El palacio de leche y miel

Los turistas se arremolinan frente al Palacio Potala, cuya estampa se refleja de noche en el agua creando la ilusión de un mar lácteo. ::/JOHANNES EISELE / AFP
Los turistas se arremolinan frente al Palacio Potala, cuya estampa se refleja de noche en el agua creando la ilusión de un mar lácteo. :: / JOHANNES EISELE / AFP

El complejo de Potala, joya de la arquitectura tibetana, desprende estos días un aroma dulzón. Es fruto de la pintura con que se remoza el conjunto, hecha de materiales lácteos

ANTONIO PANIAGUA

Este palacio, tan grandioso como imponente, es el orgullo de los tibetanos. Cuando el sol declina adquiere un seductor colorido: un resplandor dorado compite con sus muros blancos y rojizos. El Palacio Potala -así se llama esta maravilla- tiene 1.300 años de antigüedad y fue la residencia de invierno del Dalái Lama hasta 1959. Todo aquel que se acerca a sus aposentos es embargado por un perfume dulzón. No es un engaño de los sentidos. Un centenar de trabajadores y voluntarios remozan su fachada estos días y la recubren con una pintura hecha de miel, leche, azúcar y limón. De esta manera la joya arquitectónica del budismo tibetano soporta mejor las inclemencias del invierno.

El visitante del monumento no solo queda embriagado por el aroma a leche y miel. Su olfato también queda anegado por el olor a incienso y su mirada sobrecogida por las escrituras que cuelgan de las paredes. A la hora de repintar los muros, es importante que la temperatura no baje de los cero grados. Si se congela la capa protectora, la superficie se descascarilla a poco que le dé el sol.

Los viejos muros se construyeron a base de barro, piedra y madera. Por eso el ejército de albañiles y pintores se afanan en cubrir las grietas entre las piedras y la madera. El mejunje lácteo y meloso, aparte de proteger las paredes de la lluvia, contribuye a preservar ciertos elementos arquitectónicos. Las obras de mantenimiento de este centro de peregrinación comenzaron el 27 de octubre y terminarán en breve. Las labores de conservación preludian el Lhabab Duchen, fecha en que se supone Buda descendió de los cielos.

El edificio, dedicado al estudio y la meditación, es en sí un intrincado dédalo de salas, oficinas y capillas. Aloja además en su interior un seminario y una imprenta.

El complejo arquitectónico hunde sus pilares en Lhasa, capital de la región autónoma de Tíbet, y se levanta sobre la llamada Montaña Roja, a unos 3.700 metros sobre el nivel del mar.

Este prodigio de la arquitectura tibetana, declarada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad en 1994, acoge en su interior refinadas obras de arte. Una ambiciosa restauración terminó hace ocho años. Con ello se reparó el lamentable estado de sus cimentos, que, al ser de madera, se pudrían gradualmente, con el consiguiente riesgo de derrumbe. Una oportuna inversión de 300 millones de yuanes (más de 30 millones de euros) evitó que el templo se convirtiera en escombros.

Campo de batalla

Dice la leyenda que la suntuosa construcción se erigió en el siglo VII, en concreto en el año 641, cuando el rey tibetano Songtsen Gampo contrajo matrimonio con la princesa Wencheng. Para deslumbrar a su esposa, el rey ordenó levantar una magnífica residencia que dispusiera de un millar de habitaciones. La llamó el 'Palacio de la Montaña Roja'. Más tarde, cuando la dinastía Songtsen Gampo fue derrocada, el complejo fue devorado en el fragor de sucesivas batallas.

Lo que el visitante observa en la actualidad es una obra mucho más tardía, correspondiente al mandato de la dinastía Qing (1644-1911). Su reconstrucción y ampliación requirió el concurso de 7.000 trabajadores, aparte de una legión de artistas y artesanos.

El conjunto comprende el Palacio Blanco, el Palacio Rojo y sus edificios anexos. El complejo alberga también el Templo Jokhang, construido en el siglo VII, y el Palacio de Norbulingka, edificado en el siglo XVIII. La belleza del paisaje se alía con el interés histórico y religioso para hacer de este monumento uno de los templos más bellos de Asia.

Dentro del Palacio Blanco se encuentra la sala principal, con el trono del Dalái Lama incluido, y 698 murales, casi 10.000 pergaminos, un sinfín de esculturas, cortinas, preciosas porcelanas y delicadas piezas de plata y oro.

El Palacio Rojo asoma por encima del Blanco y consta de diferentes salas, capillas y bibliotecas. Lástima que la avenida que conduce a este lugar sagrado esté afeada por extemporáneas tiendas occidentales. En 1959, año en que el decimocuarto líder espiritual de los budistas tibetanos se exilió a la India, dejó de ser la residencia de los lamas.

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