El misterio del extraño mural que desconcierta a los expertos: ¿qué representa realmente?

En el centro del ábside, lugar que se reserva para una imagen de Dios, se representa un violento asedio a un castillo./FOTOS: ÁLAVA MEDIEVAL
En el centro del ábside, lugar que se reserva para una imagen de Dios, se representa un violento asedio a un castillo. / FOTOS: ÁLAVA MEDIEVAL

Expertos en arte medieval se citan en Álava para tratar de arrojar luz sobre el belicoso mural de la iglesia de Alaitza, descubierto tras una obra. El misterio dura ya 35 años

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Imaginen que cruzan el umbral de una iglesia románica y se encuentran con que, en el altar, la estructura consagrada al culto religioso, en lugar de Dios se representa la guerra. Eso es lo que ocurre en el pequeño templo de Alaitza, un manso pueblo agrícola de Álava emplazado a 25 kilómetros de Vitoria. Su parroquia dedicada a la Virgen de la Asunción reveló un extraordinario secreto en 1982, en el transcurso de unas obras de mejora del edificio. Bajo la piel del ábside, el cascarón escondía el asedio a un castillo en un gran mural que se ha datado en el siglo XIV. Desde su hallazgo, el belicoso misterio tiene en jaque a la comunidad de historiadores, que no se explica quién y por qué usó un lugar sacrosanto para retratar la violencia.

¿Un afán sacrílego, tal vez? José Javier López de Ocáriz, doctor en Historia por la Escuela Superior de Ciencias Sociales de París y una de las personas que más veces y más de cerca ha observado las pinturas, lo descarta. «Yo no lo calificaría de heterodoxo, pero sí de absolutamente desconcertante e inusual», afirma a este periódico. «Nadie imagina encontrar en una iglesia del románico tardío una secuencia del ataque de unos guerreros a una fortaleza», en el lugar que habitualmente ocupa la Santísima Trinidad, la resurrección de Cristo o el caldero de los condenados.

Desde el interior del castillo acosado, uno de sus ocupantes sopla un cuerno para dar la voz de alarma, mientras otros tratan de repeler el ataque con ballestas y piedras. Las sorpresas no acaban ahí. Rodeando la batalla, otras figuraciones profanas intensifican el desconcierto: un centauro, un ciervo, un árbol con aves, unas iglesias, unos peregrinos, el entierro de un cadáver, caras que parecen cubrirse con antifaces y escenas «extrañas», como la que parece una violación o la de un hombre defecando, que podría tratarse de una mujer dando a luz. Todo ello, servido «de forma simple y monocroma, en rojo almagre, sin matices, con una gran expresividad y a la vez con una ingenuidad primitiva». «Nos deja perplejos. Llevamos muchas vueltas dadas», admite López de Ocáriz, quien contempla la obra con muchos interrogantes y, también, como un «buen documento de lo que se siente y se vive en esa época». «Como decía mi profesor Jacques Le Goff, las imágenes siempre están representando el mundo mental», parafrasea al reputado medievalista y escritor francés.

Quién y por qué. Las incógnitas se arrellanan en el enigma, ajenas a las numerosas teorías que tratan en vano de despejar las equis en torno al ábside de la iglesia de Alaitza. La más conocida, emparenta su autoría con el Príncipe Negro. Más en concreto con sus huestes, las de Eduardo de Woodstock, heredero de la corona inglesa, que irrumpieron en esa zona de Álava a mediados del siglo XIV para tomar parte en la guerra civil de Castilla alineados con Pedro I, el rey castellano destronado y más tarde asesinado por su hermano bastardo, Enrique de Trastámara. «Resulta absolutamente impensable que unos soldados obtuvieran permiso en plena campaña para hacer algo así, tuvieran un andamio, pigmentos y la intención de hacer un mural. Inverosímil», zanja el especialista, profesor de la UNED, quien apuesta por que se trate más de una obra de autóctonos que de visitantes.

La conexión inglesa tampoco tiene fundamento para Isabel Mellán. La historiadora del arte y coordinadora de la cooperativa cultural Álava Medieval desecha esa y otras hipótesis lanzadas, como la que defiende una intencionalidad moralizante en las escenas o la que vislumbra la mano de los templarios en unas cruces presuntamente patadas.

Sus derroteros van por otra dirección. «En aquel tiempo, las iglesias era aún de patrocinio privado y, por tanto, los nobles se reservaban algún espacio. Y en este caso, la planta de la iglesia evoca un complejo palaciego», explica consciente de que «averiguar la verdad será muy complicado. En la Edad Media hay pocos documentos y los que hay son administrativos», recuerda.

Pese a todo, los expertos no tiran la toalla. Este viernes, cuatro de ellos se reunirán en la localidad alavesa de Acilu para tratar de arrojar algo de luz sobre un enigma pictórico que cumple 35 años.

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