Los famosos diseñadores que han caído en desgracia

Los famosos diseñadores que han caído en desgracia

Cada vez más modisto pierden las firmas demoda que fundaron y con las que triunfaron

LUIS GÓMEZ

Es posible que el nombre del veterano modisto de Filadelfia Ralph Rucci no diga demasiado en el circuito mundial del diseño, pese a estar considerado ‘el tesoro nacional de la moda americana’. Gracias a su ropa, Nueva York sigue llegando a la elegancia de la alta costura. Sin embargo, pese al prestigio labrado en las últimas décadas, tampoco se ha librado de una maldición que atenaza a cada vez más creadores que pierden su marca homónima.

Como tantas agujas consagradas, Rucci se quedó de la noche a la mañana sin la empresa que fundó en 1994. La abandonó para dedicarse «a otros proyectos creativos». Siguió la trágica estela de colegas que caen en desgracia y recurren a eufemismos para ocultar sus fracasos profesionales. Son los sin nombre. El mal fario castiga por igual a nacionales que extranjeros. La lista es interminable:Roland Mouret, Calvin Klein, los rehabilitados a tiempo John Galliano y Yohji Yamamoto, Martin Margiela, Alessandro Dell’Acqua, Jil Sander, Paco Rabanne, Danielle Issa... Y el número no deja de crecer.

Aunque las razones son diversas, algunas de las agujas más renombradas de España han desaparecido del mapa principalmente por desacuerdos financieros con sus socios. Es el caso de Josep Font (Santa Perpètua de Mogoda, Barcelona, 1964), que al frente de Delpozo arrasa en Estados Unidos. Se ha convertido en uno de los modistos de cabecera de Melania, la mujer de Donald Trump. Antes de volver a tomar aire, sufrió su personal travesía del desierto. En los años cruciales de su carrera, contó con el apoyo y la financiación de una abogada catalana de prestigio –Carmen Ayats–, que en 1992, tentada por la aventura de la moda, invirtió sus ahorros en la empresa creada un año antes por el diseñador y un par de amigos y terminó convirtiéndose en la accionista principal.

Tras 18 años de estrecha colaboración laboral, en mayo de 2010, aquel acaramelado romance concluyó con un divorcio que terminó dirimiéndose en los tribunales.Font, que coronó un 2017 sensacional vistiendo a la reina Letizia con un entallado traje azul oscuro casi negro con hombros al aire y rematado en la pechera con una flor en tres dimensiones, recurrió a los jueces después de que la crisis económica golpeara la empresa, diezmara la facturación y redujera sus ingresos a la mitad. Fue tal la animadversión surgida entre la mecenas y el modisto que la sustituta de este, Ana García, llegó a declarar que ni conocía a Font. Pero el talentoso Josep Font (hombre) sin Josep Font (marca)ha conquistado Manhattan trabajando para la firma creada en los ochenta por Jesús del Pozo.

‘Esto no tiene ángel’

Peor suerte ha corrido un hundido Ángel Fernández Ovejero, verdadero nombre de Ángel Schlesser, que sigue lamentando que otros utilicen su antigua identidad comercial. Una guerra sin cuartel mantienen desde 2013 el diseñador cántabro y ÓscarAreces, principal apoyo económico. El sobrino del expresidente de El Corte Inglés le demandó por estafa, falsedad documental e incumplimiento de contrato. El año pasado, Schlesser echó mano de sus amigas modelos para intentar tumbar la colección elaborada por el equipo creativo contratado por Areces. ‘Esto no tiene ángel’, fue el grito de guerra que expandió por las redes sociales.

Estas batallas dan cuentan de cómo se las gastan algunos de estos desheredados. «Perdí la propiedad, pero, por otro lado, me siento como si me hubiera liberado de una pesada carga. No habrá ninguna batalla familiar por problemas de dinero, herencia o stock». Así se dirigió Yohji Yamamoto a su amigo Wim Wenders en una carta publicada al comienzo de su autobiografía, ‘My dear bomb’. El diseñador japonés sufrió los estragos de la crisis y en 2009 se vio obligado a entrar en concurso de acreedores. Por fortuna, un fondo de capital riesgo apareció a tiempo y salvó su nombre y negocio. Recibió un merecido premio, porque sin Yamamoto la moda bajaría varios peldaños.

También habría perdido vigor de no haberse cruzado Martin Margiela en el camino de un proscrito John Galliano, al que Dior puso de patitas en la calle después de que el Tribunal Laboral de París diera la razón a la firma de moda en el cese del gibraltareño por su «comportamiento particularmente odioso», tras proferir insultos antisemitas a una pareja en un café de Le Marais. De nada le sirvió alegar una triple adicción al alcohol, los somníferos y el valium para que le redimiese LVMH, el mayor conglomerado del lujo mundial.

Curiosamente, el diseñador belga Martin Margiela, que cayó en las garras del tiburón Renzo Rosso, dueño del grupo Diesel, se marchó de su empresa como ha transcurrido toda su carrera artística: sin dar la cara. Poco pudo hacer para recuperar el control de la marca. El paradero de uno de los miembros de ‘Los Seis de Amberes’ sigue siendo una incógnita. Sí se sabe de lo mal que han caído Roland Mouret, el exmodelo reconvertido en mentor de Victoria Beckham, y Thierry Mugler, el diseñador que reinventó la moda francesa junto a Jean Paul Gaultier a finales de los 80. El nuevo giro del lujo global les retiró de la circulación. Aunque son excepción, otros, como Calvin Klein, que ganó 400 millones de dólares, y Donna Karan, lo hicieron de forma voluntaria tras pegar sendos pelotazos con la venta de sus empresas. Conviene tener cuidado con la moda porque a veces es un juego peligroso en el que todo se puede perder, incluso el nombre.

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