Las extrañas razones por las que varios condenados a muerte aplazaron su destino

Las extrañas razones por las que varios condenados a muerte aplazaron su destino

Ohio pospone dos años la ejecución de un preso al que no encontraron la vena para la inyección letal. No es el primer condenado que esquiva su destino

ANTONIO PANIAGUA

Iba bien cebado al matadero. Horas antes de entrar en la sala de ejecución, Alva Campbell comió macarrones, carne de cerdo, puré de patatas y leche. No se sabe si se le atragantó la comida cuando quienes tenían que dar con la vena para aplicarle una inyección letal se tiraron media hora pinchando en vano. Su salud era tan ruinosa que no atinaron a encontrar su torrente sanguíneo. El gobernador de Ohio tuvo que suspender el ajusticiamiento del reo, un hombre blanco de 69 años que purga en la cárcel una condena por un asesinato cometido hace veinte.

Este recluso de encías desnudas y cuerpo desmedrado tendrá que esperar al 5 de junio de 2019 para que le ejecuten. Así lo han decidido las autoridades, desoyendo las demandas de sus abogados para que se le conmutara la pena. Fueron ellos lo que avisaron de que iba a ser difícil cumplir la pena capital sin incurrir en ensañamiento. El presidiario tiene los pulmones hechos polvo, le falta el resuello, necesita un andador para moverse y arrastra una bolsa desde que fue sometido a una colostomía. No fue un espectáculo agradable ver el cuerpo de Campbell asaetado, ni siquiera para los familiares del chaval que pereció por los disparos de Campbell y que acudieron a la sala a ver sus estertores.

Hubo un momento en que pareció que los dos sanitarios iban a cumplir su objetivo. Palparon a conciencia el cuerpo del preso, atado a una camilla, y trataron de insertar vías intravenosas en su piel. Sin embargo, no hubo manera de acoplar el catéter en brazos o piernas. La sala de ejecuciones del Correccional del Sur de Ohio se quedó despoblada una vez que se devolvió a un maltrecho Campbell a su celda.

El director de Departamento de Rehabilitación de Ohio, Gary Mohr, trató de ofrecer una explicación. De acuerdo con su tesis, las venas de Campbell presentaban el martes un aspecto apto para proceder a la ejecución. Algo debió de ocurrir en su organismo para que la aguja patinara una y otra vez. Hay tretas para evitar el destino fatal de quienes pueblan el corredor de la muerte. Una consiste en evitar la ingesta de líquidos durante las horas anteriores al ajusticiamiento. De esta manera es más fácil sufrir una deshidratación, lo que dificulta el hallazgo del vaso sanguíneo. No parece que haya sido el caso del presidiario, cuyas enfermedades se hilvanan una detrás de otra hasta el punto de que la inserción de un catéter se convierte en un calvario.

Campbell ha llevado una vida errabunda por las penitenciarías. En 1972 fue condenado a 20 años de cárcel por asesinar a un hombre. Tras cumplir la pena y pasar cinco años en libertad condicional, en 1997 reanudó su historial delictivo. Fue detenido por un robo a mano armada. El 2 de abril de ese año, cuando se dirigía al juicio, simuló sufrir una parálisis, de manera que fue trasladado a los juzgados en silla de ruedas. Mediante ese engaño pudo arrebatar el arma al agente que le vigilaba. Sabedor de que con sus antecedentes una nueva condena le supondría la cadena perpetua, Campbell huyó a la desesperada. Charles Dials, de 18 años, tuvo la mala suerte de cruzarse en su camino. El prófugo robó su coche, secuestró al chico y le mató de dos disparos en la cabeza.

Es la tercera vez en la historia reciente de EE UU que se suspende una ejecución por un fallo. Dennis McGuire es un ejemplo de encarnizamiento. Este violador y asesino de 53 años padeció una atroz agonía antes de expirar, en 2014. La aplicación de la pena capital al recluso generó mucha polémica. Los verdugos usaron dos medicamentos nunca empleados con anterioridad, ante la negativa de una farmacéutica europea a permitirles el uso de sus barbitúricos. La inyección causó a McGuire tales jadeos y resoplidos que la defensa pidió, sin éxito, la suspensión de la pena. Transcurrieron 24 minutos desde que se le administró el compuesto hasta que falleció de manera oficial.

Si espeluznante fue la ejecución de McGuire, no se queda atrás la de Romell Broom, condenado a la pena capital por el secuestro y asesinato de una niña. Ni con 18 pinchazos lograron acabar con su vida. Y eso que colaboró con sus verdugos. Le cambiaron de postura, le flexionaron los brazos, se los masajearon, le pusieron toallas calientes y le ajustaron una y otra vez las gomas. Pero no hubo modo de encontrar la vena apropiada. El gobernador del Estado pospuso una semana la ejecución. Han pasado ocho años y Broom sigue en el corredor de la muerte.

Willie Francis, condenado a morir en 1945, a los 16 años, aguantó la descarga de 2.500 voltios cuando se sentó en la silla eléctrica. En 1947 tuvo que pisar el patíbulo por segunda vez para que le remataran, porque la primera vez abandonó la sala por su propio pie. Un guardia con demasiado alcohol en el cuerpo no había revisado bien el funcionamiento de 'La Horripilante Gertie', la silla eléctrica de infausta memoria en Luisiana.

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