El drama de las enciclopedias que compramos hace años por un 'dineral'

El drama de las enciclopedias que compramos hace años por un 'dineral'

Las librerías de segunda mano 'alargan' la vida de las bibliotecas heredadas. El problema es lo poco que se paga y que les cuesta aceptar enciclopedias

JOSÉ ANTONIO GUERRERO

A finales del siglo XVIII, dos miembros de la RAE se jugaron el tipo para traer de París los 28 volúmenes de 'L'Encyclopédie', la primera enciclopedia francesa que contenía todo el saber humano de la época. La gesta (la obra estaba prohibida en la España dieciochesca para que el pueblo no se 'contaminara' con las nuevas ideas que alumbraba la Ilustración) está deliciosamente novelada por Arturo Pérez-Reverte en 'Hombres buenos' (Alfaguara, 2015), donde el escritor narra la sucesión de intrigas y sabotajes a los que se enfrentan los dos académicos, incluyendo un duelo a muerte al amanecer (¡cómo no!) en el prado de los Campos Elíseos.

Aquella empresa culminó con éxito y hoy la colección completa, los veinte tomos «en cuerpo grande, encuadernados en piel de color castaño claro desvaída por el tiempo y maltratada por dos siglos y medio de uso», fijan y dan esplendor a la monumental biblioteca de la Real Academia Española. 16.500 páginas y 17 millones de palabras que podemos considerar la madre de todas las enciclopedias universales que vinieron detrás. Por ejemplo, aquellas de Larousse, Espasa, Salvat, Sopena, Plaza Janés, Planeta-Agostini... que nuestros padres y abuelos compraban a plazos y exponían con orgullo en la estantería central del salón, como una ventana al conocimiento por la que se asomaba, además, cierto estatus social y cultural.

No había familia en la España de los 70 y 80 que no se endeudara hasta las cejas adquiriendo un diccionario enciclopédico con el afán de ampliar los horizontes de sus hijos. Imprescindibles ayer como material de consulta, aplastadas hoy por Google y la Wikipedia, las enciclopedias son material de derribo, reliquias de otro tiempo que languidecen en alguna balda perdida de casa y se ofertan (pero no se venden) a precios irrisorios en las webs de anuncios. Nadie las quiere. Se diría que hasta molestan. Quien desea deshacerse de ellas tras recibirlas en herencia o al tropezarse con sus pesados tomos en alguna mudanza no encuentra comprador ni a tiros. Y las librerías de segunda mano no suelen aceptarlas, algunas ni regaladas, porque no las venden y ocupan mucho espacio.

Marina Pérez gestiona una librería solidaria, se llama Melior y pertenece a la Fundación del mismo nombre. Reciben donaciones de libros a diario. Los que están en peor estado o no tienen salida se destinan a reciclaje. Ahí van casi todas las enciclopedias. El resto de ejemplares se pone a la venta a precios simbólicos: 1, 2 ó 3 euros, aunque los hay también a partir de 20 céntimos. Con el dinero recaudado proporcionan material escolar a familias sin recursos.

Los fondos de Melior provienen, por un lado, de gente que hereda las librerías de sus padres o abuelos y no sabe ni qué hacer, ni dónde meter tanto libro; y por otro, de familias que cambian de piso y, ya metidas en el fregado de la mudanza, aprovechan para purgar una parte importante de sus 'papeles'. Y en ese saco caen con frecuencia unos cuantos diccionarios enciclopédicos que consideran caducos. «Esta misma semana hemos recibido de una señora mayor sesenta cajas de libros. Había unos 1.500 ejemplares, y siempre hay decenas de volúmenes de alguna enciclopedia. Las que son temáticas, de Arte o Historia, sí tienen alguna salida, pero las clásicas van directamente al reciclaje... y es una pena porque su valor sentimental corre a la par que el económico», cuenta Marina refiriéndose a todos esos donantes que recuerdan con un poso de nostalgia el tiempo y el dinero que invirtieron en reunir los quince, veinte o treinta tomos de las enciclopedias que un día reinaron en sus anaqueles y hoy se antojan papel mojado. El mes pasado un hombre les llevó treinta volúmenes de un monumental diccionario enciclopédico magníficamente encuadernado. «Nos contó que en su día le había costado 300.000 pesetas (1.800 euros). A veces hay suerte y los vendemos como atrezo para series de televisión o elemento de decoración para restaurantes. Al menos así les das una salida...».

Vinculación emocional

«Yo diría que con el mundo enciclopédico hay una vinculación emocional que no existe con otros productos», reflexiona Juan Ribalta, que conoce bien el paño porque, a lo largo de su vida profesional (casi 25 años en Planeta), ha vendido cientos de miles de enciclopedias. «A principios de los 90, hubo años en que vendíamos más de 15.000 millones de pesetas en enciclopedias. Hoy ya no se vende ninguna», apunta Ribalta, director general de Venta Directa del Grupo Planeta, editorial que cimentó parte de su éxito sobre la Gran Enciclopedia Larousse, por la que se empeñaron tantas familias españolas de los 70.

«En aquellos tiempos la gente se endeudaba para tener todo el conocimiento en casa y esas enciclopedias representaban mucho porque acompañaban a la familia durante años y los chavales hacíamos los deberes con ellas... También eran como un producto aspiracional porque, en los durísimos años de la posguerra, las tenían solo las clases más altas. Luego se popularizaron gracias a la venta a plazos. Era un esfuerzo económico colosal, podían costar 200.000 o 300.000 pesetas, por eso se solían comprar poco a poco, volumen a volumen. Creo que ese gasto fue un acierto, porque se tomaba como una inversión de futuro para la educación de los hijos, e indudablemente lo fue, porque muchos buenos profesionales de hoy en día aprendieron en las páginas de aquellas enciclopedias», ilustra Ribalta.

'Best sellers' a 3 euros

Las donaciones de libros quitan literalmente un peso de encima a quien las hace. Y saber que esos textos van a prolongar su vida en otras manos ayuda a sobrellevar cualquier sentimiento de culpa que pueda surgir por desprenderse de un material tan precioso. En los mostradores de Melior, con tres librerías físicas en Madrid y una tienda online, hay clásicos de la literatura universal, biografías, novelas románticas, colecciones de bolsillo, poemarios de letra apretada y tapas elegantes... Si les llega algo más exclusivo, lo ponen a la venta a un precio algo mayor. ¿Y las enciclopedias?, insistimos. «Ni para países del Tercer Mundo, porque el transporte es muy costoso por el peso y el volumen», desliza Marina.

Natalia Pérez gestiona en Bilbao la librería Re-Read, una franquicia de libros 'low cost' donde les dan una nueva oportunidad en un mercado de segunda mano que no deja de crecer. El negocio, con cuarenta establecimentos en toda España, funciona gracias a los libros que les llegan de gente que ha heredado una generosa biblioteca, de mudanzas y también de parejas que se separan y quieren deshacerse de todo lo que tenga que ver con 'el contrario'.

En Re-Read los compran a 20 céntimos y los venden a 2 y 3 euros. «Pedimos que no estén subrayados, ni rotos, ni tengan anotaciones, y que las novelas de ficción sean posteriores al año 90», explica Natalia, que aclara que hacen excepciones con los clásicos y con autores de moda. «Ahora lo está Stefan Zweig, así que si nos llega algo de él lo cogemos porque va a salir seguro».

Eso sí, no hay hueco para las enciclopedias (tampoco para libros de texto ni revistas). «Ocupan mucho espacio y no las quiere nadie. Con internet y la Wikipedia, la gente se apaña, sobre todo los jóvenes. No me imagino a un chaval de veinte años buscando información en la enciclopedia de la casa de sus padres. De vez en cuando algún decorador las pide para alguna casa, porque las hay muy bonitas, con tapas muy elegantes. Pero las clásicas tipo diccionario, esas de varios tomos que empiezan en la A y terminan en la Z, no las quiere nadie», asegura Natalia, que sólo acepta algunas temáticas de Historia, Arte o Cocina, «siempre que se puedan vender por unidades sueltas».

En su céntrico establecimiento de Bilbao reciben cada día unos 200 libros, que organizan por géneros y por el apellido del autor. «Si alguien busca un libro de Agatha Christie le mandamos a la sección de novela policíaca». Los clientes suelen ceder a la curiosidad de perderse entre miles de títulos que atrapan su atención. Es raro que se lleven solo uno, cuando por diez euros se pueden comprar cinco. «Ocurre que vienen buscando un libro y no lo encuentran, pero dicen 'anda, no sabía que teníais esto' y lo cogen».

Remesas a diario

Re-Read no se mete en el negocio del libro antiguo porque la política de la franquicia es pagar siempre 20 céntimos por libro. Y nadie vende un libro antiguo (considerados los anteriores al siglo XIX) por una moneda. Además, tienen prohibido subastar al mejor postor los 'best sellers' que de vez en cuando les llegan. Hace poco cayó en sus manos 'Patria', el éxito editorial de la temporada, por el que habían preguntado un montón de clientes. «Pues se lo llevó el primero que nos lo había pedido». Natalia no da abasto. Recibe remesas a diario y si el cliente dispone de más de cien libros para vender le ofrecen recogerlos a domicilio. «Estamos dando citas para mayo», avisa, mientras cierra una compra de 92 novelas por 18,40 euros. «Podemos vender cada día entre cien y doscientos ejemplares».

En España hay compradores compulsivos de libros, hombres y mujeres con una sólida cultura literaria, lectores que han ensanchado sus horizontes devorando páginas y que ahora, llegados a una edad, observan las paredes de su hogar forradas hasta arriba de novelas, ensayos, biografías... (y ancianos diccionarios enciclopédicos, claro) y se preguntan qué será de todo esto. Se lo pregunta por ejemplo Gregorio Salvador, veterano académico de la Lengua (tiene 90 años, los últimos 32 en la RAE), frente a los camaradas de papel que ocupan las nobles estanterías de su casa de Madrid.

Salvador, a quien precisamente Pérez-Reverte dedicó su hermosa aventura de L'Encyclopédie de 'Hombres buenos', vive rodeado de miles de libros «que empiezan a ser un problema porque, cuando yo no esté, van a ser un engorro para mis hijos, que residen en pisos pequeños. Además, muchos son ensayos que no interesan a todos los lectores neófilos». Al sabio académico se le nota preocupado y sus palabras arrastran cierta melancolía y resignación ante un mundo de papel que se resiste a desmoronarse. Él, que ha cultivado con paciencia su colección de libros (no son pocos los dedicados de puño y letra por sus autores), barajaba destinarla a la biblioteca municipal de su pueblo, Cúllar, en Granada, «pero ni se lo he dicho al alcalde, porque ahora no quieren libros en ninguna parte».

Para los que andan en la misma tesitura que don Gregorio, las librerías de viejo son otra opción que dan un entierro digno a los libros y evitan que acaben en el cubo de reciclaje. Patricia Romo, secretaria de Libris, una asociación de libreros de viejo, recibe ofertas a diario, pero no compra cualquier cosa. De hecho, comenta que hay particulares que sienten un pellizco de decepción cuando acuden a Libros Antiguos Romo con sus entrañables colecciones del Coyote y no hallan la respuesta esperada. «El que tiene una biblioteca importante sabe que la tiene y la lleva a una librería especializada. La típica librería del abuelo con los volúmenes del Coyote no tiene el valor que muchas veces sus propietarios le suponen. Tener muchos libros no significa tener una librería buena», sentencia Patricia, que pertenece a un gremio de muy alta especialización, donde cada adquisición está muy estudiada.

«Compramos libros que poseen valor como objeto histórico. El dueño de un libro del año 1800 puede pensar que tiene un tesoro, pero, sin querer desilusionar a nadie, si ese libro no tiene algo especial, carece de valor. Si, por ejemplo, cuenta una historia de brujería puede tener valor porque significa que no fue quemado por la Inquisición». Romo acude a los domicilios o solicita que le envíen fotografías; luego estudia los libros y las pretensiones económicas de quien desea venderlos, en muchos casos herederos de bibliotecas cimentadas en varias generaciones. ¿Y las enciclopedias?, nos empeñamos en preguntarle a Patricia. «No las queremos ni regaladas».

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