El impactante relato del hombre que estuvo 7 años en prisión por luchar contra Franco

Sartorius, en un momento de la entrevista./ÓSCAR CHAMORRO
Sartorius, en un momento de la entrevista. / ÓSCAR CHAMORRO

«La cárcel es lo peor que te puede pasar», asegura. Ahora pide cambios en la Constitución

CÉSAR COCA

Sentado en una sala de la Fundación Alternativas, de la que es vicepresidente ejecutivo, Nicolás Sartorius (San Sebastián, 1938) recuerda aquel día de febrero de 1956 en que los estudiantes de Derecho de la Universidad Central de Madrid, cuya sede estaba en la calle San Bernardo, tuvieron una batalla campal con un grupo de falangistas, a los que terminaron expulsando del edificio. «Vino gente de otras facultades y se organizó una gran manifestación que bajó hasta la Gran Vía. No se había visto nada parecido desde la Guerra Civil. Íbamos cantando 'Triste y sola, sola se queda Fonseca...'. Al acercarnos a Cibeles, cargaron los 'grises'. Vi a un chico con la cabeza ensangrentada y las tanquetas de la Policía lanzando agua a presión. Aquel día fui consciente de que la dictadura había perdido la Universidad y de que aquella era la manifestación de la reconciliación, porque estábamos juntos en la protesta los hijos de los vencedores y los de los vencidos». Nicolás Sartorius era de los primeros. Hijo de los Condes de San Luis, miembro por tanto de la aristocracia -«aunque hoy eso no sea más que una fantasía», recalca-, es muy probable que aquel día se sentaran las bases de su futura carrera política, que lo llevó a ser una de las figuras clave de la Transición española.

Pocos pueden presentar una biografía tan inequívocamente vinculada a la lucha por la democracia como la suya: cofundador de Comisiones Obreras, miembro del comité central del Partido Comunista, juzgado y condenado en el 'Proceso 1.001', nada de ello le hizo renunciar al diálogo y la negociación como forma de hacer política. Por eso, se pone muy serio cuando se le pregunta por la situación actual y no evita un lamento: «Se ha dañado una idea exitosa de España».

- Su biografía dice que nació en San Sebastián en plena Guerra Civil. ¿Fue algo circunstancial?

- Lo fue, pero relativamente, porque allí estaba una parte de la familia. Siempre habían veraneado en Zarauz y estaban muy vinculados a San Sebastián. Regresamos a Madrid poco después de acabar la guerra.

- Es el noveno de diez hermanos. ¿Qué recuerdos tiene de la infancia?

- Tuve una infancia bastante feliz en una familia muy numerosa y austera. Jugábamos al fútbol en la calle, en el barrio de la Residencia donde vivíamos (cerca de donde se encuentra la Residencia de Estudiantes). Recuerdo un Madrid sin apenas coches, algunos que iban con gasógeno y el tranvía, que solo llegaba a Nuevos Ministerios. Me acuerdo sobre todo de los días de fútbol, cuando iba tanta gente colgada que el tranvía no se veía.

- ¿Le gustaba el fútbol?

- Sí, iba mucho a Chamartín, y jugué en un equipo infantil del Real Madrid. Ahora lo sigo, pero no soy un apasionado. Empecé siendo hincha de la Real Sociedad, pero luego ya me hice del Madrid. Recuerdo que de niños teníamos todos los equipos en chapas y jugábamos con ellas.

- Por su casa pasaría mucha gente importante de la vida española. ¿Recuerda esas visitas?

- No sé si las había, y si era así no lo recuerdo. Más bien creo que mis padres tenían su vida social fuera de casa. O bien si iba gente no la veíamos, también pudo ser así.

- Con 18 años, al acabar segundo de carrera, se fue a trabajar en el verano a la DKW de Vitoria. ¿Cómo le fue?

- El padre Llanos había creado el Servicio Universitario de Trabajo (SUT) con el objetivo de llevar a los estudiantes al mundo laboral. Un catalán y yo nos colocamos en esa fábrica, donde me di cuenta de lo dura que era la vida de los trabajadores. Era chapista, recuerdo el ruido de la fábrica. Luego fui ayudante de tornero. Vivíamos en una pensión en la que solo podíamos estar de noche, de forma que durante el día nos reuníamos con otros estudiantes y con trabajadores. Hablábamos de política, aunque se notaba que había mucho miedo.

- ¿Solo estuvo un verano?

- No. Otro período estuve en el campo, trabajando en una finca de Matapozuelos, en Salamanca. Nos dijeron que la tierra era de un cura. Cubríamos las viñas para evitar que se helaran.

- Al acabar la carrera ya formaba parte del 'Felipe' (Frente de Liberación Popular) y pronto ingresó en el PCE. ¿Cómo se lo tomó su familia?

- Mi padre fue siempre enormemente respetuoso. Solo me advirtió de que tuviera cuidado. Supongo que estaba preocupado, porque me detenían muchas veces. «Estos son muy brutos», me dijo.

La recomendación era acertada, pero Nicolás Sartorius no pudo evitar la cárcel. En distintos períodos, por diferentes expedientes, completó siete años de prisión. Cuando narra lo allí vivido no hay un ápice de romanticismo ni de épica en su voz ni en su relato. Ni la pose de otros que pasaron por las mismas celdas y aseguran tener un recuerdo estupendo. «La cárcel es lo peor que te puede pasar, porque es una forma de quitarte la vida. Conocí a mucha gente que estaba dos meses y quizá esos sí tengan esa visión, pero cuando la condena es a veinte años no es ninguna broma. Es lo que allí se llamaba 'tener una ruina'». Cita a Cervantes cuando sostenía que «la cárcel es el lugar en el que todo dolor tiene su asiento y toda suciedad, su cobijo». Aprovechó para «leer mucho», dar algunas clases de Economía Política y «explicar 'El Capital', porque como había mucha ignorancia por parte de los censores se colaban allí libros que estaban prohibidos en las librerías».

- En esos años de entradas y salidas de la cárcel conoció a Marcelino Camacho. Costaría encontrar a dos personalidades más diferentes. ¿Cómo se llevaban?

- Muy bien. Era muy estudioso y reflexivo. Tenía una gran autoridad moral porque en el grupo que trabajó en la creación de Comisiones Obreras era el mayor y había conocido la guerra. Apreciaba mucho el juicio de los demás y valoraba mucho la crítica. Supongo que esa es una de las razones de su éxito.

- Durante un tiempo usó pasaportes falsos. ¿Qué nombres tuvo?

- Los pasaportes los hacía un compañero del partido, Domingo Malagón, y eran mejores que los de la imprenta del Estado. Para pasar a Francia tuve uno a nombre de Georges... algo. Tenía un carné de 'calqueur mécanique', o sea, delineante. En otra época fui Luis Álvarez. El mecanismo para pasar la frontera era seguro y nunca hubo percances. Cogíamos en San Sebastián un autobús que tomaba gente que llevaba pequeños contrabandos y la Guardia Civil ni miraba. A la vuelta contábamos con la ayuda de los comunistas franceses, o bien íbamos a Hendaya y subíamos a un taxi, nadie los detenía.

- Estaban en la vista del 'Proceso 1.001', cuando a la sala llegó la noticia del atentado contra Carrero Blanco. ¿Qué pensó en aquel momento?

- Fue un desastre. Luego supimos, a través de Joaquín Ruiz Giménez, que la Fiscalía quería rebajar la petición de penas, pero todo cambió radicalmente con aquello. Cuando se suspendió la sesión y nos mandaron al calabozo de las Salesas, se oía un tumulto, una concentración que pedía nuestra cabeza.

- No sería muy tranquilizador.

- El capitán de la Policía que estaba de vigilancia nos dijo que había pedido refuerzos y que si alguien quería llegar hasta nosotros tendría que pasar por encima de su cadáver. Eso indica lo complejas que eran las cosas. Al salir de la cárcel fuimos a agradecerle lo que había hecho y nos explicó que era del mismo pueblo que Camacho.

- ¿Recuerda la noche que murió Franco?

- Estaba en una celda de Carabanchel. Un preso empezó a gritar cuando oyó la noticia en una radio que teníamos de forma clandestina. Ya no pudimos dormir. Cuando se abrieron las celdas, muchos aparecieron con puros... Los abogados llegaron enseguida y ellos nos llevaban información.

- ¿Qué sintió al conocer esa muerte?

- No es muy caritativo alegrarse de la muerte de nadie, pero lo hice. No fue algo personal, sino colectivo. Aunque la dictadura siguió al menos hasta que Suárez llegó al Gobierno. Antes el Rey dio un indulto y salimos a la calle en diciembre.

- ¿Y el día de la legalización del PCE? ¿Tenía información de que iba a suceder?

- Sabía que iba a producirse, pero no que sería ese Sábado Santo. Conocíamos las condiciones, que debíamos aceptar la monarquía y la bandera. Carrillo nos había reunido y estuvimos de acuerdo. El día de la legalización yo estaba con mi familia fuera de Madrid. Solo faltaban dos meses para las elecciones y eso perjudicó mucho al PCE, sin hablar del continuo ruido de sables.

Sartorius sale a uno de los balcones de la sede de la Fundación para hacerse unas fotos en una luminosa mañana de otoño. Comenta que una de las cosas que más le gusta es pasear por Madrid, hasta el extremo de que apenas coge el coche para moverse por la ciudad -«lo usan mis nietos», aclara-. Caminar, ir al teatro y al cine, ver exposiciones, viajar por España en cuanto llega el fin de semana son las aficiones de quien en otro tiempo recorrió el país sin tiempo para disfrutar de sus atractivos. «Daba el mitin y me marchaba», dice con lástima. Aunque lo que de verdad le causaba pena en aquel momento era que la gente llenaba los recintos donde él y sus compañeros hablaban pero luego les votaban muy pocos.

- Había curiosidad, interés por lo que decíamos, porque el PCE era el partido que más había luchado contra la dictadura. Pero la gente era posibilista y en las primeras elecciones aún había miedo. Muchos nos decían que todavía no era nuestro momento. Luego no hubo tal momento. Creo, de todos modos, que el PCE cometió el error de presentar a personalidades de gran mérito pero ya mayores y relacionadas con la Guerra Civil, mientras otras fuerzas presentaban candidatos jóvenes y con futuro.

- Y en esas llegó el 23-F.

- Acababa de entrar como diputado en sustitución de Camacho... y sentí una profunda tristeza. Me preguntaba cómo era posible que todo fuera a acabar mal otra vez. Fue todo cosa de una España tenebrosa, como tratando de hacer realidad la frase de Marx sobre que los hechos de la Historia se repiten: la primera vez como tragedia y la segunda como farsa.

- ¿Temió por su vida?

- No... pero cuando vi que un guardia disparó contra la cornisa pensé que apuntando un poco más abajo habría acabado con unos cuantos. Nunca tuve tan claro como otros que aquello iba a fracasar. Pudo haber sido trágico. Y las condenas iniciales a los golpistas fueron muy leves. Luego ya las elevó el Supremo.

- Usted es de los pocos diputados que ha roto en alguna ocasión la disciplina de voto.

- Estábamos ya en Izquierda Unida y lo hice porque pensé que votar contra el euro y Maastricht era hacerlo contra un interés esencial de España. Soy un europeísta convencido: es uno de los grandes proyectos que pueden unirnos a todos. Romper el voto de IU en esa ocasión me costó dejar la política. Pero lo haría mil veces.

- ¿El secretario general con quien peor se llevó fue Julio Anguita?

- Teníamos diferencias políticas, pero nunca hubo malos modos. Su cultura política era escasa. Creo que fue un buen alcalde pero sin una concepción clara del mundo.

- ¿Qué siente cuando se habla, sobre todo por parte de gente de IU y Podemos, del Régimen del 78 en tono despectivo?

- Creo que es una equivocación debida, probablemente, a un desconocimiento de la Historia. Es tirar piedras contra su tejado porque ese régimen lo trajeron las clases populares, que fueron las que se manifestaron contra la dictadura. La Constitución es una conquista del pueblo, no una ley otorgada. A quien más beneficia una democracia es a las clases populares.

- Esa Constitución no gusta nada a esas fuerzas de las que le hablaba.

- Pero es una Constitución muy avanzada. Otra cosa es cómo se aplique. El origen del error está en haber explicado la Transición atribuyendo su origen al Rey y a Suárez. Nos olvidamos de que en 1976 hubo más procesos de orden público que con Franco. Fue una movilización muy fuerte lo que trajo la democracia.

- ¿Teme el auge de los populismos?

- La categoría 'populismo' es deslizante. No es un fenómeno español; es un movimiento defensivo ante los grandes cambios que ha traído la globalización, que es un fenómeno objetivo en el que, de nuevo, lo importante es la dirección que se le dé. Cuando alguien dice que es antiglobalización siempre me pregunto si quiere volver al pasado. Esos populismos hay que combatirlos con ideas y políticas inclusivas. Durante la crisis, una de las cosas que más daño ha hecho ha sido la corrupción. La combinación de ambas ha sido explosiva y está en el origen de muchas cosas que pasan. Se dañó una idea exitosa de España. Ahora hay que hacer reformas. Esa es mi mayor preocupación.

- ¿La crisis política actual es más compleja de lo que fue la Transición?

- No debería serlo. Entonces había que construir una democracia a partir del aparato de Estado de una dictadura. Pero aquel toro ya murió y el actual está vivo. Tenemos un problema gravísimo, que no es catalán sino español. Estoy en contra de un proyecto constituyente, pero sí a favor de que se reforme la Constitución, con diálogo, negociación, acuerdos y luego votación. La reforma del Título VIII debe culminar en una España federal.

- ¿Eso sirve para arreglar el problema catalán?

- El camino no puede ser cepillarse la Constitución, el Estatut y las leyes europeas y hacer un referéndum disparatado. Ningún Gobierno español tiene en su mano aceptar algo así. Hay que decidir dos veces: primero sobre una reforma de la Constitución y luego ya votarán también catalanes, vascos, etc.

- ¿Existirá España dentro de veinte años?

- Existirá, pero no tal y como hoy la conocemos.

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