Las personas que buscan comida, medicinas y libertad para ir tirando

Las personas que buscan comida, medicinas y libertad para ir tirando

Las calles de Cúcuta, ciudad colombiana fronteriza con Venezuela, se desbordan a diario por los damnificados del chavismo

JON URIARTE

El sonido ahoga más que el sol. Y eso que el termómetro marca 38º. Pero el ruido es sobrecogedor. Las ruedas de las maletas trotando por el asfalto. Estamos en el puente Simón Bolívar, frontera entre Venezuela y Colombia. Una vía por la que, cada día, miles de venezolanos salen en un desesperado éxodo. Quienes tienen el pasaporte en regla lo hacen para siempre. El resto, para un rato. El que otorga un pase temporal que les permite comprar o comer, sobrevivir un día más. Uno nunca está preparado para algo así. Puede imaginarlo en África o Asia. Pero no en un país que guarda bajo su suelo la quinta parte del petróleo mundial y es rico en otras materias primas.

Cúcuta es su última esperanza. La capital del humilde departamento Norte de Santander, que contaba con algo más de 650.000 habitantes. Hablamos en pasado porque la cifra de venezolanos que han llegado aquí es incalculable. Se estima que al menos unos 200.000 de los cinco millones que han salido del país para huir del régimen chavista. Y cargan con tanto dolor como desoladoras historias. Basta con arrancar la mañana en ese puente para comprobarlo. Imaginen la salida de un campo de fútbol. Solo que aquí la marea humana no para. Los sábados lo llegan a cruzar más de 35.000 almas. La mayoría lleva todas las maletas y bultos que puede. Incluso los niños van cargados. Su aspecto es el de gente de clase media que un día descubrió que les salía más a cuenta limpiarse el culo con billetes que comprar papel higiénico. Literal. Y lo hacen. Lo contaba, antes de romperse en llantos, un hombre que portaba sobre sus hombros al único hijo que tenía pasaporte sin caducar. Los otros dos se han tenido que quedar al otro lado con su madre. «Imagine usted que tiene una vida normal y una mañana despierta y no tiene nada», exclama con tanta perplejidad como rabia.

En ese instante, una mujer joven pasa junto a él. Lleva solo un bolso. Y llora. Uno se pregunta si las lágrimas serán por lo que deja atrás para no morir o por lo que tendrá que hacer en adelante para poder sobrevivir. Muchas venezolanas no tienen otra opción que prostituirse para comer un plato al día. O para que lo hagan sus hijos. Si las colombianas cobran 6 dólares por un «servicio», ellas deben hacerlo por dos. El sida y otras enfermedades de transmisión sexual son ya casi una pandemia en esta zona, en la que abundan las peleas por hacerse fuertes en una esquina. Cuando llega la noche, vencidas, regresan intentando disimular las arcadas al otro lado, donde les espera una familia que nada sabe.

A unos pasos del puente, el loco bazar del lado colombiano. La Parada. Gente desesperada que llega a un lugar atestado de otra gente que comercia con todo. Especialmente, comida y bebida. En sus calles, chicos y chicas vendiendo sus melenas, una especie de payaso saturando la megafonía para proclamar a los cuatro vientos supuestas ofertas, tres azafatas anunciando telefonía móvil... En un pequeño local cercano venden productos de higiene. Son tan cotizados que los desodorantes se guardan en vitrinas bajo llave. Como preciadas joyas. «Hay venezolanos que al verlos derraman lágrimas, porque llevan dos años sin ellos», desvela la dueña. Sus precios no difieren mucho de los de las tiendas del centro de Cúcuta. Vamos, que al menos no hace el agosto. Imposible no pensar que los cucuteños están demostrando una actitud que para sí quisieran en otras fronteras. No será perfecta, pero es una aceptable relación.

Durante la búsqueda de una sombra bajo los árboles que nacen junto a un riachuelo negro y pestilente, una legión de autobuses, taxis y algún particular recogen a personas despistadas que caminan como si huyeran de una guerra. Para la mayoría, el destino es el centro de la ciudad. Pero hay quien no puede llegar y acude desesperado a la Casa de Paso abierta por la diócesis de Cúcuta. Multitud de almas aguardan turno. Viene a ser un solar donde han habilitado una especie de merendero con bancos corridos y mesas a ambos lados y al fondo, dispuestos bajo uralitas. Amenazaba lluvia, pero hubo suerte. Mejor ni pensar lo que sería aquello sobre el barro.

Una treintena de voluntarios sirven 1.800 ranchos al día. El menú de hoy consiste en arroz, carne picada, frijoles y yuca. Para los más pequeños, también una galleta. Y a las embarazadas les añaden algo de chocolate, leche y, sobre todo, atún. «Una lata supone que puedan sobrellevar, al menos, dos semanas más de gestación», detalla el obispo Ochoa. Él es el artífice de que, entre esa y otras siete parroquias, repartan 8.000 comidas diarias, además de desayunos con pan y café y cenas a base de sopa. «¿Qué más puedo hacer?», se duele. Está limitado por la logística; no da abasto. Ansía que les donen una camioneta con cocina, de esas que viajan por los mercados. «Esto no ha hecho más que empezar -augura el obispo-. Irá a peor».

Sus palabras casi llegan hasta la habitación desde donde se brinda asistencia médica de urgencia a los recién llegados. Los niños son vacunados de inmediato tras pasar revisión. «Su hijo tiene sarna. Le voy a explicar el tratamiento», oímos el diagnóstico. Después, la madre le habla al doctor de las infecciones genitales que arrastra desde hace tres años. «Es lo habitual», confía el personal de asistencia humanitaria.

Pero la vida siempre se abre paso y también aquí brinda algunos brotes de esperanza. Una niña de ojos color negro azabache se arrima para contar un sueño: «Quiero ser abogada para ayudar a la gente». Su mamá aclara que de momento no va al colegio porque carece de papeles, así que ayuda a fregar los platos y los vasos de plástico con los que alimentan a sus compatriotas. A cambio, disfrutan de tres comidas al día. Y con cada bocado que se lleva a la boca, la mujer se acuerda de las penurias que pasa su marido, el papá de la niña, que no pudo salir de Caracas.

Caracas. Dicen que allí asaltan los camiones de la basura para comer lo que está «poco podrido». No extraña, por tanto, que en la larga hilera que se despliega frente a la Casa de Paso se vean hombres y mujeres en los huesos. La media de peso perdido por los venezolanos en los últimos tres meses asciende a once kilos. El dato lo aporta otro joven doctor. Él también huyó y ahora trabaja en el hospital Erasmo Meoz, lugar de referencia que lleva atendidos a más de 9.000 exiliados del régimen de Nicolás Maduro en estos años. «Me fui de mi país porque no había nada para poder ayudar a los enfermos. Acá soy más útil», explica, en un relato entrecortado por la inquietud: el resto de su familia sigue en la República Bolivariana.

El álbum de la desolación

En la planta de urgencias de pediatría del Erasmo Meoz, una chica menor de 18 años vigila a su hijo de 2, que parece entretenerse con una grabadora infantil. Al accionarla, suena 'Susanita tiene un ratón...'. No es la versión de Miliki y compañía, pero confirma lo cerca que estamos de ellos. «¿Podría sacarnos una foto?», pide entonces la joven. No le importa que no pueda enviársela a ningún lugar. «Da igual, guárdela usted. Me conformo con saber que tengo una foto con mi hijo».

El álbum de la desolación en Cúcuta no deja de sumar retratos. Como el del hombre que muestra tembloroso una tarjeta de cuando trabajaba para la General Motors en Venezuela. Era ingeniero. Un día le dijeron que podía seguir yendo a la oficina, pero que no le pagarían. Su madre murió de un infarto cuando se le terminaron las pastillas para la tensión y él no pudo conseguir más. Deja escapar al contarlo un rosario de lágrimas, pero no la furia que anida en su interior. Ahora duerme en la Plaza Santander de Cúcuta, junto a algunos de su misma condición. Lo hacen por turnos, para que no les roben. O asesinen.

A la enquistada delincuencia local se ha sumado la que llega. Barrios como Los Olivos son peligrosos hasta para la Policía. Paradójicamente, es donde más seguros se declaran los disidentes venezolanos. Como el militar que pide no revelar su nombre y cuenta lo duro que era llevar uniforme si no eras de alta graduación. «Al hambre había que sumar el dolor de enfrentarte a tus compatriotas por orden del Gobierno». Y, además, quedabas expuesto a la venganza de las milicias urbanas. En Venezuela hay más armas que en ningún otro país de su entorno. Ha superado ya a El Salvador en el listado de países peligrosos.

La última voz de este día en Cúcuma la pone Milady. Recibe con su bebé, de apenas veinte horas. Ella es fuerte y ya está en pie.

- ¿Cómo se llama?

- No tiene nombre. Creí que iba a ser niña y aún no lo he decidido. De momento, solo me importa que esté bien.

Simón Bolívar no es un puente más. Es un paso a la vida. El lugar donde los niños y lo que está sucediendo tienen algo en común. Lo que se ve allí, en la frontera de Cúcuta, no tiene nombre. Bueno, sí. Pero no se puede escribir.

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