Villabona en la mañana del domingo. Estaba frío y azul. No tenía pulso. Dos médicos del penal -el del turno de noche y el de día- lo dieron por muerto a las ocho, y el forense confirmó el óbito a las nueve. El juez ordenó entonces el levantamiento del cadáver. Y el cadáver se levantó, pero cuatro horas después, en el Instituto Anatómico Forense de Oviedo: cuando estaba tendido en la mesa de autopsias y ya le habían marcado el pecho con un rotulador para abrirle, empezó a roncar. Ahora está en el hospital y el asunto se encuentra bajo investigación, pero todo apunta a que lo que enmascaró los signos vitales del recluso fue una sobredosis de barbitúricos -su familia aclaró que, deprimido porque no le habían dado ningún permiso en tres años, intentó suicidarse- y no un caso de catalepsia, como se apresuraron a diagnosticar los medios de comunicación. «Hoy en día no se usa ese término porque no tiene sentido hablar de 'muerte aparente': o se está muerto o no se está muerto, y se puede averiguar con una sencilla maquinita que lleva cualquier ambulancia», aclara el neurólogo Jesús Ruiz, del Hospital Virgen de las Nieves de Granada. Un electrocardiógrafo portátil se puede comprar por internet desde unos 70 euros.

Como concepto médico, la palabra de origen griego ('acción de coger o sorprender') alude a un síntoma muy concreto de la catatonía, que es un estado de parálisis y alteración de la conciencia que se produce en algunas personas con enfermedades mentales, como la esquizofrenia o la depresión grave, explica el psiquiatra y neurólogo Jaime Padilla. En ese contexto, el sujeto puede presentar 'flexibilidad cérea' o catalepsia: si le elevan un brazo o una pierna, estos se mantienen en esa postura, «como si fuera de plastilina».

Un término en desuso

Su otra acepción, una especie de cajón de sastre que engloba cualquier situación en la que «una persona aparenta estar muerta sin estarlo», está en desuso en el ámbito de la medicina. José Antonio Lorente, catedrático de Medicina Legal y Forense de la Universidad de Granada, explica que este cuadro clínico se caracteriza por la «falta de respuesta a los estímulos nerviosos -por ejemplo, dolor ante un pellizco fuerte -, por la rigidez y porque los latidos cardiacos y la respiración son apenas perceptibles».

Esta alteración del sistema nervioso central puede producirse por motivos diversos: aparte de los trastornos psiquiátricos antes mencionados, como consecuencia de fuertes golpes en la cabeza, algunas demencias, una infección generalizada, la enfermedad de párkinson, la abstinencia de cocaína en los adictos a esta droga y la intoxicación por ingesta masiva de ansiolíticos y sedantes. Aunque no existen datos concretos de personas afectadas, se trata de un fenómeno muy excepcional.

La intensidad y la duración de ese estado de inconsciencia y parálisis es variable en función de qué lo haya causado; por ejemplo, puede prolongarse unas horas en caso de una sobredosis, mientras que algunos enfermos mentales graves están años sin apenas moverse ni hablar, pero, obviamente, nadie los toma por cadáveres.

El pulso débil puede ser indetectable. Un electrocardiograma certifica que el corazón está parado

En los pacientes con epilepsia también se produce, tras las crisis convulsivas, en las que el cerebro recibe una fuerte descarga eléctrica, un «estado postcrisis» en el que la persona permanece en un sueño muy profundo. Pero no es normal confundir ese estado con un fallecimiento. «Es un trastorno muy frecuente: un 10% de las personas padecerán alguna crisis epiléptica a lo largo de su vida. Y no tengo noticias de que se esté enterrando vivos a los epilépticos», ironiza el doctor Ruiz, especializado en este trastorno.

Aunque ha trascendido que el protagonista del extraño suceso de Asturias sufría esa condición, los expertos creen que su estado está más relacionado con la ingesta masiva de barbitúricos, que se prescriben, entre otras cosas, para prevenir las crisis convulsivas.

Jaime Padilla recuerda que, de hecho, otro de los usos de los barbitúricos es inducir el coma, por ejemplo, cuando es necesario realizar una intervención quirúrgica en el cerebro y se busca reducir al máximo los daños en este órgano. «Estos fármacos son depresores del sistema nervioso central, ralentizan el metabolismo cerebral, bajan la temperatura corporal y reducen la frecuencia cardiaca y la respiración», señala el neurólogo y psiquiatra del Servicio Andaluz de Salud.

Diagnosticar la muerte

¿Cómo se sabe que una persona ha traspasado la frontera entre la vida y la muerte? Ya en el siglo XVIII, el anatomista francés François Bichat estableció que la vida está basada en tres funciones básicas, que desde entonces se conocen como el 'trípode vital de Bichat': la cardio-circulatoria, la respiratoria y la nerviosa.

Si los pulmones no purifican la sangre o el corazón no bombea para llevar el oxígeno y los alimentos a las células, los órganos y los tejidos mueren. Y si el cerebro no regula todo el proceso, tampoco sirve un funcionamiento anárquico de las otras dos funciones. «Por eso las personas con graves lesiones cerebrales necesitan a veces respiración asistida», explica Lorente, director científico del programa Fénix de identificación genética de personas desaparecidas.

Una sobredosis de barbitúricos reduce los latidos cardiacos y baja la temperatura corporal

Desde el siglo XIX, para certificar una defunción de forma legal un médico debe determinar el cese irreversible de las funciones vitales y la presencia de «fenómenos cadavéricos», como la palidez, el enfriamiento y la rigidez, que comienzan a aparecer entre una y cuatro horas después del óbito.

«En caso de duda -puntualiza el forense- procede usar todos los medios necesarios para determinar que de modo objetivo y seguro falla en una persona al menos uno de los signos vitales». Tomar el pulso puede no ser suficiente. «Un pulso débil puede ser indetectable. El hecho de no detectar el pulso no da un diagnóstico de certeza de que el corazón esté parado», advierte el doctor Padilla. Un fonendoscopio o la auscultación básica no dan la seguridad de que una persona haya fallecido; un electrocardiograma o un electroencefalograma, sí.

«Lo grave de estos casos de muerte aparente -concluye Lorente- no es que una persona parezca muerta, se le dé por tal y luego se recupere, sino que por haberla dado por muerta no se le practicasen medidas inmediatas de reanimación y muera o se recupere con graves secuelas».

No sabemos si, después de pasar tres horas dentro de una bolsa de plástico, el 'Chino' Montoya, de 29 años, sufrirá pesadillas de por vida. Según el testimonio de la familia, cuando se despertó al día siguiente de 'morir' parecía tranquilo. Preguntó por su mujer, pidió tabaco y algo de comer. Había vuelto a nacer.

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