Así funcionan los huertos del futuro: «Las ventajas son enormes»

Así funcionan los huertos del futuro: «Las ventajas son enormes»

Dos emprendedores convierten un refugio londinense de la Segunda Guerra Mundial en una granja urbana. No usan tierra, ni pesticidas, el agua se reutiliza y la temperatura es constante.

SUSANA ZAMORA

Era el 27 de septiembre de 1940. Más de 177.000 londinenses duermen ese día en el metro para protegerse de las bombas de la aviación nazi. Nunca habían acudido tan masivamente a esas instalaciones para huir del terror. Desde principios de ese mes y hasta el 10 de mayo de 1941, la capital británica fue asediada por la Luftwaffe, y el gobierno británico se vio obligado a construir refugios que protegiesen a la población de los continuos bombardeos aéreos. Inicialmente, se pensó en habilitar diez de estos espacios debajo de las estaciones del metro con el fin de que estos túneles de nueva construcción fueran utilizados después de la Segunda Guerra Mundial para prolongar algunas de las líneas del subterráneo más antiguo del mundo.

Al final, sólo se construyeron ocho. Uno de ellos permanece hoy intacto como el primer día, aunque con un uso bien distinto al que se pensó: donde antes hubo literas, oficinas gubernamentales e, incluso, se llegaron a fabricar aviones de combate, hoy hay una larga fila de estanterías llenas de bandejas en las que crecen brotes de rúcula, de mostaza castaña, de wasabi, brócoli, cilantro, guisantes, rábanos e hinojo. Allí, a 33 metros de profundidad, ajenos al trasiego vecinal del barrio londinense de Clapham, no hay ratas ni hedor a alcantarilla. Sólo un intenso olor a verdura y humedad, que llega de un huerto singular que forma parte de esa nueva revolución que es la agricultura urbana.

Este refugio, que llegó a albergar a 8.000 personas durante los bombardeos alemanes, consta de dos largos túneles, así construidos para que sirvieran para extender la línea de metro Northern, que une Londres de norte a sur. Pero el proyecto quedó en vía muerta y Steven Dring y su socio Richard Ballard vieron en estas instalaciones una oportunidad de negocio innovador. Ambos dieron un cambio de rumbo a sus carreras, relacionadas con el mundo de la empresa, para dedicarse a la agricultura urbana, inspirados por el biólogo estadounidense Dickson Despommier y su libro 'The Vertical Farm: Feeding the World in the 21st Century' (La granja vertical: alimentar al mundo en el siglo XXI). De este modo, el viejo refugio antiaéreo de Clapham, que llevaba 70 años en desuso y era propiedad de la compañía pública de transportes de Londres (TfL), comenzó su transformación en 2015 gracias a la inversión inicial de un millón de euros que consiguieron mediante crowdfunding y la aportación de un inversor privado.

Hoy, dos años después, facturan más de 70.000 euros mensuales y aspiran, en un plazo de cinco años, a abrir nuevos huertos subterráneos en el Reino Unido y, al menos, uno en el extranjero. Quieren crecer, porque con su actual infraestructura sólo obtienen entre 5.000 y 20.000 kilos de productos al año. El alquiler por 25 años del viejo refugio antiaéreo resulta «cien veces más barato» de lo que les costaría el mismo espacio en la superficie, aunque Dring (cofundador de este proyecto que han llamado 'Growing Underground') reconoce que el desembolso inicial para acondicionar todo el espacio de 10.000 metros cuadrados fue muy elevado.

Sólo la sala de cultivo, con un sistema de electricidad renovable, costó 676.000 euros, pero confiesa que su mantenimiento es mínimo. Se compone de luces led de color rosa, que van cambiando de intensidad para simular las fases del día, aunque con una particularidad: emulan el día durante la noche, porque la electricidad durante esas horas nocturnas es más barata.

Los brotes crecen por el método de la hidroponía, es decir, sin tierra, gracias a un sistema de riego de agua enriquecida con nutrientes. «Ya se usaba en la antigua Roma, pero empieza a desarrollarse con intensidad a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando ante la escasez de alimento en los barcos para dar de comer a los soldados, hubo que buscar un sistema para empezar a cultivar verduras y lechugas en las bodegas», explica Manuel Berenguer, ingeniero técnico agrícola y asesor en sistemas de hidroponía.

Asegura que, con respecto a los cultivos tradicionales, permite un mayor aprovechamiento del agua y un mayor control durante el riego, «ya que podemos saber cuánta agua aportamos, cuánto ha consumido exactamente la planta y qué cantidad ha sobrado. Además, es un sistema diseñado para poder reutilizar el agua sobrante, por lo que el aprovechamiento de la misma es del 100%», resalta.

La inversión inicial, más cara

Pese a que la apuesta por un sistema hidropónico puede suponer un 40 o 50% más de inversión inicial que un cultivo tradicional, «su amortización es relativamente rápida». «Al trabajar sobre un sustrato inerte y reducirse al mínimo las probabilidades de contagio de enfermedades por hongos y microorganismos, hay un menor uso de fitosanitarios para el control de plagas y, por tanto, el rendimiento y la calidad del producto es mayor», explica Berenguer. Para este experto, los beneficios medioambientales del sistema hidropónico son incuestionables, pues al ahorro y reutilización del agua y la electricidad hay que sumar el menor uso de pesticidas, lo que repercute directamente en un producto más natural, y una reducción de CO2 al ser cultivos urbanos y de proximidad que no requieren de largos transportes.

A todo ello, hay que sumar que este huerto no está sujeto a las inclemencias meteorológicas. En el refugio de Clapham da igual si es invierno o verano; si llueve o hace calor. Con una temperatura estable a lo largo del año, que puede estar en torno a los 14 o 16 grados, los brotes suelen tardar entre 20 días y un mes en crecer antes de ser empaquetados en el mismo refugio y distribuidos a una cadena de supermercados, a los puestos del mercado londinense de Borough Market y a restaurantes, gracias al apadrinamiento del chef Michel Roux Jr., que ha invertido en el proyecto. «Como estamos en lo que se llama agricultura de entorno controlado, podemos hacer un seguimiento de los cultivos mucho más exhaustivo que los productores tradicionales», explica Dring.

Tras su recolección y su envasado, el objetivo es enviar estos germinados lo más rápidamente posible a los clientes para conservar su máxima frescura. La producción diaria es de unos 2.000 paquetes, de 80 gramos cada uno, con mezclas de ensaladas en variedades inglesa, italiana, india, asiática y japonesa, con un coste de 2,8 euros la unidad.

Así, en cuestión de horas, pueden tener disponibles verduras frescas de calidad, gracias a la proximidad con este huerto urbano, que además de reducir los costes de transporte y contaminación, impulsa la creación de empleo en su entorno. «Hay que crear nuevos espacios fértiles para afrontar el crecimiento de la población», apunta Steven Dring, quien advierte que la capital británica, que actualmente tiene 8,7 millones de habitantes, superará los diez millones a mediados de la próxima década.

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