El peligro que amenaza a nuestros animales: «Nuestro análisis muestra una imagen poco alentadora»

Esperando la lluvia. La laguna de Gallocanta, donde la sequía ha alterado el comportamiento de las grullas. /F. SIMÓN
Esperando la lluvia. La laguna de Gallocanta, donde la sequía ha alterado el comportamiento de las grullas. / F. SIMÓN

En el Día Mundial de los Humedales, naturalistas y ecologistas claman por su conservación. Estos espacios, que acogen el 45% de los ecosistemas naturales del planeta, cada día se encuentran más amenazados. En España, 60 de los 74 analizados están en peligro, por culpa de la sequía y del robo de agua

IRMA CUESTA

Cualquiera que conozca Doñana sabe que, cada otoño, las 27.000 hectáreas que conforman su marisma se encharcan con las primeras lluvias. Luego, cuando llega el invierno, aquello se convierte en una especie de lago poco profundo que en primavera se irá cubriendo por las flores de los ranúnculos, castañuelas y bayuncos. En verano, la marisma es ya un desierto. Todo eso es parte de lo que lo convierte uno de los lugares más espectaculares de España.

Los humedales de la que es una de las zonas naturales protegidas más importantes de Europa abarcan territorios de las provincias de Sevilla, Huelva y Cádiz, y hoy es uno de los lugares a los que miran con preocupación organizaciones como SEO/Birdlife; conservacionistas que, en el Día Mundial de los Humedales, echan el resto tratando de alertar sobre el preocupante estado en el que se encuentran muchos de ellos.

Doñana es solo uno de los 74 que España ha registrado en el Convenio Ramsar, una suerte de club internacional del que forman parte 160 países que se han marcado como objetivo protegerlos. 303.090 hectáreas que deberíamos conservar mejor de lo que hacemos, si uno escucha a Roberto González, especialista de la Sociedad Española de Ornitología. La organización acaba de hacer público un informe sobre el estado de los humedales de importancia internacional en España y el dictamen resulta demoledor: 60 de los 74 ecosistemas analizados están amenazados o muy amenazados por la gestión del agua (60%), factores climáticos como las sequías o las inundaciones (38%), la agricultura (38%), la contaminación y otros impactos humanos (36%). Un mal diagnóstico que no ha hecho más que empeorar por culpa de la sequía que en los últimos meses amenaza, dicen, con convertir España en el desierto de Europa.

En medio de esta realidad, los ecologistas claman demandando que la planificación hidrológica, es decir, el uso del agua, asuma las sequías como una circunstancia de normalidad del clima mediterráneo, habiendo hecho antes bien los deberes. «La planificación debe estar basada en llegar a un estado de conservación bueno de los humedales para que cuando llegue un periodo de sequía podamos soportarlo. Pero si los humedales están enfermos, seremos incapaces de lograrlo», afirma Roberto González. El ornitólogo asegura que estas amenazas, principalmente la gestión del agua y la sequía, llevan a la desestructuración del funcionamiento del ecosistema y provocan afecciones en lo que se conoce como cadena trófica; ese proceso de transferencia de energía alimenticia a través de una serie de organismos, en el que cada uno se alimenta del precedente y es alimento del siguiente.

Es larga la lista de demandas de quienes defienden que estamos obligados a preservar nuestros humedales con el mismo celo con el que protegemos maravillas arquitectónicas como la catedral de Burgos. Los conservacionistas luchan contra los fallos en la memoria social, que nos hacen olvidar tiempos no tan lejanos en los que la ausencia de agua era un problema y creer que estamos ante un bien inagotable. Eso, mientras demandan cambios en la Administración, que, aseguran, no hace todo lo que debería ni pone orden en el consumo agrario, un área que se lleva el 80% de nuestros recursos hídricos. «Nuestro análisis muestra una imagen poco alentadora del trabajo desarrollado para la conservación en España, con una falta clara de compromiso por parte de las Administraciones, que siguen sin aportar la información necesaria a la Secretaría de Ramsar», mantienen desde SEO/Birdlife. «En este país se viene alardeando de que vamos a hacer un pacto del agua, pero no queremos pactos políticos, necesitamos pactos sociales, y lo que tenemos que hacer es cumplir la Directiva Marco del Agua que este país se salta continuamente», corrobora la directora ejecutiva de SEO/Birdlife, Asunción Ruiz.

Es normal que fijen su atención en la agricultura y en su sed insaciable. Solo el parque nacional de Doñana está rodeado por 40.000 hectáreas de cultivos de arroz y 6.000 hectáreas de fresas y otros frutos de invernadero. Y todo eso necesita de ese líquido precioso.

No hace tanto, Felipe Fuentelsaz, representante de la ONG World Wildlife Fund (WWF), aseguró que los pesticidas agrícolas, aunque de un modo u otro afectan al entorno del parque natural, no son el principal problema de éste, sino el robo del agua por los pozos ilegales y la sobreexplotación del acuífero, el mal estado del estuario o el dragado del Guadalquivir. Vamos, que las dificultades hacen cola a la puerta de la reserva.

Los más necesitados

Además de Doñana, ese espacio natural que muchos recordamos como lugar de descanso de más de un mandatario extranjero -Helmut Kohl llegó a decir que lo único que echaba de menos de ser presidente de Alemania era disfrutar de Doñana-, el Mar Menor, el delta del Ebro, La Albufera y las Tablas de Daimiel encabezan la lista de los más necesitados. Son los cinco espacios cuyo futuro pintan peor los conservacionistas, pero no lo únicos. Porque si 60 de nuestros 74 ecosistemas evaluados están seriamente amenazados según la SEO, en 23 de ellos el problema es grave. «Por ejemplo, en las Tablas de Daimiel se han perdido 500 hectáreas del humedal, casi un 60% de su extensión», detallan.

Por no hablar de La Albufera, ese paraíso valenciano que en los años 70 era una laguna de aguas transparentes que dejaban pasar la luz hasta el fondo generando una alfombra de plantas subacuáticas, consideradas el motor del humedal y la característica que hizo su ecosistema único en Europa, y del que los ecologistas opinan que hoy solo queda el recuerdo. «Por ejemplo, en los años 80 este espacio albergaba a miles de parejas de patos colorados y hoy en día solo cuenta con 33 parejas concentradas en filtros artificiales y no libres en sí», explica González. En cuanto al Delta del Ebro, apunta que uno de los principales problemas llega de la mano de las construcciones que se están llevando a cabo en su entorno, que hacen que la cantidad de agua y de sedimentos que llega al mar sea cada vez menor. Tampoco se libra el Mar Menor, una de las lagunas que encabezan esa lista negra y a la que el aumento de las áreas de regadío, la sequía y la utilización de fertilizantes ponen en grave peligro.

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