El drama en los mares que se propaga cada día: camino a la «extinción»

El cadáver de un pez flota rodeado de algas en el golfo de México. :: r. c./
El cadáver de un pez flota rodeado de algas en el golfo de México. :: r. c.

La superficie de los océanos sin oxígeno se ha multiplicado por cuatro en las aguas abiertas, y por diez en las costeras

JAVIER GUILLENEA

Por si fueran pocas las millones de toneladas de plástico, los vertidos de barcos y oleoductos, la basura de toda especie y condición, los detritos, las sustancias tóxicas de las industrias y las extracciones mineras oceánicas, resulta que ahora viene el clima para darle al mar una nueva estocada. Siempre se puede ir a peor. Según un estudio encargado por las Naciones Unidas y publicado en la revista 'Nature', el tamaño de las zonas sin oxígeno en las aguas abiertas del océano se ha cuadruplicado desde mediados del siglo pasado, mientras que las áreas con muy poco oxígeno cerca de las costas se han multiplicado por diez. El estudio, el primero que analiza en profundidad este fenómeno, no deja muy bien parados a los mares. El progresivo calentamiento del agua debido al cambio climático está acelerando su defunción.

No es la primera vez que ocurre, y eso no hace más que aumentar la preocupación por lo que pueda pasar, porque ya se sabe lo que sucedió en otras ocasiones. Según Denise Breitburg, científica del Centro de Investigación Ambiental Smithsonian, de Estados Unidos, y autora principal del estudio, «los mayores eventos de extinción en la historia de la Tierra han estado asociados con climas cálidos y con la deficiencia de oxígeno en los océanos».

Con estos precedentes, no es de extrañar que la misma investigadora recuerde que la falta de oxígeno en los océanos puede provocar a largo plazo la extinción masiva de especies. «Bajo la actual trayectoria, es hacia allí a donde vamos; de continuar por este camino, las consecuencias para los seres humanos serán tan extremas que son difíciles de imaginar», advierte.

Las zonas muertas son grandes extensiones de mar que contienen muy poco o nada de oxígeno y en las que son muy escasos los organismos que pueden sobrevivir. La mayor parte de los animales que tienen la mala suerte de darse una vuelta por alguno de estos lugares no viven para contarlo, y a los que se salvan no les va demasiado bien: crecen menos y con enfermedades por culpa de los bajos niveles de oxígeno.

Zonas muertas bien conocidas son la bahía de Chesapeake, al este de Estados Unidos, y el golfo de México. La primera es un gran estuario alimentado por más de 150 ríos y arroyos de cuatro estados que durante décadas lo han convertido en una enorme alcantarilla. Por sus aguas campan a sus anchas pesticidas, productos farmacéuticos y desechos orgánicos de hogares, granjas y fábricas. Tanta porquería aporta a la bahía una gran cantidad de nutrientes que provocan floraciones masivas de algas que el sol no es capaz de atravesar. Cuando estas algas mueren y se descomponen en el fondo, aumentan los niveles de nitrógeno y fósforo y desaparece el oxígeno del agua. El desastre medioambiental llegó a tal punto que industrias, gobiernos, organizaciones ecologistas y científicos no tuvieron más remedio que ponerse de acuerdo para tratar de regenerar la bahía. Y parece que lo están consiguiendo. Poco a poco, las aguas de Chesapeake se están recuperando, lo que no se puede decir del golfo de México.

Explotaciones ganaderas

El tamaño de esta zona muerta ubicada frente a la desembocadura del Misisipi es de unos 23.000 kilómetros cuadrados. Sus aguas reciben grandes cantidades de fertilizantes transportados por el río y unas 335 millones de toneladas de excrementos de animales procedentes de explotaciones ganaderas. Al igual que en Chesapeake, tanto nutriente provoca un aumento de algas y plancton que a su muerte se llevan consigo el oxígeno.

Se calcula que en todo el mundo existen más de 400 zonas muertas de muy diferentes tamaños. En Europa, el área más afectada es el Mar Báltico, donde el oxígeno es más que escaso en cerca de 50.000 kilómetros cuadrados. En España este problema solo se ha dado en algunas rías gallegas, pero de manera esporádica, lo que siempre es un consuelo.

Además de la pérdida de biodiversidad, las zonas muertas pueden desencadenar la liberación de sustancias químicas peligrosas como el óxido nitroso, un gas de efecto invernadero 300 veces más potente que el dióxido de carbono. Este gas permanece en la atmósfera mucho tiempo y contribuye al calentamiento global, que, a su vez, hace lo que puede para asfixiar al mar.

Es un círculo vicioso del que, sin embargo, se puede salir. Para llevar un poco de aire nuevo a los océanos, el grupo de expertos que ha realizado el estudio propone concentrar esfuerzos en reducir la contaminación directa sobre las aguas mediante la mejora de los sistemas sépticos y de saneamiento, crear áreas marinas protegidas o zonas de no captura en lugares que los animales usan para escapar del bajo nivel de oxígeno y mantener las aguas bajo vigilancia constante para detectar con anticipación la aparición de nuevas zonas muertas. Parece ser que la receta funciona. Aunque muy lentamente, las poblaciones de pescado, cangrejo azul y ostras están regresando a la bahía de Chesapeake, lo que revela que no todo es imposible en esta vida.

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