La 'cherokee' que amenaza a Donald Trump

La 'gran dama' de la izquierda estadounidense, como la llaman los medios, en un acto en defensa de los inmigrantes en Washington./EFE
La 'gran dama' de la izquierda estadounidense, como la llaman los medios, en un acto en defensa de los inmigrantes en Washington. / EFE

La senadora demócrata a quien Trump llama 'Pocahontas' no puede probar tener ascendencia cherokee, pero podría ser quien le corte la cabellera en los comicios de 2020

ICÍAR OCHOA DE OLANO

La mujer a la que Donald Trump llama con desprecio 'Pocahontas' en un intento recurrente de burlarse de su presunta ascendencia cherokee podría ser la misma que le arrebate el sillón del Despacho Oval en 2020. Decir esto puede ser mucho correr. El presidente número 45 de los Estados Unidos aún no ha llegado al ecuador de su mandato; el partido demócrata sigue juntando añicos un año después del mazazo de su victoria, y Elizabeth Warren, su más firme valedora, resulta seguramente más de izquierdas de lo que la formación azul puede asumir sin indigestarse. Pero, por si acaso, el dirigente platino no pierde ocasión para intentar desprestigiarla, venga o no a cuento, esté o no presente, tachándola de «mentecata» o invocando a la Malinche de Norteamérica, la hija favorita del jefe indígena Powhatan, que se enamoró de un colono inglés.

La última vez ha sido esta misma semana, en un acto de homenaje a nativos estadounidenses, excombatientes de la Segunda Guerra Mundial. «Ustedes estaban aquí mucho antes que ninguno de nosotros», dijo el engolado anfitrión a los representantes indígenas. «Aunque tenemos una senadora en el Congreso que dice que estaba aquí desde hace mucho tiempo. La llaman 'Pocahontas'», soltó mofándose por enésima vez de Warren.

Esta vez, el blanco doméstico preferido por Trump y por su egolatría chusquera ha preferido dejar correr el agua sucia. Probablemente, por aburrimiento. En ningún caso por intimidación. Si hay algo que la senadora azul de Massachusetts ha demostrado desde que en 2008 se hizo un hueco en la escena política nacional de la mano del presidente Obama, es que no teme a Wall Street, ni tampoco a los magnates histriónicos, por mucho que se hagan con las llaves de la Casa Blanca.

Aún así, la valía de esta exprofesora de Derecho de la Universidad de Harvard no reside tanto en su arrojo a la hora de plantarse ante Trump para calificarle de «pequeño avaro inseguro y pusilánime» o de «hombre desagradable capaz de aplastarte para conseguir lo que quiere», como en su formación, derivada en buena medida de sus aleccionadoras vivencias en una familia que sufrió serias estrecheces. Nacida a finales de los cuarenta en Oklahoma City -uno de los corazones de la descentralizada América profunda-, fue la última de los cuatro hijos que tuvieron Donald y Pauline Herring. Él, un humilde empleado de mantenimiento; ella, un ama de casa hasta que la cardiopatía de su marido, que fallecería precozmente, le obligó a comenzar a trabajar en unos grandes almacenes para pagar la abultada minuta médica y a pedir a la benjamina del clan que con solo trece años se pusiera a servir mesas en el restaurante mexicano de su tía.

Pasarían décadas antes de que Elizabeth Herring -más tarde Warren al adoptar el apellido de su primer marido- adquiriese conciencia política y se dedicara profesionalmente a ello. Primero tuvo que abandonar sus estudios de Derecho para casarse con 19 años, regresar a la universidad siendo madre y convertirse en una de las máximas autoridades en la legislación sobre bancarrotas personales. Lo haría tras exhaustivas investigaciones de campo que le llevaron a la conclusión de que la mayor parte de las quiebras en las familias de clase media, como la suya, se desencadenaban, aún en tiempos de bonanza, tras una enfermedad, un divorcio, la pérdida del trabajo o un ingreso en la universidad.

El estallido de la burbuja inmobiliaria y la crisis de 2008 colocaron su especialidad en el centro del debate y a la profesora Warren, al frente de un encargo presidencial: el diseño de una agencia de protección de los consumidores de productos financieros que limitara los abusos de los bancos y la repetición de estafas como la de las hipotecas basura. Se suponía que ella presidiría la oficina, pero Obama acabó inclinándose por un candidato menos socialista. En 2012 conquistaba el escaño del Senado por Massachusetts -el mismo que Ted Kenneddy mantuvo durante décadas- con un sugerente discurso sobre las desigualdades, los abusos de Wall Street y la erosión de la clase media que nadie más en el partido demócrata ha sabido o ha querido trasladar.

Ese mismo año, a la correosa jurista que defiende a la clase media trabajadora en contra de las grandes corporaciones y de los desmanes de Wall Street se le ocurrió comentar en una entrevista que siempre oyó hablar en su casa de su ascendencia «nativa americana» por parte de su madre, algo que no ha podido probar y que los republicanos no le perdonan. Le acusan de exhibir una presunta pertenencia a una minoría indígena para, en palabras del propio Trump, conseguir trabajo en Harvard porque «todo en su vida es un fraude». Veremos si en su reválida, dentro de tres años, conserva la cabellera.

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