Un disparo a las conciencias

Un disparo a las conciencias

Manu Brabo, premio Pulitzer en 2013, expone en Madrid 90 imágenes que buscan «una reacción en la ciudadanía». Su tarea, admite, «invade en ocasiones la intimidad» de las víctimas de la guerra

JOSEBA VÁZQUEZ

El oficio de fotoperiodista no debe de resultar sencillo si te dedicas a retratar conflictos bélicos. Además de convivir con el espanto, te expones a acabar como un cadáver más entre quienes matan y mueren a tu alrededor, a ser secuestrado o detenido y, ocasionalmente, a verte obligado a juzgarte a ti mismo. Por todas estas circunstancias ha pasado Manuel Varela de Seijas Brabo, Manu Brabo, que hasta el próximo 3 de diciembre expone en el centro de artes La Neomudéjar de Madrid 90 imágenes de impacto pesentadas bajo el título 'Un día cualquiera'. La muestra, la primera en solitario del autor, se integra en una programación más amplia de National Geographic y ofrece un resumen de su trabajo de los últimos siete años en escenarios de alto riesgo como Libia, Siria, Egipto o Irak.

Y, sí, durante ese recorrido por el horror, Manu -nacido en Zaragoza en 1981, pero asturiano de sentimiento porque «mi familia se trasladó a Gijón cuando yo tenía cuatro meses»- se ha visto sometido al paquete completo de pruebas que examinan la resistencia del fotorreportero. Pudo morir en cualquier balacera o por la metralla del obús de mortero que estalló a unos metros de su posición el pasado diciembre en Ganus (Irak), fue detenido y encarcelado de forma ilegal durante 44 días por las tropas leales a Gadafi en Libia en 2011, y tomó conciencia de la parte más controvertida de su trabajo precisamente con la instantánea que le convirtió en 2013 en el segundo, y por ahora último, fotógrafo español distinguido con el premio Pulitzer. Uno de esos lienzos desgarradores. Es octubre de 2012 en Alepo (Siria) y un hombre, roto por dentro, llora mientras sujeta el cuerpo sin vida de su hijo. Una composición que remite a La Piedad de Miguel Ángel, pero en vivo, real. Manu Brabo, ahora 'freelance', entonces contratado por la agencia Associated Press, congela el momento. Y le duele. «El hombre sale del hospital con el niño en brazos, ya cadáver, y en la calle se desmorona -rememora el artista-. Trato de hacer las fotos lo más rápido posible porque es una de esas situaciones en las que realmente eres invasivo. Ese hombre trata de buscar un poco de privacidad en la calle, pero aún así tienes que hacer el trabajo».

- ¿El padre se da cuenta de que está siendo fotografiado?

- Sí. Estoy con varios colegas y, así como al principio existe una especie de permiso tácito por su parte para que hagamos la foto, llega un momento en que te das cuenta de que sobras, de que ese hombre necesita que te vayas. Si para entonces no has hecho el trabajo, pues te jodes, pero es mejor irse.

- (...) ¿Es la fotografía propia que más le ha afectado?

- El papá con el niño es la que más me toca, sí. Tiene un peso personal. Era una situación tremenda, una de esas fotos que cuando la haces sabes que es dura, que te está suponiendo un esfuerzo hacerla porque invades la intimidad. Piensas que puede funcionar, y funciona, pero tampoco cambia nada.

- ¿Ayudar a cambiar las cosas es una de las metas de su trabajo?

- El objetivo al final es reclamar una ciudadanía más activa y más entregada, más trabajadora y más eficaz para solucionar problemas que son de todos. Las políticas europeas que hablan ahora de cerrar fronteras cuando hasta hace tres años se hablaba de abrirlas vienen de mirar a otro lado. El objetivo es que la gente vea lo que pasa, que reaccione y no se sienta intocable. Se trata de arrear al público.

Porque la muestra actual no habla de 'Un día cualquiera' en el quehacer de Manu Brabo en Oriente Próximo, sino de la terrible cotidianeidad que azota a las poblaciones de esa zona maltratada del mundo. Y cada disparo de su cámara tiene una misma destinataria: nuestra conciencia. «No sé si una imagen vale más que mil palabras, pero sí que se dirige a otras áreas sensitivas. Una imagen es una hostia mucho más directa con la que atacas el sistema emocional universal que comparten un neonazi, un hutu, un chino o un español», resume el fotoperiodista. Él, testigo y notario de esos infiernos, se presta a detallar en estas páginas seis de las fotos de su exposición en Madrid.

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