Atrapados en la nieve

Atrapados en la nieve

Cuando el tiempo se pone feo, ellos viven aislados durante semanas. En Tresviso ya ni se inmutan; el helicóptero les lleva el pan, el periódico y el forraje para el ganado. Y los jefes de los dos refugios más altos de España no cambiarían por nada trabajar ahí arriba

IRMA CUESTA

Cualquiera que lo haya visitado cuando el frío y la nieve arrecian, sabe que, a primera vista, Tresviso parece deshabitado. Hay que acercarse un poco para escuchar el trajín de la gente y el ruido de los cencerros. Cuando uno llega a la meta, las fotografías del único bar del pueblo, La Taberna de Tresviso, se encargan de recordarle al forastero que la gente de allí, además de hacer un queso fantástico, es especialista en soportar nevadas antológicas.

La última vez que los vecinos de este pueblo de Cantabria, levantado al abrigo de imponentes paredes calizas sobre el cauce del río Urdón, estuvieron semanas incomunicados por culpa de la nieve, fue en 2015. Aunque es difícil salvar el invierno sin pasar alguna semana aislados -ayer mismo la ventisca había cerrado la carretera- ese año la cosa se complicó. Tuvieron que pasar 28 días hasta que la vía que lleva al municipio asturiano de Sotres, la única por la que puede accederse al pueblo sobre cuatro ruedas, quedó despejada. Jornadas en las que, a decir verdad, poco o nada cambian las cosas para los 20 vecinos que pasan la temporada allí , por más que Javier Campo, el alcalde, ande especialmente liado echando una mano a los responsables de las palas que volverán a conectarles con el mundo y resople de vez en cuando porque sus famosos quesos no pueden salir del pueblo. «La realidad es que son situaciones normales que se repiten cada invierno. Hoy mismo estamos cerrados. No es mucha la nieve caída, pero en un momento se han formado unos ventisqueros importantes que han cerrado la carretera. Pero no pasa nada, estamos acostumbrados».

Normal que allí nadie se inmute. En un lugar como este, al que hasta hace solo 26 años, cuando se terminó de acondicionar la carretera que lo une con Sotres, la única manera de llegar era sorteando una empinada senda, y solo si había suerte uno podía cargar las bombonas de butano sobre una mula, no tienen tiempo para malgastarlo en tonterías. Ni se inmutan cuando, si la situación se alarga, es el helicóptero el que les lleva el pan, el periódico, el forraje para los animales o las medicinas. Tampoco ven ningún problema en que el médico llame de vez en cuando para preguntar cómo andan y, si la cosa se complica, abrir el botiquín y seguir sus instrucciones. «La realidad es que solo hay problemas cuando surge una emergencia médica y, si la cosa es grave, se evacua al enfermo en helicóptero», cuenta Javier recordando que ese pájaro enorme que les visita a menudo fue el encargado de llevarles las papeletas de las elecciones generales de marzo de 1996. «Se acercaba el día y seguíamos cerrados, así que nos trajeron urnas, papeletas y documentación. De paso bajaron unos cuantos quesos. Hay que aprovechar el viaje», dice sonriendo y precisando que allí el sistema funciona realmente bien. «Somos pocos, estamos bien surtidos y bien organizados». Y debe de ser cierto, porque cuando la nieve aísla a los vecinos de Tresviso, y la situación se prolonga más de lo previsto, en la taberna hacen risas a la hora del Telediario. Les divierte ver cómo algunos cuentan las cosas a la tremenda. Alguno hoy hace gracias con la ocurrencia de la Dirección General de Tráfico (DGT) de incluir en el equipaje un 'kit antinevada' con teléfono y cargador, barritas energéticas, manta, botiquín, gorro y guantes y hasta una pala.

En la falda del Mulhacén

Algo parecido ocurre en el refugio Poqueira. Dos décadas al frente de esta 'parada y fonda' en las cumbres de Sierra Nevada dan para muchas aventuras, por más que Rafael Quintero se esfuerce en quitarle hierro al asunto. Veinte años viviendo a 2.500 metros, teniendo que caminar hasta ocho horas para llegar al coche cuando la nieve no perdona y las necesidades del refugio obligan a moverse para comprar materiales no solo sirven para estar en forma: Rafael y Ansi Moslero, su compañera en la gestión del Poqueira, forman parte de ese selecto club de locos por la montaña a los que es imposible que un temporal asuste. «Ha habido años muy duros; alguna semana en la que, con cuatro o cinco metros de nieve a la puerta, era una tontería plantearse salir, pero nunca he considerado que nos hayamos quedado aislados. Con dos piernas, buen material y buena forma física, uno siempre puede caminar», asegura apuntando que Poqueira es el refugio más alto de España abierto los 365 días al año.

Uno imagina que no debe de ser fácil organizar un negocio situado en la vertiente sur de Sierra Nevada, en la margen izquierda del río Mulhacén, y Rafael reconoce que los primeros años fueron complicados. Como las condiciones son duras, lo normal es que siempre anden enredados en alguna labor de mantenimiento. Sin embargo, si hay algo importante para el refugio es hacer una buena previsión de víveres. «Aquí se hacen dos grandes compras que vienen en furgonetas dos veces al año: al comienzo, y al final de verano. Fue laborioso acertar con la intendencia para poder cubrir todas las necesidades durante los meses en que es imposible que un coche llegue a la puerta», dice mientras recuerda el año en que una avería en los generadores les dejó sin luz y tuvieron que vaciar las cámaras para tratar de salvar la comida. «Construimos una especie de congelador en la nieve y protegimos la comida con plásticos. A la mañana siguiente nos encontramos con que los zorros habían dado buena cuenta de muchos de nuestros pollos y solomillos. ¡Se lo habían zampado casi todo!».

Por más que superar los inconvenientes y dar con la forma de llevar una casa con camas para cien personas en mitad de la nada llevara su tiempo, Rafael sigue tan contento como el primer día. Es fácil entenderlo cuando cuenta que, desde la ventana de su habitación, puede ver, además de las montañas de Sierra Nevada, el Rif de Marruecos, el Mediterráneo, la costa de Granada e, incluso, los invernaderos de Almería. A estas alturas ya casi ha olvidado aquel primer invierno en el que estuvieron semanas saliendo de casa por los balcones de la primera planta.

Cerca del cielo

Su historia tiene bastantes similitudes con la de Antonio Lafón, al que el amor por la montaña le vino de serie. Habiendo nacido en un pueblo flanqueado por increíbles picos y envuelto en nieve durante buena parte del invierno, solo tenía dos posibilidades: o salir pitando de allí en cuanto pudiera, o quedarse para siempre. Y eso fue exactamente lo que hizo. Antonio se convirtió en guarda del refugio La Renclusa cuando acababa de cumplir quince años. Su tío, por entonces al frente de uno de los albergues más míticos de Benasque, a los pies del macizo de las Maladetas y el pico de Aneto, y uno de los más antiguos de España (acaba de cumplir 100 años), le propuso que le echara una mano en verano y nada volvió a ser como antes. «Primero fue solo cuando tenía vacaciones, pero a los tres o cuatro años él se bajó y yo me quedé al mando. Tengo 63 años, así que llevo aquí casi toda la vida», dice sonriendo cuando le preguntamos qué le parece el follón que se ha montado en la AP-6 estos días. «Es curioso a qué llama la gente estar aislados. Aislados nosotros estamos siempre, porque no tenemos nada aquí pegado y es verdad que en ocasiones hay que andar tres horas para poder llegar al lugar en donde dejamos el Land Rover. Pero es normal. Simplemente, consultas la previsión meteorológica para saber a qué atenerte. Si un temporal dura tres días, pues los pasamos sin salir de casa. Que despeja, pues te pones los esquís y al monte. Precisamente el refugio es para eso».

Si alguien pretende ver algo de heroísmo en la situación, ya puede ir olvidándose. Antonio habla con naturalidad de una semana en la que ni siquiera pudieron abrir la puerta y sonríe recordando que, cuando era pequeño y vivía en un pueblo del valle, llegaba a estar la carretera cortada hasta tres meses. «Cogían dos mulas para que fueran abriendo el camino en la nieve y yo andaba media hora para ir al colegio y otra media para volver. Hasta los doce años era así la cosa. Ahora es otro mundo».

La realidad es que también ellos utilizan de vez en cuando el helicóptero, uno particular que contratan cuando no queda más remedio, y hasta hace poco tenían dos burras que hacían de transportistas. «Ahora, la mayor parte de las veces se suben las cosas cargadas en la mochila. Mantenemos una mula, pero no la hacemos trabajar, es solo marketing». Y es que, para llegar hasta ese rincón del cielo desde Benasque, hay que hacer 15 kilómetros en coche y unos 40 minutos andando. Allí, a 2.140 metros de altitud, duerme buena parte de los cerca de 15.000 montañeros que cada año suben al Aneto. Al amanecer, aún les quedan cinco horas de ascensión. También pasan por allí de camino a la Cresta de Salenques y el pico Mulleres. Ni que decir tiene que Antonio ha subido y bajado esas montañas cientos de veces y quizá por eso sabe mejor que nadie que a la montaña hay que tenerle respeto. «Yo siempre pido que vengan informados y bien equipados, y que hagan caso a las recomendaciones que les hacen los expertos. Algunos pasan sin informarse y luego pasan cosas... hay quien cree que puede pisar un glaciar con zapatillas o ir simplemente en camiseta en verano». Recomendaciones al margen, dice que el plan es inmejorable: subir al Aneto por el refugio, disfrutar de su asombroso glaciar y de unas increíbles vistas del valle de Benasque, de los Maladetas y, si hay suerte, de los parques nacionales de Ordesa y Aigüestortes, «es insuperable».

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