6 españoles a los que les va a cambiar la vida en 2018

6 españoles a los que les va a cambiar la vida en 2018

Eduardo lo estrenó entrando en prisión, Marta dará a luz en unos días a su primer hijo, Francisco será cura, Marifé al fin respira tras un trasplante... a todos ellos 2018 les va a cambiar la vida

SUSANA ZAMORA

Hace una semana, medio mundo agotaba impaciente los últimos segundos de 2017. El tiempo corría irremediablemente hacia la medianoche, pero hubo relojes que se detuvieron en ese instante. Para sus propietarios, justo en ese momento arrancaba la cuenta atrás del inicio de una nueva vida. En sus agendas, aún con olor a nuevas y con todos los días en blanco, ya había fechas marcadas en rojo. Mientras unos se profesaban los mejores deseos e imaginaban qué depararían los siguientes 365 días, Eduardo, Marta, Ana, Francisco, Marifé, Gabriel y Qurban ya sabían que 2018 será excepcional, un punto de inflexión que cambiará sus vidas para siempre. Ser madre, ordenarse sacerdote, superar una grave enfermedad, trabajar por primera vez, desfilar con la Legión, entrar en prisión, reunirse al fin con la familia tras haber buscado asilo en España... Ninguno de ellos volverá a ser el mismo este año. En unos casos, por decisión propia; en otros, por un destino caprichoso e inoportuno. Dicen los expertos que los cambios son inevitables, que son parte de la vida y si se vence el miedo que generan, el futuro puede ser mucho mejor.

Eduardo Benítez Preso

«Nunca imaginé empezar el año en la cárcel»

Con esa filosofía encara Eduardo Benítez el año nuevo, que lo estrenó con su entrada en la cárcel el 2 de enero. Pese al mazazo inicial de la noticia y la angustia por tener que dejar a su mujer y sus dos hijos fuera, este hombre de 32 años lo afronta con determinación y fortaleza. «No queda otra; soy padre de familia y las cosas hay que afrontarlas como vienen, porque cuando se cierra una puerta siempre se abre una ventana».

Su testimonio a este periódico lo hace a dos horas de entrar nuevamente en la Prisión Provincial de Málaga porque, tras ser detenido en 2012 por un delito relacionado con drogas y permanecer en prisión preventiva durante nueve meses, logró salir en libertad provisional bajo fianza de 30.000 euros. Benítez se declaró culpable para evitar males mayores, pero eso no le libró que de que en la sentencia de conformidad, el juez le impusiese una pena de tres años de prisión y el pago de una responsabilidad civil que, de no abonarla, tendría que asumir con más tiempo de cárcel. «Fue un error en mi vida», reitera Benítez, que nunca imaginó tener que volver al penal, al menos, como lo ha hecho ahora. «Confiaba en que la Justicia me hubiera concedido el tercer grado y haber podido continuar con la vida normalizada y en familia que he llevado estos años», asegura. Tras salir de la cárcel, Benítez se casó y tuvo un hijo, que ahora tiene tres años y medio. Tiene otro mayor, de 14, que entiende lo que ocurre, «pero, qué le digo al pequeño; cómo le explico que no va a volver a ver a su padre en mucho tiempo», se lamenta. Su vida dio un vuelco el 12 de diciembre, cuando le llegó la carta para que entrase en prisión en el plazo de 10 días, en plenas navidades. Logró retrasarlo, pero el 2 de enero, a las ocho de la tarde, cumplía la prórroga. A partir de ese momento, el año nuevo de Eduardo se volvió un «año difícil», que ha truncado su vida y la ha puesto en ‘standby’. Eso sí, confía en que cuando la retome vuelva a ser la persona que ha sido siempre.

Marta Gómez Madre primeriza

«Ser madre es algo mágico y sé que ya nada será igual»

No está tan segura de volver a ser la misma Marta Gómez, quien en apenas unos días será madre por primera vez. Está nerviosa, ilusionada, impaciente. Sale de cuentas el 15 de enero y está convencida de que su hija, Sofía, le cambiará la vida. A partir de la llegada de su retoño a casa, ya nada volverá a ser igual. Sin embargo, esta librera de 34 años no cree que ese cambio vaya a ser tan dramático como algunos se empeñan en decirle. «A mi marido y a mí nos encanta viajar y no creo que vayamos a dejar de hacerlo; simplemente, iremos a otro ritmo».

Asegura que es consciente del desafío, porque no ha dejado de leer e informarse durante meses, pero también de que esta «aventura» la pondrá a prueba como persona. «Creo que va a ser algo mágico e irrepetible, que marca un antes y un después con todo lo vivido hasta el momento».

Su vida dará un giro de 180 grados, pero Marta asume que acabará lijando aristas de su personalidad para que encajen en el nuevo puzle familiar. «Siempre he sido una persona muy metódica y sé que tendré que cambiar, convertirme en una persona más paciente y acostumbrarme a ser más flexible para adaptarme a circunstancias imprevistas», augura esta madre primeriza «sin miedo a lo que está por venir».

Ana P. Vertedor Exopositora

«Aprobar la oposición me ha devuelto a la vida»

Unos nacen y otros renacen, como la propia Ana Patricia Vertedor define su nuevo estado vital. Tras ocho años preparando oposiciones para entrar en el cuerpo de Letrados de la Administración de Justicia (antiguos secretarios judiciales) y vivir casi en enclaustramiento monacal, 2018 es el año de su renacimiento. «Es volver a la vida», afirma, es cerrar por fin ese paréntesis que abrió cuando acabó Derecho en la Universidad de Málaga y decidió qué quería ser en el futuro. «Lo que nunca imaginé es que tardaría tanto en conseguirlo», reconoce Ana Patricia, de 32 años, que finalmente el pasado año logró en su sexto intento superar las tres pruebas que le dan el pasaporte directo a la Administración de Justicia.

Ya en primero de carrera tuvo claro a qué quería dedicarse. Una amiga suya le metió el gusanillo en el cuerpo, pero nunca calibró la dificultad de la empresa. Doce horas diarias de estudio, con apenas una tarde libre a la semana y dos ratos para hacer algo de deporte. Sin sábados ni domingos ni fiestas ni vacaciones. En el camino se quedaban algunos amigos (los buenos siguen ahí) y también algunas parejas, incapaces de aguantar una relación de mínimos. Así durante ocho años y varios tropezones en el camino. Pese a todo, sólo una vez flaqueó y a punto estuvo de tirar la toalla. Fue la cuarta vez que se presentaba, pero siempre tuvo a la familia de su lado, que, junto a su preparador, la ayudaron a levantarse y a recobrar las fuerzas para seguir. «En el fondo, creo que nunca lo hubiera dejado. En plena crisis, era difícil plantearse otra cosa». Ahora, toca formarse para el momento de la verdad y para encajar el destino que le toque. Puede ser en cualquier punto de España. «Es lo que menos me preocupa; cualquier cosa que me venga es maravillosa comparada con casi una década encerrada estudiando», declara Ana, que prevé que empezará a trabajar en mayo. Será la primera vez en su vida. Todavía recuerda la sensación cuando el 31 de diciembre tomaba las uvas. «¡Hacía tanto tiempo que no sentía tanta tranquilidad y tanta alegría en un fin de año...!». Ana asegura que en 2018 se le abre un mundo, que es desconocido, pero al que no tiene miedo enfrentarse. Sólo quiere vivir, poder viajar, conocer gente nueva y recuperar, en cierto modo, los ‘años perdidos’. «Cuando estás estudiando, sí crees que puedes estar desaprovechándolos si al final no apruebas, pero ahora, con perspectiva, están bien empleados».

Francisco Pinilla Será sacerdote

«Mi vida a partir de ahora será de entrega a los demás»

Quien sí se planteó en algún momento dedicarse a la vida monacal fue Francisco Pinilla, que en marzo será ordenado diácono (no puede confesar ni consagrar) y, antes de que acabe el año, presbítero (sacerdote). A sus 31 años, este segoviano de nacimiento, pero residente en Basauri (Bizkaia), afronta un cambio «radical», porque su vida la dedicará a otros, que pasarán a ser su prioridad. Con 18 años, afrontó su primera gran renuncia cuando inicialmente pensó en estudiar Medicina, Informática o Periodismo, y acabó haciendo en Salamanca la carrera de Teología. «Uno no repara en las cosas a las que renuncia cuando está tan contento con algo como lo estoy yo. En realidad, no notas ese vacío, porque ya tienes el corazón lleno». Tras acabar la carrera, pensó en ser monje e, incluso, llegó a abandonar el seminario para trabajar en la Universidad y «probar la vida de trabajador y estudiante», pero ninguna de esas experiencias acabó por llenarle. «Cuando hablaba con mis compañeros que ya eran curas, me decía a mí mismo que quería ser como ellos, poder servir a los demás, atender sus necesidades y supeditar mi vida a sus prioridades y no a las mías. En realidad, es la forma de vida que llevó Jesús y la que yo ahora quiero seguir», sentencia Pinilla.

Marifé Polo Trasplantada

«Me han resucitado y ahora sólo quiero vivir»

Y para fe, la que Marifé Polo tiene en la Sanidad española, a la que le atribuye el «milagro» de devolverla a la vida. Literal. A sus 59 años ha vuelto a nacer, después de someterse a un doble trasplante de pulmón en el Hospital Puerta de Hierro (Madrid). Esta madrileña echa la vista atrás y casi no se cree lo que ha superado.

Fue su oncólogo, al que visitaba periódicamente para vigilar que no se reprodujese el melanoma que le detectaron con 36 años, el que dio la voz de alarma al comprobar que había un problema en los pulmones. Se llamaba Lam (linfagioleiomiomatosis), una enfermedad poco frecuente, que destruye el tejido pulmonar sano y acaba limitando su función.

A Marifé, que en aquel momento tenía 50 años, se le vino el mundo encima. Su estado de salud fue empeorando, perdió a su marido de cáncer, tuvo que dejar de trabajar y apenas podía sobrellevar el día a día porque se ahogaba. Han sido nueve años de enfermedad, los tres últimos en una agónica lista de espera, pegada al teléfono y agarrada a la esperanza de nuevos órganos que evitaran el fatal desenlace. Llegó el pasado año. Aquella llamada del hospital, a las cuatro de la madrugada, le sonó casi celestial, pero su andadura terrenal aún no había acabado.

Aún hoy se emociona al pensar que alguien que perdió su vida logró devolverle a ella la suya. Fueron ocho horas de operación con un postoperatorio sin rechazo y una recuperación «fabulosa». En Nochevieja, junto a sus hijos, solo tenía recuerdos y agradecimiento para su donante y para el equipo médico que obró el milagro de «resucitar» a Marifé. Ahora, después de una década limitada por la enfermedad y sin poder separarse del oxígeno para respirar, sólo quiere vivir. Ir al teatro, adonde nunca había ido hasta el pasado año; salir a ver las luces de Navidad, coger a sus nietos en brazos y, ahorrar, para ir este verano a la playa. «Sólo he estado dos veces en mi vida y me encantaría pasar con mi familia una semanita junto al mar». Esta mujer, a la que nunca le asustó la muerte y que incluso donó su cuerpo a la ciencia, se siente con fuerzas para seguir adelante con una calidad de vida que casi había olvidado.

Gabriel Torres Futuro legionario

«Voy a cumplir mi sueño: ser militar»

Dispuesto también a comerse el mundo está Gabriel Torres Olveira, quien a sus 19 años cumplirá en 2018 el «sueño» de su vida. El pasado 20 de diciembre recibía la noticia: había superado las pruebas de acceso al Ejército de Tierra. Este mismo lunes comenzará la instrucción y, tras superar una fase general, completará su formación con otra más especializada y ahí es donde alcanzará su meta: ser legionario. «Es un cuerpo que siempre está a la vanguardia y son los primeros en participar en misiones internacionales», destaca Torres. Es consciente del espíritu de sacrificio y la dureza que conlleva la disciplina militar, «pero sarna con gusto no pica», bromea este madrileño de nacimiento, afincado en Málaga.

Pese a que desde muy pequeño sabía que quería dedicarse a esto, intentó sacar la carrera de Criminología tras acabar Bachillerato. «No aguanté ni el primer trimestre. Haciendo la matrícula, ya sabía que aquello no era para mí. No me equivoqué». Ahora, está dispuesto a sacrificar tiempo con la familia y con amigos, y sobre todo a renunciar a la libertad de movimientos actual. Su vida estará supeditada a normas, a reglamentos y órdenes, pero Gabriel está dispuesto a pagar ese peaje si al final logra participar en una misión humanitaria.

Qurban Al Khaqan Refugiado

«Tras llegar mi familia, este año será muy importante»

Desde que en 2013 llegó a España, su vida ha sido un sinvivir sabiendo que dejaba atrás a la familia. Qurban Al Khaqan entró con un visado especial para personal de Naciones Unidas con motivo de los Juegos Olímpicos. Huía de los talibanes, quienes lo habían puesto en su punto de mira por trabajar como jefe de seguridad de un campamento de la ONU en Afganistán. Su mujer e hijo escaparon a Pakistán. Tardó dos años en conseguir el estatuto de refugiado, paso previo e imprescindible para solicitar la extensión familiar y así poder reunirse con ellos en España. Pero los trámites no han sido fáciles e, incluso, su esposa tuvo que viajar de nuevo a Afganistán, con el grave riesgo que entrañaba, para conseguir parte de la documentación que la Embajada española les exigía. Qurban ha contado en todo momento con el apoyo de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), donde actualmente trabaja como técnico de inserción socio-laboral. Ahora es «feliz» después de que el pasado 30 de diciembre llegara por fin su familia a Madrid. Atrás quedó el sentirse culpable por no estar con ellos y la angustia y la incertidumbre de si saldría todo bien. «2018 va a ser un año muy importante, lleno de proyectos (el primero, encontrar una vivienda) y espero que el inicio de una vida más feliz y digna».

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