El terrible anestesista de los 'vuelos de la muerte'

Pablo Verna revisa expedientes sobre la dictadura. Arriba, su padre, el capitán médico Julio Alejandro./EFE
Pablo Verna revisa expedientes sobre la dictadura. Arriba, su padre, el capitán médico Julio Alejandro. / EFE

Drogaba a los prisioneros de la dictadura argentina para embarcarlos en aviones y tirarlos al mar. Ahora su hijo pelea para cambiar el Código Penal y poder declarar contra su padre por torturador

MARCELA VALENTE

El hombre tiene 70 años. Es médico, jubilado, y pasea por Buenos Aires con la impunidad de quien está seguro de no haber dejado víctimas que sean testigos de los más atroces crímenes contra la humanidad perpetrados durante la dictadura argentina (1976-83). Pero la tranquilidad se le terminó el día en que su hijo mayor -oyente privilegiado de sus relatos- decidió reclamar un cambio en la legislación nacional para poder declarar en su contra.

Julio Alejandro Verna, capitán médico retirado del Ejército, anestesiaba a prisioneros ilegales que eran arrojados vivos al mar desde aviones que despegaban del centro clandestino de detención que funcionó en Campo de Mayo, una guarnición militar de la provincia de Buenos Aires. Por ese centro pasaron más de 5.000 detenidos y sólo 43 sobrevivieron. La mayoría fueron eliminados en los llamados 'vuelos de la muerte'. Pablo Verna asegura que su padre le confesó que iba en esos aviones.

«Él inyectaba somníferos a personas cuyo destino final era ser arrojadas vivas al mar para que siguieran respirando, pero quedaban casi completamente paralizadas», relata Pablo, un abogado de 44 años que en 2013 cortó todo vínculo con su padre. «En la adolescencia yo tenía sospechas, y con los años ya fueron presunciones», asegura. Aquel 2013, logró por fin que Julio Alejandro admitiera «lo que ya era imposible negar».

Esa perversa mecánica de exterminio y desaparición de opositores ya había sido descrita en los noventa por el exmarino Adolfo Scilingo, condenado a prisión en España. Scilingo reconoció que la Armada suministraba drogas a detenidos y los llevaba a una base aérea con el argumento de que serían posteriormente trasladados a otra prisión. Ya embarcados en aviones, les aplicaban una segunda dosis de anestésicos, los desvestían y los arrojaban al mar. Scilingo operó en la ESMA, otro centro ilegal de detención donde fueron torturados y 'pasaportados' miles de prisioneros.

En el caso de Campo de Mayo, las investigaciones son escasas. Operó como base de exterminio, pero dejó muy pocos supervivientes. De ahí que el testimonio de Pablo cobre relevancia. Sin embargo, la ley argentina prohíbe a un hijo denunciar o declarar contra su padre, excepto que sea víctima directa de su acción. La norma privilegia la «cohesión familiar» sobre el delito de genocidio. «El mismo mandato de silencio que vivimos en nuestras familias se refleja en la norma penal», critica el abogado.

En 2013, Pablo entregó su testimonio a la Secretaría de Derechos Humanos, que trasladó la información al juzgado. Pero han pasado cuatro años y su padre sigue sin ser citado. Este mes, junto al grupo Historias Desobedientes -integrado por otros hijos de genocidas que buscan ahora quebrar el pacto de silencio de los represores- presentó un proyecto de ley que modifica los artículos del Código de Procedimiento Penal que impiden a hijos y familiares denunciar o declarar en juicio contra sus progenitores para hacerlo viable cuando se trata de delitos de lesa humanidad.

El proyecto señala que «los hijos e hijas de genocidas necesitan que se remueva todo tipo de impedimentos» para poder contribuir a la verdad. «Yo estoy dispuesto», afirma Pablo, y sostiene que otros como él también pueden decir lo que saben: «No queremos crear falsas expectativas, pero podemos aportar indicios». La iniciativa, que ya ha sido entregada al Congreso, desató la furia del capitán médico retirado, que -según Pablo- ahora se declara como su enemigo.

Pablo recuerda que muchas veces su padre hablaba de lo que ocurría en el hospital que funcionaba dentro de Campo de Mayo durante la dictadura, cuando trabajaba como anestesista. «Yo le preguntaba: '¿y tú cómo sabes eso?'. Y él me decía que escuchaba relatos de las enfermeras». Después, fue haciendo preguntas cada vez más específicas, con información de otros familiares, hasta que Julio Alejandro Verna ya no pudo negar su participación directa en los hechos más aberrantes de aquel triste periodo de la historia de Argentina.

El oficial médico también participó en los grupos que secuestraban gente y, según confesó, fue él quien anestesió a cuatro detenidos para meterlos en un automóvil que luego fue arrojado al río, para falsear un accidente de tráfico. «Simularon un día de pesca, con cañas y canastos», reveló su hijo. Las víctimas, asesinadas en 1979, eran miembros de la agrupación Montoneros que habían decidido volver del exilio para luchar contra la dictadura militar.

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