Las confesiones más esperadas de José María Carrascal

José María Carrascal, durante la entrevista./ALBERTO FERRERAS
José María Carrascal, durante la entrevista. / ALBERTO FERRERAS

Corresponsal en Berlín y Nueva York y luego presentador de un muy personal informativo, asegura que no le importa cómo será recordado. «Solo espero no dar la lata a nadie»

CÉSAR COCA

Una paradoja. José María Carrascal ha contado para centenares de miles de lectores la construcción del muro de Berlín, la guerra de Vietnam y el Watergate, presentó un muy personal y exitoso informativo de televisión y ganó el premio Nadal, pero la mayor parte de la gente lo recuerda por sus corbatas. Lo comenta con una sonrisa resignada porque en el fondo le da igual. A los 87 años sigue viviendo según unos hábitos que tienen su origen en el cuarto de siglo que residió en EE UU. Para alimentar la columna que escribe cinco días a la semana en 'ABC' se levanta cada mañana a las seis -«como cuando estaba en Nueva York y me llamaba el jefe a esa hora para ver qué temas tenía», explica-, desayuna, compra varios periódicos, escucha alguna tertulia televisiva y traza el esquema del texto que escribirá por la tarde. Luego dedica unas horas a su obra literaria, antes de comer, y ya por la tarde da forma a la columna y vuelve a sus novelas o ensayos. A última hora, más en Nueva York -donde vive seis meses al año- que en Madrid porque «allí la oferta cultural es enorme y además, barata», acude con su esposa a una ópera, una función teatral, una exposición o un estreno de cine. Cuando regresa a casa -saltándose la cena, hace décadas que lo único que toman por la noche es una manzana o un yogur-, se sienta otra vez ante la televisión para seguir otra tertulia y se acuesta sobre las doce. Una actividad muy intensa para una persona que no aparenta los 87 años que figuran en su DNI. También está en su documento que es madrileño pero durante más de medio siglo estuvo bien poco en la capital.

- Es usted un madrileño atípico, porque creció en Lugo, hizo estudios universitarios en Barcelona y luego se fue a Alemania.

- La Guerra Civil nos cogió en la montaña de León. A mi padre lo llevaron al frente y unas hermanas de mi madre que vivían en Lugo nos dijeron que fuéramos para allí. Cuando la guerra terminó ya nos instalamos de forma definitiva. Llegué a esa ciudad con siete años y me fui con 16, para trasladarme a Barcelona y entrar en la Universidad.

- ¿Cómo fueron esos años?

- La infancia es el paraíso. Así lo recuerdo ahora. Íbamos al río sin avisar a nadie y no te pedían explicaciones... En Galicia además no había problemas de abastecimiento, recuerdo las lecheras que iban con los cántaros vendiendo. Solo había racionamiento de aceite. En cambio, sí pasé hambre en Barcelona, aunque también me gustó mucho el carácter abierto de la ciudad, con una gran presencia de la cultura francesa.

- Estudió Filosofía y Náutica. Qué carreras tan diferentes.

- Las Letras se me dieron siempre bien. Con 13 años leía a Dostoyevski, aunque no entendía nada, y me encantaba la literatura rusa. A mí los profesores me cogían leyendo novelas en clase, pero también tenía un afán de ver la vida más allá de los libros. Quería salir de España, viajar.

- ¿Por eso estudió Náutica?

- Por eso. La carrera era de tres años frente a los cinco de Filosofía, y como las matemáticas no se me daban bien tenía problemas con los cálculos de navegación. Al acabar se me presentó la ocasión de embarcarme en el 'Vizcaya', un buque de la Naviera Bilbaína. Cuando me subí a él por primera vez, el barco estaba en Portugalete limpiando fondos. Llevaba dos maletas, una con ropa y la otra, llena de libros.

- ¿Y pudo leerlos?

- ¡Ni uno! Tenía guardia de doce de la noche a cuatro de la madrugada y luego de doce del mediodía a cuatro de la tarde. En el primer viaje fuimos a Alemania, de allí a Estados Unidos y regreso a España. El capitán era Teodoro Zubizarreta, de Bermeo, un marino de la vieja escuela. En el barco seríamos unos veinte; los oficiales, vascos, y la marinería, en su mayor parte, gallegos. Cuando gané el Nadal, fui a Bilbao a presentarlo, y en la firma de libros apareció Zubizarreta. Me echó una bronca por haber dejado de navegar.

- ¿Qué experiencia sacó de aquello?

- Me sirvió de mucho aunque menos mal que me di cuenta pronto de que no servía para eso. Es un trabajo muy duro. Y dos veces estuve a punto de perder la vida. Una vez se me enganchó el capote en la máquina de levar anclas... La otra, estuvo a punto de golpearme una ola enorme cuando regresaba al camarote por cubierta, contra lo que me habían indicado. Si me coge, me aplasta. No tenía madera de marino y aquel viaje de 46 días me sirvió para comprobarlo.

- Así que se fue a Berlín a dar clases de español.

- Aquel sí que era mi ambiente. Berlín era entonces como una isla en un mar rojo. Llegué en abril de 1957. La ciudad estaba destrozada pero era muy vital y sus habitantes aprovechaban la menor ocasión para divertirse. Hacían fiestas por todo. Los extranjeros íbamos mucho a la zona este porque el cambio era muy bueno y eso te permitía darte caprichos como asitir al teatro y cenar en buenos restaurantes.

La construcción del muro, uno de los dramas -y las vergüenzas- de la Europa del siglo XX, fue una enorme oportunidad. Porque él, que ya escribía algunas crónicas para periódicos como 'Pueblo' y 'Diario de Barcelona', tuvo la posibilidad de contar cómo de la noche a la mañana la ciudad quedó partida. La gran mayoría de los periodistas españoles destacados en Alemania residían en Bonn, que entonces era la capital de la República Federal, y los sucesos de Berlín los cogieron a contrapié. Sucedió lo que nadie había previsto y Carrascal -que poco después rechazó el ofrecimiento del carné de periodista y sacó el título en la Escuela presentándose a los exámenes- estaba justo en el punto más caliente de la política europea.

- Cuando se levantó el muro, a quienes nos quedamos en Berlín nos dieron una prima por hacerlo. Los americanos decían que si los soviéticos atacaban, las tropas aliadas apenas resistirían veinte minutos. Pasaban cosas sorprendentes. Había una asociación de corresponsales extranjeros en la que estábamos periodistas que vivíamos a ambos lados del muro. Los dirigentes de la República Democrática nos invitaban a algunos viajes. Yo estuve esos años en Praga, con una de esas invitaciones.

- ¿Nunca tuvo problemas en Berlín?

- Recuerdo que una vez que fui a la zona oriental aproveché para comprar algunas cosas. De regreso, en el paso fronterizo me pararon y entonces me di cuenta de que llevaba en el bolsillo veinte marcos orientales. Sacar dinero de la RDA era un delito, así que creo que me puse pálido cuando me di cuenta. Solo se me ocurrió mostrar el carné de periodista y decir que había comprado unos libros... Entonces, el guardia dijo: '¡Ah, cultura!', y me dejó pasar. Tenían un enorme aprecio por la cultura.

- Su primera experiencia periodística no pudo ser en un lugar más apasionante.

- Aprendí muchísimas cosas en esos años. Tenía de amigo al corresponsal de Radio Moscú y periódicamente nos invitábamos a cenar uno a otro con nuestras esposas. La mía es alemana. Nos contábamos cosas, lo que podíamos. Acumulé datos suficientes entre lo que veía y las cenas como para entender la encerrona que era el comunismo.

- En Estados Unidos sería todo muy diferente.

- Tuve que hacer de reportero de la revolución cultural que estaba teniendo lugar en esos momentos. Llegué en 1966, el año del estreno de 'Hair'. Escribí una crónica sobre ese musical y en 'Pueblo' no me la publicaron. Dos años después, cuando ya era un fenómeno cuya fama había llegado incluso a España, el subdirector me pidió un texto y le dije que buscara en la papelera.

- ¿Cuáles son sus mejores recuerdos de esos años?

- Pasaba los veranos en el East Village. Seguí de cerca el movimiento hippie y me di cuenta de cómo empezaba a degenerar cuando se incorporaron minorías que se comportaban de manera violenta. 'Groovy' surgió de ahí, de una historia real. Leí en el 'New York Times' un suceso: un crimen en el que se vio involucrada una joven, y lo usé como argumento. Creo que gané el Nadal por la novedad de la historia.

En efecto, 'Groovy' fue premio Nadal en 1972 y Ciudad de Barcelona al año siguiente. Ese éxito se convirtió en una tentación. Vergés, el editor de Destino, le sugirió volver a España y dedicarse a la literatura. Sentado en la terraza del club de la Ciudad de los Periodistas, en Madrid, Carrascal recuerda los motivos que le llevaron a no hacer caso al prestigioso editor. «Hemingway decía que el periodismo es la mejor forma de entrar en la literatura con tal de dejarlo a tiempo...». Pero la tentación de vivir en Nueva York resultó más poderosa. «Era un privilegio estar allí y España, en cambio, se presentaba muy problemática en esos años». Por eso dijo que no, y no se arrepiente de ello. Tampoco lo hace de la vez que aceptó una propuesta que, a primera vista, parecía más extraña: la de regresar a España para presentar un informativo de TV. Era 1989 y estaba ya a punto de cumplir 60 años.

- Yo había colaborado en Antena 3 Radio y un día me llamó Luis Ángel de la Viuda para decirme que les habían dado una licencia de TV privada y que Martín Ferrand quería que presentara un informativo. Al principio, rechacé la idea, y mi mujer, también. Pero un amigo judío checo, Bill Striker, me dijo que comparara mis lectores habituales con el número de espectadores potenciales que podría tener.

- ¿Fue eso lo que lo convenció?

- También pensaba en lo que habría dicho mi padre: que no hiciera nada 'con esos titiriteros de la tele'. Pero pensé que estaba en la parte final de mi carrera, había conocido la prensa y la radio y eso me daba la oportunidad de estar en la TV. Y justo entonces apareció Julio Iglesias, a quien conocía de mucho atrás, y me dijo que iba a ganar mucho dinero, iba a ser muy conocido y me harían todas las putadas, pero que eso debía olvidarlo. Así que ya estaba casi convencido pero eso me decidió.

- ¿Qué etapa de su carrera fue la más satisfactoria?

- La del Watergate: ver procesado a un presidente fue un ejercicio de democracia pura. Me ocupó todo un verano y no pude ni ir a bañarme alguna vez, porque las noticias se sucedían. En cambio, no conseguí ser un hombre de televisión. Nunca me sentí cómodo.

- ¿Echa algo de menos?

- He tenido la enorme suerte de estar en el Berlín de la guerra fría, en Nueva York cuando las protestas por Vietnam y el asesinato de Robert Kennedy, la llegada del hombre a la Luna, la revolución cultural...

- ¿Cómo le gustaría ser recordado?

- No me importa en absoluto ese asunto. Te vas y te vas. Espero no dar la lata a nadie. No escribiré mis memorias y confío en que cuando muera no haya ni esquela. La vida es esto. Cada año que cumplo es uno menos y todos mis amigos íntimos ya han muerto. Asumo que tengo que desaparecer.

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