El peligroso aumento de los cazadores de herencias en España

El negocio de los buscadores de herederos crece como la espuma. En una década, Hacienda se ha embolsado 150 millones de euros de cuentas olvidadas en los bancos. Un botín demasiado suculento como para dejarlo pasar

IRMA CUESTA

Zsolt y Géza Peladi dormían al raso en una calle de las afueras de Budapest cuando un trabajador social húngaro les localizó y explicó que acababan de heredar 111 millones de euros. Aquel día, estos dos hermanos vagabundos se enteraron de que su madre, que los había abandonado siendo unos niños, había pertenecido a una familia rica y que su potentada abuela acababa de fallecer. Aunque aún hubo que confirmar que la madre de los indigentes desaparecida hacía décadas también había pasado a mejor vida, un buen día de 2009 Zsolt y Géza, que por entonces tenían 41 y 39 años, se convirtieron en multimillonarios. Los Peladi ingresaron en sus cuentas una fortuna que, de otra forma, habría pasado a engordar las arcas del Estado.

Por más que su historia parezca salida de un culebrón, este tipo de situaciones (aunque el legado habitualmente no sea tan abultado) son mucho más comunes de lo que podemos imaginar. Según el Colegio de Notarios, el 40% de los españoles muere sin haber hecho testamento, así que es fácil echar cuentas. Si cada año nos dejan cerca de 350.000 personas, unas 150.000 lo hacen sin nombrar herederos. Y como algunas de ellas carecen de descendientes o ascendientes directos localizados, cada ejercicio cientos de herencias hacen cola en una suerte de limbo administrativo a la espera de que, transcurridos veinte años, el Estado se haga con el botín.

Una prueba de que no hablamos de minucias: solo el año pasado, Hacienda ingresó 24,4 millones de euros correspondientes a depósitos olvidados en los bancos tras el fallecimiento de su titular, y otros 12,2 por herencias que quedaron sin reclamar. Suficiente pastel como para que, de un tiempo a esta parte, muchos se hayan animado a echarse a la calle en busca de herederos con los que repartirse una porción.

De todos los bufetes de abogados y empresas que se dedican a localizar a los beneficiarios de esos patrimonios -dinero, inmuebles, joyas o terrenos que andan pendientes de que alguien los reclame-, Coutot-Roehrig es la más veterana. Con oficinas en España desde 2012, la firma francesa lleva más de un siglo 'cazando' herederos por todo el planeta. De hecho, sus números son apabullantes: cada año tramita cerca de 7.500 expedientes y contacta con un promedio de 17.500 personas con derechos de sucesión. En España, el número ronda los 550 anuales.

«El presidente de la compañía decidió abrir sedes en Madrid y Barcelona después de constatar una demanda creciente de trabajo en el país a partir de 2005. Seis años después, hemos comprobado que hicimos bien», explica Marco Lamberti, el CEO de la empresa en España, que en este momento tiene entre manos 655 casos patrios y dirige un equipo formado por un grupo de genealogistas y otro de abogados.

Las claves del éxito de Coutot-Roehrig residen en su larguísima trayectoria, su solvencia (no aprecian problema en adelantar hasta diez millones de euros si consideran que la 'presa'merece la pena) y su amplia red de oficinas distribuidas por todo el mundo (45 en la actualidad) y una ingente nómina de colaboradores fijos capaces de localizar a cualquiera, por complicado que parezca.

«Hola, le llamamos de Coutot-Roehrig para comunicarle que es usted heredero de una cantidad que seguro le va a interesar». De esta forma, con una llamada telefónica, los empleados de la empresa se ponen en contacto con quienes, superadas las suspicacias iniciales, acaban habitualmente convirtiéndose en sus clientes. «En el 95% de los casos creen que se trata de una broma o una estafa, especialmente en países como España o Italia. Es normal, estamos acostumbrados a leer sobre todo tipo de timos», admite Lamberti. Luego, prosigue el experto, es tarea de su equipo concertar una entrevista personal y poner sobre la mesa todos los informes y la documentación precisa para acreditarle su condición de heredero.

En su andadura empresarial, han cerrado casos «increíbles», como aquel en el que terminaron localizando a una española que hace tiempo, «de la noche a la mañana», desapareció del mapa. «Un año y medio después de aquello, la familia solicitó una declaración de presunción de muerte, pero cuando llegó el momento de repartir una herencia importante a la que esta señora tenía derecho en parte, los abogados reclamaron nuestros servicios».

Lamberti cuenta que su equipo de genealogistas advirtió pronto que algo no cuadraba: un rastro la situaba en algún lugar de Estados Unidos. Al poco, confirmaron que hacía años que había embarcado en Barcelona rumbo a Nueva York. Con toda su maquinaria en marcha, los efectivos de Coutot-Roehrig en Norteamérica dieron con la mujer en un lugar que no pueden desvelar. «Los hijos que dejó aquí se enteraron de que su madre estaba perfectamente instalada al otro lado del Atlántico, en donde se había vuelto a casar y tenido tres hijos».

Según los especialistas consultados, es muy habitual llevarse sorpresas en los trámites de testamentaría. El caso de hijos desconocidos, fruto de relaciones de hombres de familias acomodadas con sirvientas, es una de las que más se repiten. «Durante muchos años era una práctica bastante común, de modo que son muchos los hijos biológicos, ilegítimos, que aparecen un buen día para reclamar lo suyo», asegura Lamberti.

Los cazadores de herencias, además de cobrarse una parte del patrimonio que corresponde a su cliente si consiguen localizarlo, también pueden sumar ingresos del Estado, que recompensa a quienes le avisan de las herencias sin asignar con el 10% de lo que finalmente entre en la caja de todos. En los últimos diez años, el sector se ha embolsado cuatro millones de euros.

Pero sigue habiendo miles de casos sin resolver. Tantos que en Navarro y Navarro, un bufete de abogados madrileño, fue la lluvia de este tipo de asuntos la que les llevó a seguir ese nicho de negocio. «Nos llaman muchas veces reclamando nuestros servicios para buscar una herencia, pero ese no es nuestro trabajo; nosotros lo que buscamos son herederos», afirma Guillermo Navarro, uno de los letrados-investigadores del bufete, reconociendo que salen muchos asuntos, pero que no siempre acaban bien. «Una cosa es ponerse a investigar y otra tener la seguridad de que el caso se va a resolver positivamente -reconoce-. En ocasiones, después de semanas de trabajo, el tema no termina de salir».

En el caso del Grupo Hereda fue Pedro Fernández, CEO de la firma, quien en 1992, después de varios años dedicándose al derecho sucesorio, se percató de que los gastos derivados de una herencia importe eran tan grandes que muchos beneficiarios se veían forzados a renunciar, y que, al mismo tiempo, había muchos inmuebles vacíos y cuentas abandonadas por fallecimiento de sus titulares preguntándose por el paradero de sus herederos. A este despacho llegan principalmente dos tipos de clientes: depositarios de herencias complejas o internacionales que tramitar, y gente interesada en localizar herederos, desde presidentes de comunidades de propietarios a vecinos y, sobre todo, administradores de fincas.

Jeny Sevilla, abogada y coordinadora general del grupo, cuenta que la mejor parte de su trabajo es el momento en que encuentran a los legítimos sucesores y les comunican su suerte. «Una vez, al darle la noticia a uno de ellos, quedó impresionado al descubrir que tenía ascendencia francesa y que recibiría en herencia dos inmuebles ubicados en el centro de París de un abuelo que jamás conoció».

El método que siguen para lograrlo es multidisciplinar, «lo abarca todo»: búsquedas por internet, trabajos de campo en registros, parroquias, cementerios y cualquier otro lugar que pueda ofrecer pistas, aunque para ello haya que coger un avión y poner rumbo al otro lado del mundo. Latinoamérica está en muchas ocasiones en su punto de mira. Según explican, la emigración que tuvo lugar a mediados del siglo pasado arrastró a miles de españoles a lo que entonces era la tierra prometida en busca de una fortuna que no todos, pero sí algunos, encontraron. Décadas después, muchos de sus descendientes no saben nada de lo que dejaron aquí, ni de lo que pudieron conseguir allí. Vamos, que no hay que perder la esperanza; en cualquier momento pueden darnos una buena noticia. ¿A cambio? Según los casos, pero entre un 10 y un 30% de lo que se haya conseguido.

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