El tremendo ejemplo de superación de un golfista parapléjico: «Andar no tiene tanta importancia»

Sebas Lorente da un golpe desde el 'paragolfer' que le permite ponerse de pie y moverse por el campo/R. C.
Sebas Lorente da un golpe desde el 'paragolfer' que le permite ponerse de pie y moverse por el campo / R. C.

Sebas Lorente, campeón de golf adaptado tras quedar parapléjico, muestra el camino para ser feliz

SUSANA ZAMORA

Han pasado tres décadas del fatídico accidente. De aquel amanecer de mayo cuando, al regresar a casa tras una noche de alcohol y fiesta, se estrelló en Sitges con su Seat 133 de color café con leche. Conducía un amigo, que salió ileso; él, con tan solo 20 años, corrió peor suerte, ¿o no? Porque pese a sufrir una grave lesión medular que le dejó paralítico, Sebastián Lorente (Sitges, 1962) no está tan seguro de que su vida hubiera sido mejor ni tan feliz de haber podido seguir caminando.

Terminó su carrera de Derecho, ejerció como abogado, se casó, tuvo dos hijos e, incluso, retomó su afición al golf 20 años después del siniestro y el deporte le dio una de las grandes alegrías de su vida al convertirse en campeón de Europa de golf adaptado. «Si hago un repaso de las cosas que me he perdido por el hecho de no poder andar, la lista será larga, pero si de entre ellas busco las verdaderamente importantes, la lista se reduce hasta casi desaparecer. El hecho de andar no tiene tanta importancia (...)», asegura Lorente en el libro que acaba de publicar, '8 Días levantándome de #buen humor' (editorial Alienta). Un título que tiene su origen en el tuit que publicó una vez, tras calcular en una aplicación los días que habían transcurrido desde su nacimiento: «19.539 días levantándome de #BuenHumor. ¡Que dure! #FelizMiércoles», rezaba aquel mensaje. «Se me ocurrió ese texto porque el hecho de despertarme de buen humor es una suerte que me ha acompañado toda mi vida y, por tanto, era algo común a esos 19.539 días», aclara Sebas, como todos lo conocen. Desde entonces, no ha dejado de publicar diariamente tuits con una estructura similar: su edad en días, más una reflexión, que ahora incorpora a cada uno de los ocho capítulos de su ópera prima. A lo largo de sus 240 páginas quiere dejar claro que «todos podemos amanecer felices». «Todos vamos a tener problemas en algún momento, pero la salida está en nosotros mismos; solo tenemos que bucear en nuestro pasado y comprobar que en otras circunstancias difíciles fuimos capaces de salir adelante. Hay que aceptar los problemas, aprender a convivir con ellos. El tiempo es nuestro mejor aliado, pues nos enseña que siempre se sale», apunta este abogado, que de niño quería ser «merlucero» y que desde hace cinco años recorre España dando conferencias para potenciar actitudes positivas y «recordar a muchas personas dónde guardaron las herramientas que ahora necesitan para solucionar su conflicto». «En una ocasión, una mujer me dijo que llevaba un año medicándose a causa de una depresión y que tras escucharme le dio vergüenza seguir haciéndolo. Tomó conciencia de que tenía que actuar. Su agradecimiento y todos los que he recibido después son mi mejor recompensa», declara.

Además de las charlas, Lorente mantiene el blog que dio origen a su cambio de vida, cuando dejó la abogacía tras 13 años de ejercicio y decidió hacer lo que en él predicaba: luchar por lo que a uno le gusta. En el blog ahonda en una doctrina, casi evangélica, basada en ser feliz con lo que se tiene, sin esperar a serlo con lo que se ambiciona; de apoyarse en el ejemplo de los demás para reproducir sus virtudes y nunca sus defectos; de fijarse en aquellos líderes anónimos amables, solidarios, honestos, generosos y con sentido del humor, capaces de crear buen clima y hacer la vida más fácil a los demás. Aquellas reflexiones gustaban, los usuarios interactuaban con Sebas y aquello le llevó a pensar que compartir su experiencia y su forma de enfocar la vida podría servir a otras personas.

Pese a sus logros, Lorente insiste en que aquel accidente no le cambió nada como persona y detesta que hablen de su espíritu de superación. «Es el mismo que el de cualquier otra persona. Quien se hunde por algo así, se hundiría por otro problema. Todo está en la actitud». Lo único que modificó fue su forma de vivir (tuvo que mudarse a una vivienda sin escaleras), pero no su forma de ser, de pensar o de sentir. Siguió siendo el que era, sin variar un ápice su personalidad, sin agriar mínimamente su carácter. Dejaron de importarle las cosas que hacía cuando podía andar y empezó a disfrutar de lo que tenía en ese momento, «que era mucho, porque podía haber muerto». Siguió viendo la vida como si nada hubiera pasado, como si no hubiera habido secuelas tras el accidente, tanto que continuó durante años cogiendo el coche (tenía uno adaptado) con dos copas de más: «Pensaba que no me iba a tocar una segunda vez». Pero el nacimiento de sus hijos y los costes millonarios que se derivan de los siniestros le hicieron tomar conciencia de que alcohol y conducción no son compatibles. Ahora lo deja muy claro cuando da una charla en algún instituto.

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